Nubia se lanzó contra Gazazo con los labios agrietados y sangrantes. él sintió el aire helado que la precedía, una estela de escarcha que intentaba morder su piel. Pero su cabeza no sería tan fácil de cortar. Con un salto preciso, se elevó usando dos plataformas de viento comprimido, realizando dos impulsos más que lo alzaron sobre el campo de batalla. Con un tercer movimiento, se posicionó cerca de Magui, aplastando por el camino a un grupo de soldados enemigos que parecían más ilusos que guerreros.
Desde su nueva posición, Gazazo observó cómo Magui mantenía el flanco derecho con bolas de fuego del tama?o de cráneos humanos. El Vaelthor reunió el viento cercano, dirigiendo corrientes invisibles para avivar aquellas llamas, creando remolinos ardientes que chisporroteaban al consumir el oxígeno. Hecho esto, su mirada se clavó en el flanco izquierdo, donde el asesino del equipo de Roco se movía entre sombras, distrayendo y creando aperturas para que los tiradores élficos lograran bajas precisas junto a los humanos.
Una mueca se dibujó bajo su máscara. Era demasiado fácil; el enemigo seguía avanzando como ganado al matadero. Claro, Gazazo y Magui habían derribado sus defensas, y los francotiradores élficos causaban estragos. Tal vez estaba sobreestimándolos, y en realidad solo Nubia y sus "juguetes" representaban una verdadera amenaza.
Gazazo no cesó su movimiento. Sus pensamientos giraban, sospechosos, pero razonaba que menos enemigos significaban menos problemas. Cruzó el campo de batalla en patrones circulares a velocidad vertiginosa, esquivando los bombardeos de Magui para no estorbar. Hombres y mujeres mal armados, con pistolas oxidadas y espadas melladas, caían a su paso.
Con un tajo limpio, Gazazo partió en dos a un joven que no aparentaba más de quince a?os. El impacto lo detuvo en seco. Sus propios músculos se tensaron mientras observaba cómo el cadáver juvenil se enfriaba en el barro. Su mirada recorrió los demás cuerpos esparcidos y por fin notó los detalles: rostros demacrados, costillas marcadas bajo harapos. Estaba matando campesinos desnutridos, no soldados.
Era una táctica desesperada, pero el pozo de maná era un recurso vital. ?Por qué mandaban escoria humana? ?Cuál era el plan real detrás de este sacrificio inútil?
Un grito de furia de Nubia lo hizo volverse. Mientras ella se abría paso entre sus propios aliados, Gazazo observó que su cabello estaba chamuscado, y su piel enrojecida por las quemaduras de los ataques de Magui.
—?Muere! —aulló la mujer con una voz ronca que sonaba llena de rencor más que a amenaza.
Gazazo bloqueó el golpe con la flatada de su espada. El impacto resonó en sus huesos, pero no cedió. Ella intentaba competir en fuerza, pero era evidente su inferioridad. Su hacha, aunque grande, se movía con torpeza. Gazazo mantuvo una postura firme, cediendo terreno paso a paso con cada embestida frenética, estudiando cada movimiento. Cada golpe suyo traía un escalofrío gélido que cortaba el aire húmedo.
Su mente analítica ya evaluaba el cuerpo de su oponente: músculos fibrosos sin rastro de grasa, carne dura que requeriría una cocción lenta. Tal vez a la parrilla, con especias fuertes para suavizar su textura. Gazazo le había preparado estofados a Togaz, pero esto era diferente.
Con un movimiento cargado de maná, reunió el viento en un zigzag envolvente y contraatacó. La cultista, desprevenida, perdió el equilibrio y su respiración se volvió jadeante e irregular.
