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Primeros últimos pasos

  Se podría decir que la noche es espléndida… siempre y cuando decidas ignorar el penetrante olor a orina. Pero en Finganir, como en todos sus malditos pueblos y ciudades, el aire siempre tiene ese inconfundible aroma a las secreciones rancias de sus habitantes. Créeme cuando te digo que, con tantas especies supuestamente inteligentes compartiendo las mismas calles, somos demasiados para estar meando todos contra la misma pared.

  Perdona, querido lector. ?O tal vez querida? Da igual. Sí, te lo digo a ti, al que está posando los ojos en esto. Hablo contigo, asumiendo, claro está, que este relato llegue a ser leído por alguna persona antes de que acabe pudriéndose en el fondo de una cuneta.

  Disculpad la interrupción, vuelvo a mi papel de narrador introspectivo. Resulta que el semigigante que me está salpicando las botas con su meada me está mirando de una forma que no me gusta nada. Permíteme una sacudida rápida y me largo de este callejón antes de que decida usarme de toalla.

  Como te iba diciendo, bienvenidos a Finganir. Un reino que no está para nada apartado de la civilización, uno de los pocos vertederos del mundo donde conviven innumerables especies. ?Que cuáles? Joder, demasiadas. Ya veis que yo solo soy un humano corriente y moliente que va camino de una taberna en busca de sus compa?eros de aventuras. En fin, por estas calles podéis cruzaros con Elfos altivos, Enanos gru?ones, duendes que apestan a cerveza barata, minotauros del tama?o de un armario y, si hay suerte, atractivas Orcas. ?Qué queréis que os diga? Soy un hombre de gustos raros, no me juzguéis.

  Ya que me acompa?áis hacia la taberna, os explicaré un detalle crucial antes de presentaros a mi grupo, no tenemos ni una sola y miserable moneda de oro a nuestros nombres. Pero eso va a cambiar. Aunque, si soy sincero, eso no era lo que quería explicaros, es solo la razón patética por la que estáis leyendo esto. Lo que de verdad quiero dejar claro es que, en este mundo podrido, la raza a la que perteneces no lo es todo. Las clases a las que eres afín importan, y mucho.

  Yo, por ejemplo, soy un caso muy especial. Soy un Mago…

  —?Uhg!

  Perdón. Me acabo de tropezar con un cretino ?Sabéis ese tipo de personas que vagan siempre por el mismo camino de tierra, que no tienen oficio ni beneficio, y que repiten exactamente la misma puta frase cuando tratas de hablar con ellos? Pues uno de esos. Qué seres tan irritantes.

  Como decía, antes de que me interrumpieran, soy un Mago guerrero. Sí, ya lo sé, podéis reíros. Un Mago humano —una especie que rara vez llega a los ochenta a?os sin necesitar ayuda para no cagarse encima— no suele ser considerado alguien respetable en las artes arcanas. Por eso elegí la subclase de guerrero. Sí, las subclases son raras, pero cagarla al elegirlas, como hice yo, lo es todavía más. Aunque, supongo que eso no importa demasiado si tienes un buen grupo de idiotas que te respalde.

  Mira, tras esta puerta de madera astillada que estoy abriendo ahora mismo… Bueno, quizá no me oigáis decirlo con tanto ruido de jarras y gritos de borrachos… Ya sé que no puedes oírlo, pero créeme, el ambiente aquí dentro es tremendo. El aire es espeso, huele a sudor agrio, a tabaco barato y a promesas rotas. Mira hacia allí, al fondo.

  Esos de ahí, los que acaparan todas las miradas y el centro de la taberna, parecen mis compa?eros ideales, ?verdad? ?Veis a ese Alto Elfo de porte altivo? Un espléndido arquero, dicen que es capaz de hablar con las bestias. ?Y el mastodonte de al lado? ?Es que no sabes lo que es un Orco Berserker? Solo su tama?o ya intimida. Y mira a ese paladín, otro humano como yo. Su cabello dorado perfecto y su armadura reluciente sin una sola abolladura… es simplemente espléndido. Casi me siento orgulloso de pertenecer a su misma especie.

  ?Pero qué más tenemos ahí? ?Es un Enano chamán? Increíble, ?verdad? Solo con ver las runas tatuadas en su piel curtida podéis sentir su poder crepitando en el aire cargado del local. Y fijaos en esa elfa oscura que los acompa?a, una nigromante, nada menos, con una mirada que te hiela la sangre. Menudo grupo de élite ?verdad? La clase de héroes impolutos que los bardos usarían para componer canciones épicas y cobrar unas buenas monedas.

  Pues olvidaos de ellos. Los míos están justo detrás, sentados en la mesa que cojea al fondo del rincón más oscuro. Acompa?adme, si tenéis estómago.

