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Capítulo 11

  El Rayo de Zeus, el Tridente de Poseidón y el Yelmo de invisibilidad de Hades, fueron las armas que forjaron los cíclopes y fue un regalo de los mismos hacia los tres hijos varones de Cronos, estas armas legendarias tenían tanto poder que les hacía doblegar a la tierra misma y así con esta fuerza la victoria de los Cronidas fue asegurada, los titanes derrotados fueron encerrados en el Tártaro y los tres hermanos se repartieron el mundo exceptuando la tierra que pertenecía a Gaia, Poseidón recibió el mar, Hades se quedó con el inframundo y Zeus empezó a gobernar en la cima del mundo, el Monte Olimpo...

  En una noche en el mar se puede ver un peque?o barco que es remado de manera muy lenta y con una peque?a antorcha iluminándolo, los tripulantes de este barco no eran otro que nuestro pintoresco grupo de héroes, los cuales todos se veían cansados y el único que se movía y quejaba era Deo el cual observaba detalladamente el brazo tatuado de Jeno el cual se notaba bastante cansado.

  -Maldición, no puedo creer que haya sido en vano el maldito viaje, con lo complicado que fue infiltrarse en la ciudad de Atenas con esta manada de fenómenos, evitar constantemente el sol y robar un barco, todo para que aquí, en esta zona sin nada en especial termine el mapa aquí- hablaba notándose bastante molesto recordando cada detalle desde principio el rubio, mirándolo todos de reojo con una ligera molestia.

  -?Pero qué pista estábamos siguiendo Deo?- le pregunta Astrid soltando su remo cruzando sus brazos alzando su pie por encima del otro centrándose la mirada del casta?o que estaba frente a ella en esa zona que sobresalía, pero de pronto el rubio le da un golpe en la cabeza sacándolo de su nube.

  -??Pero qué te pasa?!- exclamó el casta?o y vio la mirada enojada del rubio y decidió callarse.

  -Céntrate- le dijo este solamente al casta?o para luego responderle a Astrid, - el mapa del brazo de Jeno decía que la ubicación del tridente era en esta zona del mar alejado de la costa de Atenas.

  -Se dice que Poseidón tuvo una competición con Atenea por la ciudad, la diosa lo derroto y por eso esta ciudad tiene su nombre, en cambio, este del enojo envió un poderoso terremoto, tiene un poco de sentido- respondió la peque?a vampiresa asintiendo Astrid.

  -?Qué sue?o no podemos descansar?- pregunto Yan, pero se calló al ver la mirada del rubio.

  -Encontrar estas armas es muy importante, desde que llegamos tengo la duda, el tridente debe estar hundido en el infinito mar de Poseidón, la ubicación del pergamino no puede mentir, esperadme aquí- les dijo el rubio y de pronto se lanza al mar.

  -?Nooo, maldición, ayúdalo Jeno!- exclamaba intentándolo detener Alysa pero el rubio ya se había lanzado.

  -?Qué pasa Alysa, porque le detienes?- pregunto Astrid y la peque?a le tomo el brazo notándose bastante nerviosa.

  -???Los vampiros no pueden nadar, somos cadáveres, Poseidón tras la plaga vampírica en la Atlántida nos maldijo, nos hundiríamos como rocas en sus dominios, él no debe saberlo al ser de esa época, va a morir, rápido!!!- contaba la peque?a pero ya de inmediato Jeno se había lanzado al agua para buscarlo.

  En el fondo del mar se puede observar como un rubio intentaba moverse, pero sentía como si miles de manos provenientes del agua lo agarraran impidiéndole nadar, cayendo al fondo como una piedra.

  (Maldición, soy un inútil, ni antes ni ahora puedo hacer nada...empiezo a perder los sentidos...) reflexionaba Deo empezándole a fallarle la mente enfocando al casta?o que iba a salvarlo, pero en sus recuerdos mezclados vio a cierta chica de enorme belleza...

  Hace nueve milenios, la Atlántida.

  Se puede ver una tierra de espesa flora y fauna, se podían ver elefantes y toros por todo el lugar, enormes y bellas construcciones echas de Oricalco, en un pueblo de grandes y detalladas construcciones se puede ver como todo el lugar estaba desierto las personas permanecían en sus hogares con carencia de esperanza en la mirada, por los caminos del pueblo se puede ver a un fornido rubio de bastante belleza corriendo sin parar notándose como sudaba en gran medida, este vestía unas túnicas blancas que le llegaban al principio de los muslos y en el torso solo le cubría una parte, esta estaba amarrada con un cinturón de oricalco y portaba un calzado de sandalias de cuero.