Gazazo sacudió la cabeza con decepción. La joven había luchado con fiereza, pero confiaba demasiado en su fuerza bruta. Su hacha épsilon, aunque de calidad, parecía pesar más de lo que sus brazos temblorosos podían soportar. Por el rabillo del ojo, vio cómo Magui culminaba su hechizo: gigantescos felinos de llamas emergieron, provocando un incendio forestal que crepitaba devorando la maleza. Supuso que la falta de oxígeno afectaría a cualquiera no acostumbrado a condiciones extremas. Por la mirada iracunda de Nubia, resultaba evidente que le molestaba ver cómo Gazazo mantenía una respiración estable y controlada.
Gazazo no se confundía. Esta mujer, aunque fuera una cultista, seguía siendo una líder. ?Cuál era su juego? Observó cómo los gatos de fuego gigantes achicharraban vivos a varios granjeros. Sus gritos desgarradores resonaron en el campo de batalla, y por fin, sus enemigos comprendieron que quedarse allí era un destino peor que cualquier castigo con el que los hubieran amenazado.
—Gazazo, mira lo que tengo. Espero que me pagues, mi buen amor —la voz melosa de Roco sonó detrás de él. Su mano derecha sujetaba a una de las gemelas, ahora calva y cubierta de heridas de las que emanaba una sustancia grisácea. Gazazo chasqueó la lengua. Era veneno de estatua.
—Pago por carne, no por piedras —le respondió, sin dejar de observar cómo Nubia recuperaba el aliento. Gazazo solo esperaba. ?Era ella quien mandaba, o era otro sacrificio más? Pero al ver a uno de sus "juguetes" da?ado, la cultista explotó en una estela de frío tan intenso que el sonido de cuatro campanas fantasmales resonó en el aire.
Gazazo no oyó nada más que los gritos agudos de una ni?a. Al mirar a Roco, no parecía impresionado.
—Cuatro campanas. Sin máscara y siendo la esclava de un ciervo rencoroso. Nada mal, pero apenas lo siento —Gazazo estuvo de acuerdo. Aunque el poder de Nubia sin duda había aumentado, había elegido el peor momento para liberarlo. Múltiples gatos de fuego, que ya alcanzaban los tres metros de altura, se acercaban para eliminar la fuente de frío.
Gazazo notó que el aire ya no le obedecía como antes. Se había vuelto pesado, denso. El aire frío o caliente nunca era fácil de dominar; eran elementos traicioneros, como las arpías. Con esa herramienta negada, vio cómo Magui se le acercaba con el pelo chamuscado y oliendo a hollín.
—Ya están todos muertos... —dijo Magui, tomando respiraciones profundas y lentas. Su mirada era profesional y carecía de rencor, algo digno de elogio—. ?Y quién es esta loca? ?Por qué no la matas?
Gazazo no le respondió. En su lugar, apu?aló un cadáver con su espada.
—A ni?os... Qué mierda —masculló Magui.
Tan elocuente como siempre. Le alegraba ver que la partida de aquel varano no había arruinado su humor. Sus propios pensamientos estaban dispersos, pero ver a Nubia arder viva, sufriendo un shock térmico, ya no le resultaba interesante.
Con Nubia mortalmente herida, Gazazo no se arriesgó. Ordenó a varios soldados que aseguraran su muerte. Hecho esto, se acercó y comprobó que el cadáver no tenía salvación: la carne estaba carbonizada, irremediablemente arruinada.
—?Jajajaja! ?Perra! ?No te pagarán! —?Jódete, esa perra negra! No pensó con la cabeza, pero yo tengo a la otra gemela, algo chamuscada... —Escuchar las burlas de sus compa?eros era un agradable recordatorio de que ahora no tendría que hacer tanto trabajo. Aumentó su peso un 40% y, con un movimiento seco, aplastó el cráneo de Nubia. No correría riesgos.
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Sin perder más tiempo, reunió a todos los soldados supervivientes. Al parecer, el líder humano había muerto hacía rato, y él era, por defecto, el de mayor rango. La sirvienta élfica hizo acto de presencia, manchada de sangre y con una sonrisa en los labios, un par de dagas goteando a sus costados.
