home

search

Capítulo 61 - El monstruo de la leyenda

  Sentada frente al escritorio Rovenna revolvía su taza de té humeante con movimientos suaves, concentrándose en las peque?as ondas que se levantaban en la superficie del líquido oscuro. Esa acción repetitiva la calmaba cuando en realidad lo único que quería hacer era hacer a?icos la taza contra el rostro arrogante de Zoran, quien esos instantes se hallaba frente a ella conversando con el Líder de la Orden de Abrazo de Tormenta sobre lo concerniente a los pasadizos secretos recién descubiertos. Como ya se le estaba haciendo costumbre, él se había adjudicado la investigación sin consultarla antes. No era que el tema le interesara realmente a Rovenna pero al menos aquel asunto había distraído a Zoran lo suficiente como para dejar de lado la búsqueda de Olivia y Silas.

  Aun así aquel descubrimiento resultaba curioso ya que eso quería decir que los pasadizos encontrados en la Casa de Gobierno debían de ser posteriores a la reconstrucción del puerto cuando se había fundado la orden de magos que estaría a cargo de administrar la ciudad. Se rumoreaba que existían otros escondidos en distintos rincones de Abrazo de Tormenta pero estos nunca habían logrado ser encontrados. Ahora, al parecer, sabían la ubicación de uno pero era imposible revelar el sello que la ocultaba.

  Y la única fuente de información era el ni?o al que habían atrapado. Para cuando la noticia de su captura llegó a oídos de Rovenna quien se presentó de inmediato en la mazmorra, el pobre ya había recibido una golpiza que lo había dejado cubierto de moretones y manchas de sangre. Ordenó a los guardias que se detuvieran y prohibió el uso de la tortura. Ella misma se encargó de interrogar al ni?o para tranquilizar a los magos pero no pudo obtener información. El chico insistía que él no sabía nada acerca de los pasadizos y Rovenna no tenía razones para creer lo contrario ya que un ni?o tan peque?o no podría dominar el uso de los sellos.

  Dhabeos Myrkan incluso se había presentado para exigir la liberación del ni?o pero si bien la Maestra Arcanista ordenó que se le curaran sus heridas, todavía no estaba lista para soltarlo. Aborrecía la tortura pero no podía mostrarse débil frente a sus subordinados, además que aquella situación servía a sus planes. En cuanto confirmara que Silas y Olivia habían abandonado el puerto, liberaría al ni?o por más que aquello despertara la indignación del resto de los magos. Por ahora al menos sabía que no habían sido capturados.

  – ?Maestra Arcanista! – el Líder de la Orden, un hombre bajo de barba larga y oscura, plantó ambas manos en el escritorio –. ?Le ruego que reconsidere! ?El ni?o no dirá nada a menos que...!

  – No lo permitiré – Rovenna soltó la cuchara y lo miró directo a los ojos.

  El mago retrocedió y miró hacia el suelo sabiendo que su actitud podría ser tomada como desobediencia.

  – Mis disculpas... pero sin tortura no llegaremos a nada. ?El ladrón se niega a cooperar!

  – Ese ladrón es un ni?o. Debe de tener la misma edad que uno de sus nietos, ?no es así, Maestro Líder?

  El mago apretó los labios antes de hablar.

  – Es distinto... ?Mi nieto no ha violado la ley!

  – ?Qué ley se ha violado? No hay pruebas de que el pasadizo exista.

  – ?Una de mis magos lo vio con sus propios ojos cuando vio que otro ni?o escapaba por allí!

  – No dudo de las palabras de su subordinada pero... – Rovenna se encogió de hombros y cruzó los brazos – quizás se confundió.

  – ?Se confundió?

  – Nadie ha podido activar el sello. Ni siquiera yo. Incluso lo intenté con los sellos élficos. Nada resultó. ?Cuál sería la explicación entonces? No dejaré que lastimen a un ni?o y menos por algo que no se puede probar. ?O me va a decir que un ni?o es más poderoso que todos nosotros? – ella resopló.

  – De todas maneras... ?quería robarse la cena! – las mejillas del hombre parecían a punto de explotar. Lo peor para él era que su cena se hubiera arruinado.

  – Estaba hambriento y no debe de tener familia. Conozco muy bien los tratos que los magos infringen en Abrazo de Tormenta, Maestro Líder, y creo que ha llegado a la hora de que haga algo al respecto – Rovenna apoyó el mentón sobre ambas manos, pensativa.

  – ?Qué quiere...?

  Zoran dio un paso al frente.