  -Maldición el no también- maldecía al aire este muchacho llegando a una casa abriendo bruscamente la puerta, -?Hermano!

  Una mujer de avanzada edad empezó a callarlo con su gesto, calmándose este viendo a un hombre que permanecía acostado en una cama, este empezaba a padecer de úlceras por todo el cuerpo, este muchacho tenía mucho parecido con el joven rubio y al verlo en ese estado el chico rubio soltó varias lágrimas.

  -Deo, tu hermano mayor ya ha sido víctima de la infección, oremos a los dioses porque lo salve- le dijo la mujer y el rubio frunció el ce?o.

  -?Los dioses, no seas ingenua madre, ya esta enfermedad se llevó a la tumba a mi padre y a mi hermana peque?a, no van a hacer nada por nosotros, debe de haber alguna manera distinta!- exclamaba Deo y su madre asintió.

  -Puede que exista una forma, pero no quiero perderte, si tu hermano muere serás lo único que me quede Deo, pero ya tienes edad como para emprender dicho viaje...- hablaba la mujer de avanzada edad y el rubio le tomo sus manos.

  -Madre, no te preocupes, no puedo vivir como un cobarde sabiendo que pude haberlo salvado- le respondió este y ella asintió con lágrimas en sus ojos.

  -La sangre de Zeus podría salvarlo, la Ambrosia, se dice el Dios Cronida la creo para que los héroes más fuertes pudieran disfrutar del poder de los dioses, este la guardo en el norte de estas tierras, nadie ha podido conseguirla, por lo que es solo una leyenda.

  -No importa si es real o no, solamente sé que será mejor hacer algo que desperdiciar el tiempo rezando, volveré madre- le respondió el rubio marchándose de ahí si saber lo que le depararía el futuro.

  Deo marcharía hacia el norte teniendo una travesía de seis meses, pero siguiendo las indicaciones llego al lugar, era muy fácil de reconocer pues está nevando, ese clima sorprendió al rubio pues nunca había presenciado la nieve donde vivía, pero a pesar del frío, el hambre y el cansancio logro adentrarse en el frío norte, allí este vio una especie de cripta subterránea y comprendió rápidamente que ese era su destino, al entrar silenciosamente en el lugar pudo observar como ese sitio era custodiado por unos hombres totalmente delgados, de piel seca y que salivaban una especie de ácido verde, sin poder formular palabra ante tales monstruosidades se escabullo en las sombras evitando el contacto con ellos hasta llegar al centro de la cripta, este se acercó a un sarcófago que estaba ahí notándose bastante decepcionado.

  -Debe encontrarse dentro de esto, quizás si lo muevo con cuidado...- decía el posando su mano por encima del sarcófago y de este salieron unas púas de acero que le apu?alaron la mano gritando este de dolor, pero de inmediato se tapó la boca para no atraer al los seres que deambulaban por los pasillos, -Maldición...- decía este en voz baja sacando su mano provocándole esto una ola de dolor insoportable, pero este se aguantó para permanecer callado.

  Por el sarcófago la sangre derramada recorrió un camino hacia adentro ba?ando ligeramente a algo que estaba en su interior, de pronto el rubio nota como se empieza a abrir saliendo de este una bella mujer de piel morena, esta era extremadamente hermosa, su cabello era liso ondulándose ligeramente en las puntas, su color era negro siendo medianamente corto, porta unos ojos filosos de color claro y unos carnosos labios que al cruzar miradas con este sonríe, su cuerpo estaba totalmente desnudo y tenía enormes senos además de un gran trasero, esta sale tras observar al rubio y empieza a caminar hacia él retrocediendo este unos paso hasta chocar contra la pared, allí ella lo encara, frente a frente, ella se muerde el labio con sus filosos colmillos soltando unas gotas de sangre para después tomar la mano herida de Deo y besarla, de inmediato la herida del rubio cerro quedándose este perplejo y mirando los labios de ella noto que ya no estaba herida.

  -?Pero como... quien eres, donde está la Ambrosia...?- preguntaba este muy confundido y ella lo callo posando su dedo sobre sus labios.

  -Lastimosamente, la sangre de Zeus no está aquí, lo lamento mucho- le respondió ella y la mirada de esta se vio apagada.

