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Entrenamiento Abisal, Festín de Papa

  Día 71

  El viento húmedo de la tarde silbaba entre los robles, arrastrando consigo el aroma a tierra mojada y hojas podridas. Bajo sus copas, con aquellos árboles jóvenes y fuertes como únicos testigos, Gazazo caminaba con una mano clavada en el estómago. Con cada paso, su respiración se entrecortaba en un jadeo tenso, esforzándose por mantener la barrera de viento que sellaba su interior.

  Que no ceda, se ordenó, sintiendo una punzada de calor bajo sus dedos. El maldito tótem no debe pedir más comida de la necesaria.

  Su caminata era tranquila en apariencia, tal vez algo encorvada, un contraste deliberado con la tormenta en su mente. Aquella emboscada de la que acababa de escapar no le preocupaba demasiado; era una anécdota más. Lo que realmente le carcomía era la conclusión a la que había llegado: hacía meses, no hubiera siquiera prestado atención a una trampa tan obvia. Se había ablandado. Y esa debilidad podía costarle la vida.

  Se masajeó la frente con los dedos temblorosos y dejó que el recuerdo lo inundara: el nacimiento de Togaz en la fría penumbra de aquella cueva. Ese momento lo había cambiado todo, reordenando sus prioridades con la fuerza de un terremoto. Ahora tenía una nueva oportunidad y, esta vez, formaría una verdadera familia. Una que no se desmoronaría.

  Un espasmo de dolor, punzante y fresco, le recorrió el estómago, interrumpiendo sus pensamientos. Obob y el otro duende... se lo buscaron, no albergaba dudas. Sabía lo que pasaría; los duendes siempre modifican sus recuerdos para erigirse como jefes. Obob ya era viejo, con sus nueve a?os y la memoria casi llena. Era un milagro que aún recordara su nombre.

  Sus pensamientos eran un torbellino que se mezclaba con la sensación etérea de que su interior estaba siendo remendado por las manos de ese espíritu. Contuvo el aliento, concentrándose en el camino mientras sus sentidos se mantenían al límite. Bajo su atenta mirada, un destello de llama naranja se extendió por su pecho. No era un fuego destructor, sino curioso, que saltaba por su cuerpo como si jugueteara con él.

  Una duda lo embargó entonces: ?qué tan consciente estaría Togaz dentro de ese capullo? Namys solo le había dicho que estaba en el dominio de algún dios bajo la Corte Celestial.

  Esos pensamientos se desvanecieron en el instante en que una pisada demasiado ruidosa resonó a su izquierda. Con un movimiento fluido, desenfundó su escopeta y disparó hacia unos arbustos. Simultáneamente, disminuyó su peso un 30% y, con un impulso de aire, se alejó con grandes saltos. Con cada salto, no necesitaba supersentidos para notar cómo sus entra?as se convertían de nuevo en sangre líquida, cómo el espíritu se enfurecía, pero aun así, cumplía su función.

  Por un momento pensó que tal vez se había equivocado, que sus orejas ya no eran lo de antes y había sido una falsa alarma. Pero varios disparos, bloqueados de inmediato por una barrera de aire con una densidad del 40%, le dieron una sombría satisfacción.

  —Por qué me equivoco en la comida y no en las misiones que ese ni?o me da... —masculló con un comentario ácido. Reunió viento en su tobillo y disipó un intento de nube de polvo cegadora. Con un movimiento rápido, decapitó al camaleón que intentaba acercarse sigilosamente. —?Esperen, nunca me equivoco!

  Hablar en combate era un error, pero ver a aparentes novatos que no investigaban a su objetivo y confiaban en una estrategia tan mala en un bosque abierto, donde el viento sobraba, le ahorraba mucho mana lo llena de cierta tranquilidad.

  Al parecer, los novatos se dieron cuenta de que disparar era inútil al ver a su compa?ero con poderes de camaleón muerto. Salieron lentamente de sus escondites con las manos en alto. En ese momento, Gazazo se preguntó si estaba en un teatro, si sus oponentes eran más listos de lo que aparentaban o si era otra emboscada.