—La ley eres tú, siervo de la Matriarca. Tu nombre perdura, y en cada eco se expande tu gloria inmarcesible —declamó la elfa con tono ceremonioso.
Gazazo se limitó a asentir. Era agradable que alguien lo tuviera en alta estima, incluso si lo más seguro era que solo estuviera cumpliendo con su trabajo.
Con esa autoridad recién establecida, ordenó un recuento de pérdidas, una evaluación de los vehículos y preguntó a Magui y Roco por el estado de sus unidades. Lo último que quería era tener que pagar compensaciones a las únicas fuerzas privadas efectivas que tenía. Los "ni?os" de Namys, sin duda, lo rega?arían por no haber estado más atento.
Se acercó al borde de la fuente de elixir, que ya había formado un manantial sorprendentemente profundo. Un vapor dulzón y denso se elevaba de sus aguas rosadas. Gazazo no sabía mucho del elixir, más allá de que mejoraba el sabor de la comida y actuaba como una panacea, pero estaba seguro de que aquella reserva era valiosísima. El manantial era mucho más extenso de lo que sugerían las fotografías que Namys le había mostrado.
—Gazazo, te aseguro que esta carne está algo dura, pero la ni?a está viva. Puedes hacer algo, seguro —la voz melosa de Roco lo hizo volverse.
Vio cómo los soldados empezaban a traer los camiones para establecer un cerco perimetral. Magui se acercaba arrastrando a una de las gemelas, chamuscada pero con mechones de su característico pelo verde menta aún visibles.
Con un suspiro, Gazazo se acercó. Una satisfacción práctica lo invadió al comprobar que ambas gemelas tenían buena masa muscular en sus muslos y glúteos. Recordó cómo Togaz había disfrutado de la carne de aquella maga tiempo atrás. Lo decidió: haría carne a la parrilla para su hija. Eso sí, tendría que recortar las partes carbonizadas. Por lo demás, y para su sorpresa, Roco no había sido un bruto; la carne no se había convertido en roca, solo se había endurecido.
Con la decisión tomada, pasó las siguientes horas haciendo guardia, esperando la llegada de los especialistas. Su vigilancia se tradujo en eliminar a los pocos granjeros despistados que merodeaban por la zona y, lo más importante, en supervisar la macabra tarea de alimentar el manantial con los cadáveres del enemigo. Con cada cuerpo que se hundía en las rosadas aguas, el manantial parecía absorberlo sin cambios evidentes, pero Gazazo confiaba en que Namys supría qué hacer con aquello. él no tenía fuerzas suficientes para construir un fuerte y proteger el pueblo al mismo tiempo.
Estas cuestiones logísticas, aunque ajenas a su interés principal, lo atormentaban con su peso. Permaneció inmóvil junto al manantial, desde donde podía vigilar a los soldados exhaustos. Habían perdido al menos a la mitad de sus hombres, mientras que los élites, más allá de algún rasgu?o o bala perdida, permanecían prácticamente ilesos. El aire se llenaba con los murmullos de la infantería humana, quejándose de que los francotiradores élficos recibían un trato preferente. Gazazo solo podía esperar que aquello no significara problemas mayores dentro del Imperio. Sabía que tal vez estaba exagerando, que solo eran quejas de soldados rasos después de una batalla dura... pero en su experiencia, hasta las quejas más peque?as podían pudrirse y envenenar todo a su alrededor.
Soltó un suspiro. Sabía que todo eso sería problema del futuro; ahora debía concentrarse en el presente. El ma?ana se resolvería solo... Tragó saliva cuando Magui se le acercó con una bebida humeante en las manos.
—Sabes, no sé cómo lo haces —tomó la taza de chocolate con cierta reticencia. Magui se había cambiado a una ropa más acolchada, propia del clima—. Estamos en oto?o, y por lo que he escuchado, el Abismo Profundo se está adelantando. ?Cómo te las arreglas solo con ese haori? —ella misma tomó su propio chocolate, apartándose un mechón de cabello que le caía sobre la cara—. Y mira que soy una maga de fuego.