  -Entonces después de tanto tiempo, todo fue en vano, han pasado tantos meses, mi hermano ya debe haber muerto- decía el rubio apretando sus pu?os ba?ados en cólera.

  -Mi nombre es Ellen, quizás pueda ayudarte, pero necesitare que un fuerte hombre como tú me acompa?e a mi hogar- le decía ella acariciándole el pecho con su mano poniéndose un poco nervioso el rubio.

  -?Cómo podrías ayudarme?- le pregunto este y ella sonrió mostrando sus filosos colmillos.

  -Mi padre es el rey de este continente, es el dios de los mares y los océanos, Poseidón, llévame con él y estoy seguro de que te pagara con algo espléndido- le contaba ella acercándose poco a poco a su oído y ahí continuo hablando, -Hasta yo podría pagarte con lo que vez- al decir esto el rubio se puso rojo como un tomate y ella soltó unas ligeras risitas.

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  -Muy bien Ellen, te llevaré a casa- le dijo el rubio y ambos se marcharon de ahí.

  -No podría esperar menos de ti, mi salvador- le respondió ella con un tono pícaro y ambos salieron del lugar evitando a los seres que custodiaban la cripta, tras salir de allí a pesar de ser de noche Deo le consiguió algo de ropa a Ellen en un poblado cercano y de inmediato partieron en su viaje.

  La travesía de ambos jóvenes fue larga, la chica solo podía viajar de noche, pero este detalle no molestaba al rubio en lo absoluto, durante un a?o ambos permanecieron juntos formándose entre ellos una amistad, incluso algo más, pero todo viaje debe terminar, en la capital del reino de la Atlántida ambos jóvenes fueron recibidos por varios guardias que vestían armaduras de oricalco, adentrándose en el castillo estos encararon en el trono a la personificación de los terremotos, Poseidón.

  -Me alegro de verte padre- le dijo Ellen al hombre sentando en el trono notándose la ropa que vestía ella ahora, siendo bastante simple, una túnica con bordados dorados y varios accesorios de oro marcándose cada intimidad de su cuerpo por la delgada tela.

  Deo se fijó en el hombre sentado en el trono, era enorme, su piel era morena además de tener un largo cabello negro y bastante liso, portando una frondosa barba y bigote del mismo color, poseía cejas gruesas y ojos filosos color zafiro, sobre su cabeza portaba una corona de oro con detalles de zafiro, su cuerpo es realmente musculosos y tonificado, viste unas delgadas túnicas blancas y azules, además de portar también brazaletes dorados y un colgante de zafiro, su calzado son unas altas sandalias doradas y por último su mano agarra un poderoso tridente plateado con puntas de oricalco verdosas, de inmediato ese hombre se levantó notándose aun más su gigantesca altura.

  -Cuanto me alegro de verte hija mía- le dijo ese hombre caminando hacia ella abrazándola mientras soltaba algunas lágrimas sorprendiendo al rubio.

  Deo también se fijó en los acompa?antes del rey, su hijo Tritón el cual era muy parecido a su padre solo que la mitad de su cuerpo de la cintura hacia abajo era la de un pez, en su mano portaba una concha, pero el rubio no comprendía muy bien porque y la reina Anfítrite, ella era una hermosa mujer de piel morena y cabello largo, tanto que le llegaba a los tobillos siendo este del color del azabache, ella vestía delgadas telas que le cubrían malamente sus intimidades, Deo se dio cuenta sin duda que los tres eran familia de Ellen.

  -Padre mi acompa?ante espera una recompensa por parte tuya, ?crees que podrías ayudarlo?- le pregunto la morena y el padre retrocedió rascándose la garganta.

  -?Qué deseas buen hombre?- le pregunto Poseidón al rubio y este trago saliva nervioso.

  -Mi hermano mayor cayó enfermo hace más de un a?o, no sé si ha sobrevivido, y la salud de mi madre tampoco era muy buena- hablaba de manera nerviosa el rubio y el dios alzo su mano para que este parara.

  -Tritón, mira atrevés de tu concha para ver a su familia- le ordeno el dios cronida y su hijo pego su ojo al centro de la concha y entonces este empezó a observar el basto continente de la Atlántida buscando a los familiares del rubio.

  -Tengo malas noticias padre, ellos ya han muerto- le dijo Tritón y el rubio callo devastado de rodillas al suelo.

  -Lo lamento, pero la vida de los muertos van más halla de mis dominios- le dijo la personificación de los terremotos y vio como Ellen lo abrazaba correspondiéndole el rubio alzando la ceja el dios, -Quizás pueda hacer algo por ti, pero antes necesitó saber, ?si estás preparado?- dijo este atrapando la atención de Deo.