  – Rovenna... – como siempre obviaba llamarla por su título –. Hemos tenido nuestros desencuentros, jamás pensé que fueras tan ingenua.

  Ella le miró con aburrimiento.

  – Ingenuo eres tú si continúas faltándome el respeto. Si tanto quieres saber sobre los pasadizos. Tienes mi permiso para destruir la pared.

  – ?Maestra Arcanista! – el Líder de la Orden se escandalizó –. Eso podría destruir la Casa de Gobierno.

  Rovenna sacudió una mano.

  – El Consejo se encargará de los gastos de la reconstrucción. Mientras tanto ustedes pueden buscarse otro lugar donde residir. Sobran las casas abandonadas en el puerto. Nuestra misión aquí es otra.

  – ?Y cuál... Maestra Arcanista – comenzó a decir Zoran con los dientes apretados – es nuestra misión? Permita que me sienta confundido ya que no puedo entender cómo usted esté aquí tan tranquila, ocupándose de un simple ladrón, cuando se rumorea que hay una quimera suelta por el reino.

  Así que Zoran ahora creía que había quimeras. Desde que había llegado al puerto no habían tenido tiempo de discutir sobre el tema pero ahora Rovenna sentía curiosidad sobre aquel cambio de opinión.

  – Aquí la confundida soy yo, Zoran. ?Le crees entonces a los traidores de Rocasombra?

  – Durante el ataque en la franja este, los magos percibieron una fuerza extra?a. Además, del chico de los ojos dorados.

  – La familia de actores que fue interrogada no dijo nada de ojos dorados.

  – Sus versiones se contradecían, además siempre le creeré a los magos y no a simples civiles. Algo extra?o sucede. Alguien atacó la franja este y no fue Eldrin... Si usted lo hubiera dejado vivo ahora podríamos...

  – El Cónclave decidirá que hacer conmigo. Eldrin era un traidor. Lo que hizo se hubiera castigado con muerte de todas maneras – Rovenna suspiró simulando simpatía por él –. El trabajo te tiene extenuado, Zoran, no estás pensando claramente. Quimeras... ?por la Ninfa! Sugeriría que te tomaras unos días de descanso. Con todos los hermosos lugares que hay desperdigados a lo largo y ancho de nuestro reino...

  – Dicen que el Paraíso de la Ninfa debe de ser hermoso en esta época – los interrumpió el Líder de la Orden que pese a sentirse contrariado ahora intentaba ganarse la simpatía de Rovenna. Desde que había llegado no había dejado de ofrecer de halagos y regalos, además de un banquete digno de reyes, mientras la Maestra Arcanista se había dedicado a inspeccionar la Casa de Gobierno. Incluso había observado el entrenamiento de los magos que había dejado mucho que desear lo cual no tardó en se?alar frente al Líder que se había mostrado avergonzado viendo rodar por los suelos a casi todos los Maestros que se atrevieron a pelear con Rovenna.

  Al parecer, en Abrazo de Tormenta la única preocupación de la Orden era la recaudación de los altos impuestos que ayudaban a costear el lujoso estilo de vida. El mismo Líder llevaba en ese momento un atavío mucho más adornado que la propia túnica de Rovenna y cuyos brillos dorados sólo podían rivalizar con los atuendos que los miembros del Cónclave vestían en celebraciones importantes.

  Pero ella misma había tolerado aquel despilfarro ocupada por cuestiones más urgentes mientras intentaba afianzar su poder. Eso sería lo próximo en su lista de pendientes.

  Como Rovenna preveía, Zoran, quien no debía ni de aceptar la existencia de la palabra “descanso”, hizo caso omiso de sus palabras.

  –Usted debería haber sentido algo. Es una Astra después de todo.

  Rovenna le dirigió una mirada de advertencia.

  –Mi familia dejó de cazar quimeras hace mucho tiempo – inspiró hondo tratando de no perder la calma –. Pero ya que lo mencionas, no. No sentí nada, excepto las fluctuaciones... A menos, claro, que creas que las quimeras tengan tanto poder.

  –Nada de lo que está ocurriendo tiene sentido.

  –En eso estamos de acuerdo.

  Algo parecido a una sonrisa se reflejó en los labios de Zoran.

  –Por eso he enviado un mensaje solicitando al conde de Rocasombra presentarse ante el Consejo.

  A Rovenna le estaba costando contener el fuego que iba acumulando en sus pulmones.

  – Esto está más allá de tu potestad.

  A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation.