  Chasqueó la lengua. Sus habilidades con el viento aún eran muy básicas en el aspecto de vigilancia; apenas podía sentir que un mago de tierra estaba a su derecha, pero no salía de su escondite. Piensan que no los he detectado, dedujo, manteniendo la compostura mientras sus sentidos barrían el perímetro.

  El hombre comenzó a hablar y, para molestia de Gazazo, no lo hacía en el idioma común. Sin pensarlo dos veces, le apuntó y disparó, matándolo al instante. Solo alcanzó a escuchar cómo los demás huían, pero con una sonrisa fría, rodó hacia la derecha. El movimiento fue calculado: aplastó a una mujer que intentaba acercarse sigilosamente y, de paso, esquivó el ataque de un gato montés de tama?o considerable.

  Con un gesto rápido, apuntó con la mano y una esfera de aire denso cubrió al felino. El animal, ahora aterrorizado, salió corriendo sin molestar más. Gazazo miró entonces hacia abajo, hacia la maga a la que acababa de aplastar. Llevaba una máscara de oso Terra.

  —Ni?a, no te acerques tanto —dijo con una voz cargada de desprecio—. Tus habilidades son pésimas, francamente patéticas.

  Sin darle tiempo a reaccionar, le aplastó la tráquea con el pie, aumentando su peso en un 40%. No era del todo necesario, pero mejor pecar por exceso que cometer un error, razonó. Una sonrisa de gratificación se dibujó en su rostro al ver cómo un joven humano de unos diecinueve a?os se lanzaba contra él blandiendo un hacha.

  —Mis insultos no son gratuitos —masculló, y aumentó la densidad del aire frente a él en otro 40%.

  Su enemigo inmediatamente tuvo problemas para respirar. Gazazo observó, con cierta satisfacción morbosa, cómo los aliados del muchacho se percataban de su agonía pero no se movían a ayudarlo. Solo se quedaron mirando, impotentes, cómo sus intentos de tomar aire, ya de por sí dificultosos tras el combate extenuante, fracasaban por completo.

  Tan cerca pero tan lejos, pensó, y una punzada de fastidio lo recorrió. En verdad me estoy haciendo demasiado blando. La filosofía era de su hermana mayor, pero nunca la había entendido hasta ahora.

  —?Por favor, nos rendimos! ?Deja a Tom, por favor! —gritó el líder, emergiendo de su escondite y acercándose más de lo prudente.

  Si Tom ya estuviera muerto, intentaría pintarme como el malo, analizó Gazazo al instante. Eso solo puede significar que alguien lo está grabando. Por suerte, Namys le había dado una clase completa sobre estas tretas. Sabía que Tom solo estaba inconsciente. Mientras el líder se acercaba, Gazazo se preguntó si el hombre planeaba un sacrificio o si un cómplice observaba la grabación, esperando el momento de atacar para parecer un héroe.

  En ese preciso instante, la peque?a llama naranja en su pecho se movió, apuntando hacia una rama vacía. Un segundo camaleón. Nada mal.

  —De acuerdo, los perdono, jóvenes —anunció. No podía ver su propia sonrisa, pero estaba seguro de que era amplia y cruel.

  Con un esfuerzo de voluntad, aumentó la densidad del aire en la rama indicada. Un grito ahogado resonó entre las hojas y una arpía cayó pesadamente del árbol. El aparente líder intentó darse media vuelta para huir, pero Tom, que apenas volvía en sí, le agarró del pie instintivamente.

  Gazazo lo vio todo con claridad. Tom no tenía idea de lo que ocurría, pero con ese acto de desesperación acababa de condenar a sus aliados. Sin piedad, y con la eficiencia de quien arranca malas hierbas, Gazazo los eliminó a todos con unas pocas cuchillas de viento afiladas como navajas.