  -Haré lo que haga falta- le dijo el rubio y el dios sonrió.

  -A las afueras de la capital ya se ha visto más de una vez un monstruo, la Quimera, bestia deforme escupe llamas, ha matado ya a varios reba?os de ovejas y algunas personas ya han muerto- le explicaba el dios al rubio mientras se sentaba en su trono alzando su tridente y bajandolo fuertemente golpeando el suelo retumbando el palacio, -Mátala y te daré la mano de mi hija en matrimonio- le dijo el dios y Deo abrió los ojos como platos sonriendo la morena.

  -Se?or, usted es un dios, perdone que le hable así pero, ?por qué no la mata usted?, ?por qué no ayuda a los débiles humanos que le rezan?- le pregunto el rubio y todos en la sala adoptaron un semblante serio ensombreciéndose la mirada del dios.

  -Espero ayudarlos al enviarte a ti, recuerda Deo, un dios nunca resolverá los problemas que los mortales puedan resolver por sí mismos- le respondió este y el rubio asintió levantándose del suelo y con un semblante serio encarando a Poseidón le dijo.

  -Yo matare a la Quimera para luego casarme con Ellen- le dijo el rubio sorprendiendo a todos su determinación dándoles la espalda empezando a salir de allí.

  -?Espera Deo!- exclamo Ellen parándolo para luego darle un beso en la mejilla sonrojándose ligeramente el rubio, -Estaré esperando tu regreso- tras decirle eso la morena el rubio asintió y continuo su camino.

  En lo que se marchaba el rubio observo de manera disimulada al dios e hija y vio como estos hablaban de algo, pero sus expresiones eran muy serias, tras salir del castillo Deo se dirigió a los bosques con la esperanza de encontrar a la bestia, pero algo le molestaba en gran medida.

  -Aunque encuentre a la Quimera, ?cómo la lograré matar?, estoy desarmado y no tengo experiencia en combate- reflexionaba para sí mismo hasta que escucho un ruido por los alrededores.

  El rubio recorrió el bosque en busca de una extra?a sensación que lo abrumaba y entonces lo vio, un semental blanco de gran belleza y además tenía alas, era el mismísimo pegaso, Deo sin poder formular palabra solo quizo acercarse y así lo hizo poco a poco, pero al encararlo el animal alzo vuelo rápidamente tumbando al rubio en el suelo por las fuertes corrientes de aire que provoco este al mover las alas.

  -Maldición, espero poder verlo de nuevo- se dijo a sí mismo el rubio y de pronto alguien hablo a sus espaldas.

  -El pegaso te sería muy útil a la hora de cazar a la Quimera, pero solamente la podrás matar con tu propio esfuerzo, mortal- al escuchar esa voz femenina el rubio se giró y observo a una mujer de extremada belleza, de cabellos blancos y que portaba un arco de plata.

  -Esa apariencia, eres Artemisa- afirmo el rubio y la diosa asintió.

  -La misión que se te ha sido encomendada no ha sido fácil, pero no imposible, depende de tu voluntad- le dijo la diosa dándole al rubio unas bridas y correas de oro, -Con esto el indomable pegaso te obedecerá, pero de ti depende poder dominar al animal.

  -No creo que utilizar eso logre dominar al animal de verdad, prefiero usar mis propios métodos- le dijo el rubio levantándose marchándose de allí soltando una ligera sonrisa la diosa de la caza.

  -Buena elección mortal- susurro para ella misma desapareciendo en el viento en unos instantes.

  Durante semanas el rubio estudio los hábitos y el comportamiento del pegaso, siempre volvía a beber agua de aquel estanque, allí es donde Deo siempre lo confrontaba, tras muchas caídas y patadas, llego el momento en que simplemente era un juego para ambos y un día el corcel alado no se resistió al acercarse el rubio y se dejó montar, pegaso alzo vuelo y aunque Deo estaba un poco nervioso, este lo llevo a lo alto del cielo, sobrevolando la tierra el muchacho se sintió el rey del mundo, observando lo peque?o que se veían esas tierras en comparación a él, con el pegaso domado y portando armas como un arco y flechas, además de un escudo y lanza cobrizo, el próximo objetivo de ambos era acabar con la Quimera.