  – Es obvio que nos ha mentido. Quizás no haya quimeras pero su hija alberga un poder mucho mayor del que creíamos.

  – Lidiaré con el conde yo misma.

  – Tengo entendido que será el Cónclave quien se encargará del asunto.

  Esta vez Rovenna recibió la noticia con un gesto de burla.

  – Ahora veo, Zoran, que no tienes fe ni en tus propias capacidades. Un lástima. La única manera que tienes de quitarme el puesto es a través de tu familia.

  Con satisfacción, observó como las enormes narinas de Zoran se ensanchaban, sus palabras habían dado en el blanco. Sin embargo, Zoran continuó hablando en un tono bajo, aunque no falto de amenaza.

  –Lealtad al Consejo, antes que nadie más, sobre todo cuando las amistades de la Maestra Arcanista amenazaban con romper la estabilidad del reino.

  Una punzada de alarma atravesó el pecho de Rovenna.

  – El conde de Rocasombra...

  –No me refiero sólo al conde. La lista es bastante larga: la traidora Fidelia Dabrus, la renunciante Korinna Franko, el loco de Myrius Sentos. Los tres se encontraban en el Círculo durante el ataque. Luego está Theo Malis casualmente recién apuntado como Líder de la Orden de Rocasombra aun cuando se sospechaba que estaba ense?ando magia en los barrios pobres sin permiso. Se conoce también su amistad con Jasper Bloom y su afinidad con los piratas... Y esto me lleva a Dhabeos Myrkan.

  –Dhabeos Myrkan no es un pirata.

  –Descendiente de un pirata, da lo mismo... pero eso no es lo importante. ?Qué sabe usted de su esposa realmente?

  En realidad, Rovenna no sabía nada o no quería investigar sobre ello. ?A quién le importaba una mujer cuya única tarea consistía en educar a los ni?os huérfanos de Abrazo de Tormenta? Pero no, para alguien como Zoran la limpieza debía ser extrema y, si los rumores que Rovenna había escuchado alguna vez eran ciertos, la esposa de Dhabeos era una pirata o al menos lo había sido antes de casarse con él. Además, Rovenna había visto a su esposa con sus propios ojos. No le veía nada de especial. Una mujer común y corriente que Dhabeos había conocido en una taberna de Nemertya, según lo que él mismo le había contado.

  No, no, Dhabeos no podía ser tan tonto. Era un hombre racional, al igual que ella. él nunca tiraría por la borda todos sus a?os de carrera, su reputación... Nunca pondría en peligro la paz del reino nada más que por un asunto del corazón y mucho menos condenaría la vida de la mujer que amaba.

  Pero siempre hay una primera vez para equivocarse con las personas.

  Zoran la observaba ahora con una expresión que mezclaba desdén y satisfacción.

  A Rovenna se le hacía cada vez más díficil contener la furia. Qué fácil sería destituirlo en aquel momento. Nada más tenía que decirlo pero si lo hacía su autoridad se vería contrariada en cuando el Cónclave lo restituyera.

  Zoran Wildheart era intocable al menos en lo concerniente a su puesto. En cuanto tuviera oportunidad, Rovenna le haría tragar polvo como había hecho la última vez que se habían enfrentado durante una sesión de entrenamiento frente a los Acólitos en formación.

  El aire en la habitación se había cargado de tanta tensión que Rovenna podía incluso sentir peque?as e invisibles partículas de magia que chisporroteaban entre ella y Zoran. Aquella discusión le estaba dejando un sorbo amargo en la boca. Tomó un sorbo de su té que para entonces se había enfriado aunque eso le sirvió para calmar el ardor que sentía en la garganta. Lo peor que podía hacer era mostrarle que sus palabras podían afectarla. No podía dejarse vencer por la ansiedad. Mientras se mantuviera calmada podría calcular con antelación sus próximos movimientos. No dejaría que ningún hijo de mamá le arrebatará su lugar así como así.

  Sin embargo, mientras pensaba en cómo responder a las sospechas de Zoran, un escalofrío recorrió su columna, como si una ráfaga helada se hubiera colado en la habitación. No fue solo ella quien lo notó. La expresión de Zoran también había cambiado dando paso a la confusión. Ella se levantó del asiento al mismo tiempo que él y el otro mago se giraban hacia la ventana del estudio cuya vista abarcaba el imponente acantilado sobre el que se alzaba Abrazo de Tormenta.