Gazazo aceptó el chocolate y se encogió de hombros con gesto indolente. Siempre había tenido una resistencia natural al frío; su cuerpo simplemente no dejaba escapar el calor con facilidad. Por un momento, fue agradable. Sintió que Magui lo había perdonado por todo lo pasado. Hacía a?os que no probaba un chocolate tan bueno.
Ese momento de tranquilidad se quebró cuando un gran camión de seis ruedas acaparó la atención de todos. Gazazo desenvainó su espada al instante, los músculos tensos, listo para el combate. A su lado, Magui hizo surgir entre sus palmas bolas de fuego que crepitaban con energía contenida.
—Aaah, la peque?a dama ha llegado —la voz melosa de Roco respondió a una pregunta no formulada. A su lado, el Colibrí siempre era peligroso. El camión se estacionó en paralelo, y de él descendieron decenas de soldados humanos. Numerosas arpías alzaron el vuelo —Gazazo, para su desagrado, contó al menos veinte— mientras unos tauren con túnicas pesadas y mazas enormes flanqueaban a una elfa que, sinceramente, le pareció una versión más joven de Namys.
—?Por qué hay otra? —murmuró Gazazo, intentando hablar en voz baja, pero sus compa?eros mercenarios lo oyeron. Escuchó sus risas ahogadas, pero a él no le causaba gracia. Estaba harto de lidiar con los "ni?os" de Namys, y ahora aparecía otra mocosa.
Sin embargo, su molestia e incomodidad no detuvieron a la joven elfa de acercarse a él. Vestía ropas impecables: una bata larga y unos lentes tan grandes que ocultaban por completo sus ojos. Gazazo dudaba que fueran un error de fabricación; más bien, debían tener algún propósito que se le escapaba.
—Me presento, soy Neia. Me encargaré de esto de ahora en adelante. Sus servicios han sido de gran ayuda —habló con un tono sencillo, casi amistoso, pero el mini-ejército que la acompa?aba revelaba su verdadera importancia. Por alguna razón, la joven se ajustaba constantemente los lentes. Al ver esto, Gazazo maldijo en silencio su magia; debería poder darle información sobre ese artilugio, pero ni siquiera el viento le respondía.
Gazazo negó con la cabeza y pasó las siguientes tres horas informando meticulosamente de la situación: el número de cadáveres, las tácticas enemigas, los recursos. La elfa, por su parte, le indicó que la fuente era de buena calidad, ya que manaba de forma natural, lo que significaba grandes ganancias. Tenían el equipo necesario para instalar un extractor de elixir.
Pero, por alguna razón que no alcanzaba a comprender, la elfa le pidió —o mejor dicho, le ordenó de manera amable pero firme— que se quedara con ella.
Y así pasó la noche, acampado, vigilando la tienda donde dormía la joven, resistiéndose a la idea de irse pero recordando que, después de todo, Namys aún no había realizado la ceremonia oficial. Por ahora, Togaz no era formalmente parte del clan.
El único momento bueno llegó con el cambio de turno, cuando se dirigió a una peque?a fogata donde los mercenarios brindaban con elixir fresco, recién extraído de la fuente. Allí, Magui y Roco lo invitaron a beber y a compartir un caldo de cerdo caliente.
Un escalofrío repentino recorrió el cuerpo de Gazazo. Se frotó los brazos, buscando generar algo de calor. Tal vez Magui tenía razón, y el Abismo Profundo intentaba iniciar el invierno antes de tiempo.
Las horas transcurrieron y el fuego se mantuvo encendido, desafiando la oscuridad y el frío creciente. Gazazo incluso creó una peque?a cúpula de aire tranquilo alrededor del campamento evitando que el calor se escape, haciendo que todos celebraran con más ahínco, acomodados sobre la hierba fría o apoyados contra algunos árboles derribados que servían de bancos improvisados.
