El cruce fue perfecto.
Eso fue lo primero que pensó Isha Morven cuando las alarmas no sonaron, cuando la gravedad no se invirtió, cuando nadie gritó su nombre por el intercomunicador. La ALMA-9 atravesó la costura dimensional como quien atraviesa una sombra: sin fricción, sin impacto, sin consecuencias aparentes.
Demasiado limpio.
Isha se quedó observando las lecturas en la pantalla central del laboratorio médico. Presión interna estable. Campos magnéticos coherentes. Frecuencia de la nave dentro de parámetros normales. Incluso la maldita cafetera del módulo de descanso seguía funcionando, lo que en una nave minera de largo alcance rozaba lo milagroso.
—Cruce confirmado —dijo por el canal interno, más por protocolo que por necesidad—. Sin alteraciones fisiológicas detectables en la tripulación.
No hubo aplausos. No hubo alivio audible. Solo el zumbido constante del reactor y ese silencio expectante que siempre seguía a lo imposible cuando aún no se había decidido si iba a cobrar su precio.
Isha cerró el informe preliminar y se frotó los ojos. Llevaban diecisiete meses de viaje. Diecisiete meses de rutinas, mucha paciencia, y conversaciones recicladas hasta el cansancio. La costura —ese pliegue imposible que no debería existir según ningún modelo cosmológico aceptado— era la razón por la que estaban ahí. Y ahora que la habían cruzado, el universo había decidido fingir que no había pasado nada.
Eso le inquietaba más que cualquier explosión.
—Morven —la voz de Corven Blayke emergió por el intercom—. Tenemos a Mirka en quirófano dos. Es una intervención menor, pero pidió que estuvieras presente.
Isha suspiró, ya de pie.
—Voy para allá.
El quirófano dos era peque?o, optimizado para eficiencia más que para comodidad. Mirka ocupaba la camilla central, diminuta incluso para los estándares humanos, con la piel pálida contrastando con el azul clínico de los campos quirúrgicos. Sonreía, como siempre, con esa serenidad absurda que hacía parecer que nada podía tocarla de verdad.
—Te dije que no era para tanto —murmuró Mirka al verla entrar—. Solo una obstrucción en el conducto linfático. Dos puntos y listo.
El cirujano auxiliar ajustó la lámpara con un gesto mecánico. Era un hombre alto, de rostro anguloso y ojeras permanentes; alguien acostumbrado a turnos largos y procedimientos que no dejaban huella en la memoria. Revisó los instrumentos, confirmó la sedación y asintió sin mirar a nadie en particular.
—Empezamos —dijo.
Isha se colocó junto a la pared acristalada, fuera del campo estéril. No llevaba bata quirúrgica; solo su uniforme gris de comunicaciones y la tableta de registro apoyada contra el antebrazo. Mirka la buscó con la mirada un segundo antes de que el sedante hiciera efecto completo.
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—Oye —murmuró—. Si ves algo raro en los monitores... dímelo tú. No confío en esos filtros automáticos.
Isha arqueó una ceja, pero sonrió.
—Siempre ves cosas raras donde no las hay.
—Por si acaso —respondió Mirka, y cerró los ojos.
El procedimiento comenzó sin contratiempos. Incisión limpia. Drenaje parcial. El cirujano trabajaba con precisión rutinaria mientras la enfermera robótica asistía en silencio, sus brazos articulados siguiendo comandos preprogramados. En los monitores, las constantes vitales de Mirka se mantenían estables, dentro de lo esperado para una intervención menor.
Durante los primeros minutos, nada ocurrió.
Isha, sin embargo, no estaba mirando los signos vitales.
Tenía la tableta conectada a la red interna de sensores: interferencias de baja intensidad, ruido de fondo en las comunicaciones del quirófano, peque?as oscilaciones que normalmente se descartaban como estática ambiental. Desde el cruce, había estado viendo ese patrón repetirse en distintos módulos. Nada grave. Nada para reportar. Solo... persistente.
El EEG de Mirka parpadeó.
Isha frunció el ce?o.
—?Ese pulso estaba ahí antes? —preguntó.
El cirujano ni siquiera levantó la vista.
—Actividad residual. Normal bajo sedación.
Pero el pulso no se disipó.
Se reorganizó.
La línea no mostraba una caída progresiva, sino una secuencia rítmica, casi deliberada. No caótica. No aleatoria. Isha amplió el registro, aisló la se?al del resto del ruido. Lo que vio no coincidía con ningún patrón neurológico humano que conociera.
—Doctor... —empezó a decir.
Mirka se tensó de golpe.
No fue un espasmo violento. Fue breve, seco, como si el cuerpo hubiera recibido una orden tardía. Los monitores reaccionaron en cadena: caída súbita de presión, arritmia, luego una línea plana donde no debería haberla.
—?Qué pasó? —dijo el cirujano. — Aumenten soporte. ?Ahora! —
La enfermera robótica respondió al instante. Descarga leve. Estímulo químico. Nada.
—Mirka —dijo Isha, sin darse cuenta de que había hablado en voz alta.
La línea cardíaca no volvió.
El cirujano maldijo y continuó con los protocolos durante varios segundos más, hasta que la realidad se impuso con la brutalidad de lo irreversible. Finalmente, retiró las manos, respiró hondo y negó despacio.
—Hora de fallecimiento... —miró el cronómetro— ...diecisiete con treinta y dos.
El silencio que siguió fue distinto al de antes.
No expectante. No tenso.
Hueco.
Isha bajó la mirada a su tableta.
El EEG seguía activo.
No fuerte. No normal. Pero claramente presente. Peque?as descargas, organizadas en pulsos regulares, como si algo se negara a aceptar la instrucción de apagado.
—Esto no es posible —dijo el cirujano, acercándose al monitor—. El cerebro no puede—
Isha ya estaba grabando la se?al.
—Está manteniendo actividad eléctrica —dijo—. No refleja conciencia, pero tampoco colapso.
—Eso no significa nada —respondió él, con un tono que ya rozaba el pánico—. Es ruido.
Isha negó lentamente.
—No lo es.
La se?al tenía estructura. Repetición. Eco.
Isha apartó la vista de los monitores y miró a Mirka. La sensación le llegó tarde, como una interferencia con retardo: un nudo fuerte en el estómago, una presión incómoda detrás de los ojos.
No pensó nada. No supo qué pensar. Solo supo que tenia que darse un momento para procesarlo.
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Anomalía Registrada #001
Evento: Fallecimiento de la tripulante Mirka durante intervención quirúrgica menor.
Observación: Actividad eléctrica cerebral persistente durante 47 minutos post mortem, sin pulso, sin irrigación y sin respuesta a estímulos externos.
Estado: Inexplicable según protocolos médicos y modelos neurobiológicos conocidos.