  Afuera las oscuras nubes se cernían sobre el puerto, cargadas de relámpagos que serpenteaban a través del cielo, iluminando momentáneamente las plataformas de madera y piedra que zigzagueaban por las paredes del acantilado y los barcos atracados en los muelles sacudidos por violentas olas y los embates del viento que aullaba como un coro de deidades embravecidas.

  –El viento ha cambiado–observó el Líder de la Orden con el ce?o fruncido.

  –No es sólo el viento –los ojos de Zoran reflejaban los destellos de la tormenta. Su voz firme se había te?ido de un extra?o nerviosismo.

  Un rayo que pareció partir el cielo por la mitad tocó tierra en el otro extremo del acantilado justo donde se encontraban las ruinas del antiguo faro. El estruendo resonó como un rugido colosal que atravesó la larga distancia entre los dos extremos del acantilado e hizo vibrar las paredes del estudio. La taza de té se volcó, derramando el líquido sobre los pergaminos y rodó hasta hacerse a?icos contra el piso. Otros tantos objetos de la habitación sufrieron el mismo destino y varios muebles se dieron vuelta.

  Rovenna sintió un tirón en su pecho, una punzada que reconoció como magia, una magia primitiva y salvaje, desbordada como un río que rompe un dique. No tuvo tiempo de articularlo antes de que una oleada de energía la sacudiera de pies a cabeza.

  –?Activen los escudos!– ordenó.

  El Líder la Orden estampó su mano en la pared de donde emergieron serpientes doradas que se dispersaron en todas direcciones para activar la barrera destinada a proteger la Casa de Gobierno y alertar al mismo tiempo a todos los magos que allí se encontraban.

  Zoran dio un paso adelante, su mandíbula tensa mientras observaba fijamente el lugar del impacto. Los relámpagos, que antes se dibujaban erráticos por el cielo, ahora convergían en dirección al faro destruido, formando un patrón inquietante.

  Una columna de humo se elevó desde las ruinas y debido a la acción del viento comenzó a extenderse formando una densa niebla que en breves instantes como una impetuosa marea gris azulada cubrió al puerto por completo y les impidió observar lo que estaba ocurriendo al otro lado del acantilado.

  La respiración de Rovenna se hizo más pausada y profunda, tratando de contener la sensación de inquietud que crecía dentro de ella. Los latidos de su corazón reverberaban a lo largo de todo su cuerpo pero cuando prestó más atención se dio cuenta de que estos no provenían desde su interior sino que eran las mismas pulsaciones lentas, intensas, desgarradoras que amenazaban con abrir el suelo bajo sus pies. Chispas doradas de magia chisporrotearon alrededor ellos. La energía en el ambiente se estaba volviendo inestable.

  Desde la ventana observó una gigantesca sombra oscura que se acercaba. La presión pareció aumentar cuando las piedras incandescentes que iluminaban el estudio parpadearon y se extinguieron. La habitación quedó sumida en la penumbra. Rovenna retrocedió por instinto a medida que la sombra se acercaba hacia ellos para luego confundirse entre la niebla en un ominoso silencio.

  Pero la sensación no desapareció. Era como si una fuerza invisible y abrumadora los envolviera, una presencia que pulsaba con un ritmo primitivo y salvaje, haciéndose cada vez más opresiva. La magia misma reaccionaba, ondulando como un lago perturbado por una piedra gigantesca.

  Rovenna alzó la vista hacia el techo, incapaz de ignorar la certeza que se asentaba en su pecho.

  —Está sobre nosotros —murmuró.

  Antes de que alguno de ellos pudiera reaccionar, un estruendo atravesó el edificio, seguido de una explosión que sacudió los cimientos, mientras un rugido gutural rasgaba el aire y se mezclaba con alaridos de horror y el sonido de piedras derrumbándose que parecían provenir de un extremo de la Casa de Gobierno.

  Aquello no podía estar pasando. Era impensable. Los escudos se habían activado y eso debería haber contenido un ataque de cualquier tipo ya se fuera mágico o no.

  Sin perder más tiempo en conjeturas, Rovenna invocó un escudo protector a su alrededor que brilló como un destello plateado y salió corriendo fuera del estudio. Los pasillos de la Casa de Gobierno se hallaban en un caos absoluto: magos y sirvientes corriendo en todas direcciones, gritos de órdenes y advertencias que se perdían en entre los ecos de más explosiones. El suelo temblaba bajo sus pies, y las paredes parecían a punto de ceder y caer sobre ella en cualquier momento. Polvo y peque?os escombros comenzaron a desprenderse del techo, rebotando contra el escudo de Rovenna con un sonido seco y apagado.