  Se acercó a la arpía, la mató y tomó su máscara de camaleón. Encontró también una gema del tama?o de una cabeza humana, muy ligera, pero su color gris apagado le indicó que lo más probable era que estuviera rota. Aun así, Namys sabrá qué hacer, pensó, guardándola. Con una inhalación profunda, el viento le trajo un regusto a sangre que lo guió hasta un arbusto, donde yacía un hombre inconsciente que se había orinado. Patético, evaluó Gazazo al verlo. El tipo portaba una máscara de perro, así que se la arrebató, a?adiéndola a su colección. Ya solo faltaba una.

  Caminó con paso firme, sin importarle el riesgo de otra emboscada. Incluso se preguntó si sus oponentes ya no lo veían como una amenaza o si simplemente esos ni?os habían tomado un trabajo de adultos. Decidió guardarse esas dudas para otro momento, porque frente a la torre de vigilancia lo esperaba un automóvil.

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  —Se?or Gazazo, soy su conductor. Espero que mis servicios sean de su agrado —dijo el humano, inclinándose levemente antes de abrirle la puerta.

  Gazazo no rechazaría la ayuda. Se acomodó en el asiento, notablemente cómodo, y disfrutó del viaje de regreso a casa, que fue rápido y sin inconvenientes. Una mueca irónica adornó su rostro al recordar cómo él, que había matado a bestias gigantes mucho más formidables que unos coyotes, terminaba tan magullado por una escaramuza menor. Pero allí estaba.

  Al llegar a su destino, se recordó a sí mismo que nada de eso importaba. Debía centrarse y no gastar energía en pensamientos que solo lo distraían.

  —Gracias —dijo, quizás con un tono demasiado seco. Si al conductor le molestó la falta de conversación durante el trayecto, no lo demostró. Gazazo se preguntó qué harían los humanos al ver el vehículo. Mi hermano menor decía que los humanos están locos por los motores, rememoró.

  Apenas entró en su casa, decidió darse un ba?o. El pozo era perfecto para un ba?o profundo: con paredes de madera, una soga gruesa y desgastada colgando del techo, y agarraderas de metal incrustadas en el borde para ayudarse a salir. Un ba?o relajante era, literalmente, lo que el doctor había recetado.

  Pasó las siguientes horas preparando y comiendo una comida sencilla de carne de cerdo frita con ensalada de papa, para luego dedicarse a ordenar su creciente colección de máscaras. Mientras las disponía, no pudo evitar preguntarse si su habilidad sónica ya era de conocimiento público o si aquellas ratas se habían guardado el secreto para sí mismas.

  Aunque se sentía a gusto, sabía que debía entrenar. Se volvió a poner el haori y se dirigió a lo profundo del bosque, hacia una peque?a cascada. Gazazo no veía la belleza del lugar; la primera vez que lo encontró, estaba dominado por un espíritu de rayo, pero con su viento y la ayuda de Namys, lo eliminó. A Gazazo nunca le importó qué había hecho la elfa con el núcleo elemental.

  Se acercó al borde y observó cómo el agua caía con una fuerza capaz de matar a cualquier ignorante. Bajo la superficie, ocultas por la espuma, yacían rocas afiladas que no se notaban a simple vista.

  Se dirigió hacia un árbol donde unas bolas con cadenas lo esperaban. Sin esfuerzo aparente, se las colocó, las hizo rodar hasta el río y lentamente se hundió en las aguas. Al llegar al fondo del lago, concentró la mirada hacia arriba. La luz era muy poca; el río se volvía más profundo y oscuro cuanto más se acercaba a la base de la cascada. ?Esos pensamientos son la fuente del fracaso?, se reprendió, ahuyentando cualquier distracción.

  Gazazo se hallaba en una fosa de casi cinco metros, donde la luz se desvanecía en un verde oscuro y ominoso. él, con sus dos metros de altura, se mantenía firmemente plantado en el lecho, como un trípode inquebrantable. Al mirar hacia arriba, solo distinguía tenues destellos del sol filtrándose a través de la superficie, como estrellas lejanas en un cielo acuático.