—Oye, hombre, ese lagarto tuyo se fue, ?no? —La voz de Roco había perdido su melosidad habitual, convertida en un ronquero por el alcohol de elixir. Gazazo observó con atención cómo Magui, igual de ebria, le respondía con un golpe seco en el hombro.
—?Qué quieres que te diga? Soy pobre. ?Sabes lo que cuestan los collares de sangre de dragón para el invierno? —Magui tomó un sorbo profundo de su recipiente—. No soy una funcionaria con sueldo fijo. Me costó un huevo hacer que ese bastardo trabajara para mí.
Tras eso, Magui se levantó, diciendo que iba a orinar, dejando a Gazazo y Roco solos. Gazazo no tenía el menor deseo de hablar; sentía un cosquilleo persistente que le recorría la pierna derecha. El tótem quería algo.
—Mi amor, el entusiasmo de la se?orita Neia es preocupante. Un extractor de elixir es un botín muy preciado, incluso el modelo más básico —Roco había recuperado su tono meloso, aunque ahora sonaba forzado. Aún con su máscara de colibrí puesta, se?aló con el pulgar hacia el manantial, donde ya se había instalado un perímetro defensivo—. Sé que tienes una joven bajo tu responsabilidad, pero con tu fuerza podrías labrarte un camino libre, ?sabes?
Gazazo no miró a Roco, pero meditó sus palabras. Se acomodó mejor, con la mano apoyada en su rodilla, y dejó que las posibilidades se extendieran ante él.
Antes de Namys, su esperanza había estado puesta en un líder de una facción del culto al Hereje Celestial, un maestro cambiacaras que pudiera ayudar a Togaz a evolucionar. Esa opción seguía disponible. Todos los nobles, cuando se encontraban a uno, lo pregonaban a los cuatro vientos para ganar fama, así que estaba vivo.
Pero, al tomar otro trago amargo, se recordó a sí mismo la cruda realidad: lo más seguro es que no hubiera llegado. La Gran Tormenta había destruido muchos caminos, sin contar a los bandidos. No podía confiar en su estado actual, que era el resultado del tótem y las pociones de Namys. Y, además, ese brujo cambiacaras lo habría convertido en un esclavo.
Otra opción sería buscar a un chupasangres, aunque solo tenía una ubicación de hace meses. Esos parásitos podían vivir a?os en el mismo lugar, y dudaba mucho que la Tormenta hubiera desalojado al viejo de su madriguera.
—Hombre, la gente es idiota, pero al menos la chica es lista —la voz de Magui lo sacó de su enso?ación de planes alternativos. Magui regresaba trayendo consigo un jabalí de considerable tama?o, transportado por cinco hombres detrás de ella.
—Al menos nos dio mucho elixir fresco, y según la elfa, el trabajo seguirá fluyendo —Magui mostró botellas rebosantes del líquido rosado. Si no fuera porque el resto de los mercenarios ya habían caído rendidos por el sue?o, Gazazo estaba seguro de que se abalanzarían sin miedo por un sorbo. Incluso él sentía cómo su cuerpo sanaba y recuperaba vigor a un ritmo notable con cada trago, eso sí, debidamente diluido con alcohol para que durara.
Así pasaron varias horas más juntos, discutiendo sobre las últimas noticias de otras ciudades: una había caído por una enfermedad extra?a, otra había sido invadida por orcos. Esto último llamó poderosamente la atención de Gazazo; él nunca había visto un orco en persona.
—Para un mestizo orco, deberías saber mucho, ?no? —Magui hablaba como en trance, mirando al vacío. Gazazo dudó que se estuviera dirigiendo a él, pero Roco se unió.
—Sí, ríase. El gran Colibrí, descendiente del pueblo elegido por el Huracán Elevado, nació sin alas —con una botella apretada contra el pecho, Roco pasó las horas siguientes, antes de que todos cayéramos en los brazos de la genio de los sue?os, relatando su infancia sin poder volar. Gazazo estaba seguro de que era demasiado dramático.
Fin