  Dejadme pasar entre toda esta gente sudorosa… cuidado con ese charco de dudosa procedencia…

  Bien, ahí están. La flor y nata de la contradicción. Un Enano, dos Elfos, un draconiano y un Tengu.

  ?Qué me miráis así? Sí, vale, ya sé lo que estáis pensando al verlos. El Enano es nuestro arquero. Los Altos Elfos son dos gemelos, uno es un Berserker y el otro es nigromante. Sí, lo digo completamente en serio, cerrad la boca que os van a entrar moscas. El draconiano, una mole de escamas imponente, es nuestro clérigo, y el Tengu —ese pajarraco de plumaje oscuro y cara de pocos amigos— es nuestro paladín.

  Resumiendo el desastre táctico que somos, tenemos un paladín alado que no pesa ni veinte kilos mojado, un clérigo descendiente de reptiles gigantes no precisamente famosos por su devoción religiosa pacifista, un Elfo Berserker que parece aún más enclenque y desnutrido que el Tengu, y su hermano gemelo que prefiere jugar a las casitas con cadáveres antes que hacer cosas bonitas con florecillas del bosque, como se supone que hacen los de su especie… Y sí, para rematar la broma, el Enano, ancho como un barril y con dedos como morcillas, es un arquero cojonudo. Cosas de la vida.

  —?Qué haces, Gustab? —Mira, ya me está llamando Beonir, el Enano.

  —?Qué pasa? —Esto último se lo he dicho a él en voz alta, no a ti, lector.

  Si te parece bien, voy a realizar un peque?o hechizo para que la narrativa deje este irritante tiempo presente. Si sobrevivimos a… digamos… ?una semana de esta mierda? Sí, creo que será tiempo suficiente para saber si la palmamos o no. En fin, lo haré para que me leas en pasado y la lectura te resulte un poco más cómoda. Siempre pensando en los demás, ese soy yo. Si sobrevivimos una semana, claro… Chaito…

  Eh… no, espera, aún no he lanzado el puto hechizo. Es más, mis colegas me están mirando rarísimo, como si estuviera perdiendo los pocos tornillos que me quedan en la cabeza. Pero que quede una cosa clara, si cuando termine esta frase no hay nada más escrito en la página… es que he muerto, ?vale? Pues ya estaría.

  Chao.

  Hasta luego.

  Hola… Vale, ya paro. Esta vez sí que sí. Concentración.

  —No podemos seguir así, joder.

  Por algún motivo, Beonir estaba verdaderamente cabreado. Sus dedos, gruesos como salchichas, tamborileaban con nerviosismo sobre la madera de la mesa. Lo miré con el estómago encogido y sentí los ojos de todo el grupo clavados en mí, esperando una solución que no estaba seguro de tener. Hice acopio de todo el valor que pude reunir antes de contestar.

  —Escuchad… mientras estaba ahí fuera, meando, oí algo interesante. Dicen que en Leokvaar buscan a alguien que se ocupe de un nido de Goblins.

  —?Goblins? —preguntó K′thaar.

  Al draconiano no le gustaban los Goblins, y mucho menos sus nidos. Detestaba los sitios húmedos y estrechos que olían a moho y a vísceras rancias, sus escamas preferían el aire libre y el sol, aunque fuera el sol pálido de Finganir.

  —?Goblins! —celebró Aril, con una alegría que rozaba lo maníaco.

  A él le encantaba matar cualquier cosa que se moviera, daba igual el tama?o. Menos mal que era abstemio… porque un Elfo Berserker absurdamente delgado y borracho habría sido el fin de todos nosotros mucho antes de empezar.

  —Pero la caza de esos cabrones es para principiantes, no me jodas, Gustab —gru?ó Rintaro. Tenía que reconocer que el Tengu paladín tenía razón… en parte.

  Para un guerrero sagrado —aunque fuera un pájaro de veinte kilos—, limpiar nidos de trasgos era el escalón más bajo de la escala heroica. Una tarea de limpieza, no una gesta.

  —A ver, escuchad —supliqué, inclinándome sobre la mesa para que el ruido de la taberna no me devorara—. Al parecer, el nido se ha ido de las manos. Han desaparecido varios grupos de mercenarios. Ya no mandan novatos, y los veteranos con dos dedos de frente pasan de misiones tan sucias por tan poco dinero.

  Les expliqué los detalles mientras pasaba mi mirada más convincente de uno a otro, moviendo la cabeza como si fuera un faro en mitad de una tormenta. Sus expresiones, sin embargo, me dejaron claro que no estaba convenciendo ni a las moscas que sobrevolaban nuestras jarras.