  Su postura era de absoluta determinación. Afirmado sobre una base en V con sus piernas, el torso recto y los brazos cruzados, todo en él apuntaba hacia la superficie, como si su mirada pudiera atravesar el firmamento. Pero solo veía cómo la luz luchaba una batalla perdida contra la opresiva masa de agua.

  Una sonrisa amarga se dibujó en sus labios. ??Por qué las dudas siempre me llegan cuando me estoy ahogando??, se preguntó. Todo a su alrededor estaba muerto. Podía escuchar con una claridad aterradora cómo su corazón latía con fuerza, cómo sus pulmones se comprimían bajo la presión. El agua le robaba el calor corporal y sus oídos ya sentían ese dolor agudo y familiar.

  Con la máscara del águila poderosa ajustada, se concentró como nunca antes. Todas las distracciones desaparecieron y visualizó a Togaz en la superficie. Sintió cómo su mana recorría todo su cuerpo, una energía que se enroscaba en sus viejas cicatrices como un recordatorio punzante: en una, sentía el fuego fantasmal de la pu?alada que recibió por no querer matar a un enemigo; en otra, el recuerdo de las hormigas de fuego que le devoraron parte de la pierna, una sensación que aún podía evocar hasta el día de hoy. Incluso en su nueva cicatriz del estómago, el mana pulsaba con un dolor fresco.

  Cuando sus pulmones estuvieron al límite, su mana por fin se movió con decisión. Gazazo sabía que podía usar la energía que ya controlaba y que el resto llegaría lentamente, pero eso no era suficiente. En una pelea real, no tenía tiempo ni capacidad para esperar. Miró cómo la imagen de Togaz en la superficie le preguntaba por él, incluso pudo escuchar el miedo en su voz. Esa visión, desgarradora y poderosa, arrancó el mana de cada rincón lastimado de su ser.

  Ok. Fase uno completo.

  Ahora, lo "fácil". Con sus pulmones al límite, el aire en la superficie comenzó a moverse con una fuerza que afectó decenas de metros a la redonda. Los arbustos fueron arrancados de cuajo y todo lo que no estaba anclado al suelo salió volando. Con rapidez, se formó un tubo de aire de apenas cinco milímetros de diámetro que se conectó a sus labios. Pudo sentir cómo el tubo se sellaba herméticamente, sin dejar un solo espacio abierto. Para fortalecerlo aún más, aumentó la densidad del aire en su interior en un 40%.

  Sus pulmones, por fin, dejaron de luchar desesperadamente y comenzaron a trabajar con normalidad. Pero eso no era suficiente. El agua lo rodeaba, deseando aplastarlo, expulsarlo de sus profundidades. Como respuesta, disminuyó la densidad del agua inmediatamente alrededor de su cuerpo, creando una forma cilíndrica de resistencia menor. Aun así, la masa líquida seguía luchando contra él.

  ?Un elemental de agua?, dedujo al notar la resistencia inteligente y no meramente física. ?Uno joven, tal vez nivel 10. Se encargará de eso luego.? Togaz despertaría pronto, y un peque?o elemental sería un buen regalo. Dejando los planes futuros en un rincón seguro de su mente, se concentró en su interior, en el mana sin propósito que bullía dentro de él. Usándolo como guía, expandió el tubo de aire para cubrir el interior de su cráneo, protegiendo sus oídos y su nariz de la presión traicionera.

  Por último, sintió cómo el frío, ese peque?o goloso, intentaba robarlo todo.

  Formando en su mente su deseo con precisión absoluta, tres aros de agua se materializaron alrededor de su cuerpo. El interno y el externo se tornaron tenues y translúcidos, mientras que el central se densificó en un anillo opalescente que parecía hecho de perla líquida. Con un suave pero firme impulso de su mana, hizo girar el anillo central. Inmediatamente, los tres aros comenzaron a rotar en sincronía, creando un flujo constante donde las corrientes chocaban y se entrelazaban. Del roce entre ellas nació un calor reconfortante que envolvía su piel, manteniendo a raya el frío de las profundidades mientras su respiración, conectada a la superficie por un delgado tubo de viento, permanecía calmada y estable.