  A medida que avanzaba, más rugidos ensordecedores invadieron sus sentidos como un eco imposible de ignorar. Apretó el paso, su mente trabajando a toda velocidad mientras intentaba descifrar lo que estaba sucediendo.

  Dobló por una esquina y llegó a una escalinata que descendía hacia el patio interior. Un olor de piedra y carne quemada mezclada con la humedad de lluvia le llegó desde el exterior mientras la oleada de magia en el aire se volvía más intensa, casi insoportable.

  Entre escombros de fuentes y arcos destruidos los destellos mágicos de los sellos revelaban las siluetas de los magos que se encontraban en pleno combate. Sus manos se alzaban en una danza frenética, conjurando explosiones de fuego, rayos de luz cegadora y barreras que destellaban brevemente antes de ser disueltas. Sus esfuerzos eran como las gotas de lluvia en medio de la tormenta que los empapaba, incapaces de someter a la criatura monstruosa que dominaba el centro del patio y capturaba por completo la visión de Rovenna.

  Su cabeza leonina, coronada por un par de cuernos curvados que se entrelazaban como raíces, desviaba los ataques mágicos con un simple giro. Los colmillos desproporcionados, más largos que un brazo humano, goteaban un líquido negro que chisporroteaba al tocar el suelo. Los ojos de fuego líquido, rodeados por un halo pulsante, escudri?aban el campo de batalla con una intensidad que hacía que incluso los magos más experimentados vacilaran.

  Un Maestro alzó sus brazos y lanzó una onda expansiva que resonó como un trueno pero la criatura respondió con un movimiento de sus alas descomunales de membranas desgarradas, similares a las de un murciélago, que generaron un torbellino abrasador que envió a los magos cercanos volando hacia los escombros. Algunos se levantaron con movimientos torpes, sangrando por cortes abiertos en sus rostros y brazos, mientras otros yacían inconscientes entre los restos.

  Cuando un grupo de magos intentó flanquearla, la quimera reaccionó con una velocidad imposible para su tama?o. Su pata delantera cayó con fuerza sobre la piedra, y las garras arrasó con las baldosas que todavía no se habían desprendido. Las piedras volaron como proyectiles y los magos que no reaccionaron a tiempo recibieron el impacto sufriendo fracturas de huesos y desgarramientos en la carne.

  La cola de la bestia, una abominación grotesca terminada en un aguijón que rezumaba lo que parecìa ser veneno, se movía como un látigo vivo. Un mago intentó evadirla, pero un giro rápido lo alcanzó de lleno. La sustancia chisporroteó al contacto con su túnica, quemándola hasta revelar carne ennegrecida y humeante. Su grito de dolor resonó en el aire, y otros magos retrocedieron instintivamente al ver las quemaduras que se extendían como sombras por su cuerpo.

  Rovenna observó, paralizada, cómo Zoran corría a su lado, seguido por otro grupo de magos que tomaban el lugar de los que se retiraban, exhaustos y heridos. Las túnicas de estos últimos estaban desgarradas y empapadas en sangre; algunos sujetaban brazos rotos o cojeaban con dificultad, mientras sus rostros mostraban la marca del cansancio y la desesperación.

  Zoran, con un grito de guerra, formó entre sus manos una orbe de energía oscura que crepitaba con una intensidad amenazante. Avanzó directamente hacia la criatura, lanzando el ataque con toda su fuerza. Pero incluso antes de que la esfera alcanzara a la bestia, Rovenna ya sabía que sería inútil. El impacto apenas dejó un rastro humeante en las escamas y espinas que cubrían a la criatura como una intricada corteza de metal. El monstruó respondió con un rugido ensordecedor, tan potente que volvió el suelo volvió a temblar y provocó que un sector entero de la Casa de Gobierno colapsara y una nube de polvo los cegara.

  En medio del derrumbe Rovenna podía todavía escuchar cada respiro de la criatura, un gru?ido profundo que reverberaba por todo el patio. En medio de la polvareda, sus ojos de fuego brillaron y se dirigieron hacia ella. Un escalofrío recorrió su espalda.

  Aquello era algo que no pertenecía al mundo humano. Una criatura nunca vista al menos en los últimos siglos.

  Los libros hablaban de ella como una leyenda: una máquina de guerra forjada por los gigantes para luchar contra elfos e híbridos en tiempos antiguos. Y ahora estaba aquí, viva, ardiente, majestuosa.

  Una quimera en su forma original.

  Silas.

Recommended Popular Novels