  —No me agrada la idea —sentenció K'thaar, cruzando sus poderosos brazos sobre el pecho—, pero no me opondré. Necesitamos movernos.

  —Venga… —Aproveché el repentino y tibio apoyo del draconiano para presionar al resto—. No tenemos oro y necesitamos trabajo urgente. Será dinero fácil. ?Quién está conmigo?

  —?Que no tenéis oro? —resonó una voz áspera y profunda justo a mi espalda.

  Mis compa?eros clavaron sus miradas en un punto situado sobre mi coronilla. Sentí cómo una presencia imponente se alzaba tras de mí, emanando una sed de sangre tan intensa que el vello de mi nuca se erizó al instante. Cuando me giré, muy despacio, lo primero que me encontré fue un grueso mandil de cuero manchado de grasa. Alcé la vista, y más vista, hasta que topé con el rostro del tabernero.

  El minotauro me perforaba con sus oscuros ojos, bufando un aire caliente que olía a lúpulo y amenaza. En un segundo, toda la taberna quedó en un silencio sepulcral.

  Todo pasó muy rápido después de eso. Me gustaría reconocer que dimos una pelea épica, que defendimos nuestro honor con acero y magia, pero la realidad es que nos echaron a patadas. Literalmente. Rodamos por el barro de la calle mientras el eco de las risas de los "héroes de verdad" nos perseguía desde el interior. Nos largamos de aquel pueblo del que ahora no quiero ni acordarme del nombre… Finganir… bueno, el distrito de Finganir donde empezó este desastre.

  —Bueno… entonces… ?nos vamos a Leokvaar, no? —insistí, mientras me sacudía el lodo de la túnica.

  Mis compa?eros me dedicaron una mirada tan cansada e irritada que dolió más que el golpe contra el suelo. En mi interior supe enseguida lo que iban a decir.

  —Esto es una tontería, Gus…

  Me giré hacia Eril. Su pelo platino le cruzaba la cara, pegado a la piel por el sudor de la pelea y el barro del callejón.

  —No… no lo es —dije, aunque mi propio tono desesperado me delataba.

  —Mira, chico. —La gruesa mano de Beonir se posó en mi hombro con una pesadez fraternal—. Nadie se fía de nosotros. Míranos bien. Somos los despojos de nuestros hogares. Nuestras clases, nuestras especialidades… nada cuadra con nuestra naturaleza. Créeme, me encantaría ser un chamán o un guerrero… joder, incluso un Berserker —dijo, se?alando a Aril, que en ese momento buscaba con mucho ahínco algo en el interior de una de sus fosas nasales, ajeno a la gravedad de la conversación—. Sé que es tu sue?o, pero ya has logrado varios hechizos de mérito para un Mago humano.

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  —Medio Mago —a?adió Aril, sin sacar el dedo de su nariz.

  El Enano ignoró el comentario del Alto Elfo y continuó hablando con esa calma pesada que solo los de su raza poseen.

  —Con esas bolas de fuego, lo de comprimir cosas, teletransportar objetos… diablos, si hasta puedes cambiar el color de tu propia ropa. Tienes talento, chico. Solo tienes que dejar de compararte con leyendas de cristal.

  Bajé la mirada para fijarla en mis manos durante un largo rato. Mis dedos aún temblaban ligeramente, no sé si por la adrenalina de la expulsión o por la humillación de ser llamado medio mago. No sé en qué momento exacto empezamos a andar, ni cuándo nos adentramos en la garganta de la noche por aquel camino de tierra, pero mi mirada se mantuvo fija en las puntas de mis botas, viéndolas aparecer y desaparecer rítmicamente con cada paso. Una de ellas seguía húmeda por culpa del semigigante. El frío empezaba a calar.

  —Joder… —murmuré para mis adentros.

  —?Qué pasa ahora? —Rintaro caminaba a mi lado.

  Mantenía la mirada perdida en el cielo estrellado, pero cuando sus profundos ojos negros se clavaron en mí, no pude evitar un estremecimiento. Los Tengu habían perdido sus alas hacía generaciones, adquiriendo brazos en su lugar, pero seguía siendo raro de cojones ver a un jilguero antropomórfico, con la cabeza del tama?o de la de un poni, mirándote fijamente a los ojos con una inteligencia tan afilada.

  —Creí que podríamos vivir aventuras de verdad ahora que formamos un grupo… pero esto es lo que hay. Goblins y botas mojadas.

  —Eres un Mago, Gustab… y te manejas de lujo con la espada. Eso es más de lo que la mayoría puede decir —a pesar de la tristeza, ver los ojos del Tengu al sonreír de aquella extra?a manera suya, moviendo el pico con un leve chasquido, me aligeró un poco el peso que llevaba clavado en el pecho.