  Fase dos, completa.

  Ahora, con una comodidad duramente ganada, pasó las siguientes cinco horas meditando, guiando su mana libre por todo su cuerpo. Sintió cómo sus reservas crecían a un ritmo aceptable. Ya con el entrenamiento finalizado, creó escaleras de agua densa y, combinándolas con su propia fuerza, logró salir del pozo sin muchos tapujos.

  Ya en la superficie, recuperó la llave de sus cadenas, escondida en un árbol hueco. Por ahora, dejaría vivo al peque?o espíritu de agua. Entrenaba con mucha frecuencia y, para su desgracia, siempre se le escapaba mana de sus hechizos o usaba de más. Además, no sentía la presencia de ningún enemigo a la redonda debería estar seguro y si es listó digno de Togaz se quedara donde está.

  Sin más, se dirigió a su hogar, notando que el sol ya se ocultaba, pintando el cielo con los colores del crepúsculo. ??Estuve más de cinco horas, o anocheció más rápido de lo normal??, se preguntó. Respiró hondo, feliz de no tener ninguna reunión pendiente y con el consuelo de que el despertar de Togaz era solo una cuestión de dos semanas.

  En otro asunto, revisó su Estado, algo que no hacía desde hacía a?os.

  Nombre: Gazazo

  Nivel:40

  Títulos:Hijo Predilecto, Parricida, Reliquia de la Línea Escudo, Líder Fallido, Hermano Querido, Carnicero, Elegido por el árbol del Alba.

  Raza:Duende Superior

  Género: hombre

  Vida:300

  Mana:837 (Regeneración: 19/h)

  No le gustó lo que vio. Si bien la ayuda del tótem le había permitido sacar más provecho de su entrenamiento, la regeneración de mana no había seguido el mismo ritmo. Le tomaría aproximadamente 44 horas volver a tener el tanque lleno sin meditación profunda o la ayuda de pociones. Mientras entraba a su casa para prepararse un gran festín de papa, carne molida, filete y mucha ensalada, no pudo evitar fijarse de nuevo en sus títulos.

  Un sentimiento de resignación se apoderó de él. Sabía que su padre —que en paz descanse— no estaba muerto. Era demasiado listo para morir de verdad. Debía estar en algún lugar, recuperándose. No sabía cómo, pero lo que sí tenía claro era que, cuando volviera, sería una batalla a muerte.

  Sus otros títulos solo le recordaban lo que ya sabía. El dolor seguía ardiendo, pero usaba ese fuego interno como recordatorio de sus fracasos. Además, si no fuera por Namys, nunca se hubiera enterado de que lo de "Elegido por el árbol del Alba" estaba relacionado con una elfa mu?eca, la madre de Togaz.

  Por los elogios entrecortados de Namys, Gazazo solo había logrado entender que se trataba de una sub raza de elfos muy bellos y especiales. Nunca la había visto hablar con un tono tan sumiso y emocionado como una ni?a. El recuerdo fue tan vívido que su mana recorrió su cachete, recordándole el dolor que le propinó Namys cuando lo dijo en voz alta, advirtiéndole que todas las elfas mu?eca eran altos rangos: la Reina, la Suma Druida, la Héroe...

  Gazazo lamentaba estar en modo de ahorro de energía cuando todo eso sucedió. No recordaba nada con claridad y no entendía por qué una eminencia se habría acostado con él en su forma de duende. Claro, era más alto y físicamente más guapo entonces, pero seguía siendo un duende. Si hubiera sido en su forma actual, tal vez lo entendería, ya que sus rasgos orcos eran más marcados y, según Redrick, a los elfos les gustaban los orcos. Aunque ese elfo era como un joven adulto, así que quizás solo fueran celos o algo por el estilo.

  Con la comida finalmente lista, se sentó a saborearla. La peque?a llama naranja que lo acompa?aba se lanzó hacia un jugo, intentando beber también. Una sonrisa genuina adornó su rostro. Era bueno saber que, a pesar de todo, Togaz siempre sería Togaz.

  Fin

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