  -Llevo días buscándola y aún no la he encontrado, maldición donde puede estar- se quejaba el rubio y de pronto vio como una llamarada quemaba unos hogares que estaban por la zona y en el humo le pareció ver algo, -?Allí pegaso, no puede ser casualidad, la encontramos!- exclamo este bajando a gran velocidad hacia esa zona.

  Al aterrizar el caballo alado vio como varias personas corrían de la zona y más llamas salieron de ese lugar siendo imposible para el rubio enfocar a la bestia con sus ojos.

  -Pegaso disipa este humo- le ordeno Deo y el caballo parándose en dos patas aleteo sus alas provocando una ráfaga de viento que disipo el humo dejando ver al rubio a dicha bestia.

  Los ojos de Deo al fin pudieron ver a la criatura, era de un tama?o descomunal, su cuerpo era la de una especie de león siendo su primera cabeza la del mismo animal, el pelaje del león tenía un tono anaranjado, pero su melena era color del azabache, del lomo le aparecía la cabeza de un macho cabrio de pelaje grisáceo, su cola era el cuerpo de una serpiente de escamas verdosas, pero la cabeza que estaba en la punta era de un dragón, al enfocarlo la cabeza de dragón empezó a vomitar llamas por su boca esquivándo las flamas el pegaso mientras alzaba vuelo por muy poco.

  -Maldición, si me llegan a alcanzar no creo que lo cuente- se decía a sí mismo el rubio sobrevolando a la bestia dándole una palmada en el lomo a pegaso decendiendo este.

  Al bajar el vuelo el caballo Deo empezó a lanzar varias flechas con su arco contra la bestia, varias de esta se clavaron en el lomo de la Quimera, pero apenas y se inmutó notándose que no salió ni sangre, entonces sorprendentemente la bestia salto a una gran altura alcanzando al rubio y su corcel enviando un zarpazo que pegaso esquivo por muy poco cayendo al suelo separándose de su jinete el cual rodó por el pasto lejos del, separado de su caballo Deo ahora con una herida en la frente por la cual sangraba envió otra flecha contra la bestia, pero fue el mismo resultado.

  -Su piel es demasiado gruesa como para poder herirle, como podre matarla, maldición- se quejaba el rubio chasqueando la lengua y de pronto la quimera se abalanzó contra él a punto de tajarlo con sus garras, pero este se protegió con su escudo cobrizo rápidamente, -Lo partió en dos- miraba sorprendido el rubio como el escudo se había roto a causa de la enorme fuerza de la bestia, la cual de inmediato envió otro golpe, pero este rodó por debajo de ella esquivándola, parándose en el suelo con su lanza empu?ada.

  Justo cuando Deo planeaba herirla con su pica noto que la bestia se abalanzó contra él, la distancia era muy corta por lo que el rubio no podía hacer nada a ese margen, en su mente el rubio vio su muerte segura, pero la quimera fue golpeada por las patas del pegaso logrando desviar su ataque, en ese momento la cabeza de dragón abrió la boca para enviar una llamarada, pero su ataque fue interceptado por el rubio, penetrando su pica cobriza en la boca de la tercera cabeza, aun así las flamas empezaron a salir de su boca, pero se notó como el metal de la punta de la lanza se derretía empezando a ahogar a la cabeza de dragón sufriendo de igual manera las otras dos cabezas retorciéndose de dolor la criatura.

  -Esta lanza estaba recubierta de plomo, al infundirle calor lo derretiste en tu garganta, ese fue tu final bestia, menos mal que soy más listo que tú, pero no me entiendes cierto, ja, ja, ja- le decía el rubio de manera triunfante con unas carcajadas a la bestia la cual agonizaba terminando por morir cayendo al suelo.

  El cuerpo de la quimera empezó a calcinarse quedando en el suelo el esqueleto de un ser humano lo cual le extra?o al rubio, gritos de euforia y alegría vinieron por parte de la población alabando a su nuevo salvador el cual camino exaltado y sin poder creérselo donde su corcel alado.

  -Lo logramos compa?ero- le dijo el rubio acariciando su pelaje respondiendo de igual forma este acariciándole con su cabeza la cara de Deo soltando este unas risas.

  Y así el muchacho logro lo impensable, derroto a la Quimera y domo al Pegaso, el exhausto Deo sobrevoló los cielos de su tierra ba?ando su rostro en las suaves brisas de aire y había llegado el momento de tomar como esposa a Ellen tal y como le prometió el rey de los océanos, marchando a su palacio a cobrar su justa recompensa.

  Continuara...

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