  Durante lo que me parecieron horas, caminamos en un silencio solo roto por el crujir de la hojarasca, dirigiéndonos hacia Leokvaar, el asentamiento más cercano. En mi fuero interno, estaba convencido de que allí nos separaríamos. El grupo se disolvería antes de haber cumplido una sola misión decente en meses.

  De repente, Beonir se detuvo en seco. Alzó la mano, pidiendo silencio absoluto. Con una fluidez que desmentía su fisonomía robusta, sacó su arco y tensó la cuerda. El sonido del cuero estirándose fue como un latigazo en la quietud de la noche. Los hermanos Aril y Eril se colocaron instintivamente a cada lado del camino, Aril ya tenía su hacha lista, ense?ando los dientes como una fiera que ha olido sangre. Rintaro desenvainó su mandoble con un siseo metálico, largo y frío, mientras retrocedía para cubrirnos a K′thaar y a mí.

  Nos quedamos mirando el camino que acabábamos de recorrer. Mis ojos buscaban desesperadamente cualquier anomalía entre las sombras de los árboles.

  —K′thaar, Gustab, protección. Ahora —ordenó Beonir en un susurro.

  Tanto el draconiano como yo recitamos nuestros conjuros de protección más rápidos. Las palabras arcanas se sintieron calientes en mi lengua. Escuché cómo el Enano tensaba la cuerda del arco hasta el límite de su resistencia.

  —Aril, Eril. Preparados.

  Eril recitó un salmo en una lengua muerta y un humo verde esmeralda brotó de su boca, serpenteando por el aire como una serpiente viva directo hacia la garganta de su hermano. El Berserker gru?ó, un sonido gutural y primitivo, mientras sus músculos se hinchaban bajo la piel, duplicando su tama?o en un despliegue de fuerza antinatural.

  —?Qué ves? —pregunté, incapaz de soportar un segundo más la tensión que electrizaba el aire.

  Entonces, una figura emergió de la oscuridad del camino.

  Era un humano. Alto, rubio, con una piel que parecía cincelada en el mismo mármol de las estatuas imperiales. Podría haber pasado por un Elfo de linaje real de no ser por la anchura de sus hombros. Avanzaba con una confianza que solo da el poder o la estupidez.

  —Lo siento —gritó, deteniéndose a una distancia prudencial—. No pretendía asustaros, viajeros.

  Guardamos silencio mientras avanzaba con los brazos en alto. Parecía desarmado, pero en mi escasa y amarga experiencia había aprendido que nadie camina por los senderos de las afueras de Finganir, a estas horas y sin escolta, a menos que sea una amenaza andante.

  —No te muevas ni un centímetro más —rugió Beonir sin bajar el arco—. Tira las armas.

  —No tengo armas que tirar, amigo Enano —respondió él con una sonrisa perfecta. Pero yo ya estaba preparado para esa mentira.

  —?Y qué me dices del conjuro de ilusión, paladín? —pregunté, alzando la voz. Acababa de reconocer en ese individuo al tipo reluciente de la taberna.

  El silencio que siguió a mi pregunta se estiró como una cuerda a punto de romperse. Bastó un leve movimiento de la mano del paladín para que Beonir soltara la flecha. El proyectil cruzó el espacio en un suspiro, pero rebotó contra un escudo mágico invisible, provocando una onda verdosa justo frente al rubio. El conjuro de ilusión se disipó como humo al viento y pude ver su armadura completa, reluciente y ofensiva.

  De la nada, cuatro flechas impactaron contra mi propio escudo sin que pudiera identificar su origen. Aril lanzó un rugido que no tenía nada de humano y se abalanzó hacia los matorrales de la derecha, desapareciendo tras el acero y las hojas. El paladín enemigo cargó contra nosotros y Rintaro hizo lo propio, su mandoble trazando un arco de muerte. Avancé junto a nuestro Tengu para darle apoyo, y entonces noté una leve perturbación en el aire, un rastro de distorsión tras el paladín enemigo. Gracias a ese detalle supe que su Mago estaba allí, oculto bajo un manto de invisibilidad.

  —?K′thaar, cubre a Beonir! —grité.

  El draconiano retrocedió para darle cobertura al enano, que no dejaba de disparar contra el escudo mágico del rubio. Un grito me alertó por la izquierda, una figura se alzó entre las sombras. Su Berserker —el orco de la taberna— me tenía a tiro de espada, pero una docena de esqueletos de lo que parecían ser gallinas y pájaros peque?os se le echaron encima, dándome el segundo justo para rodar por el suelo.

  Eril apareció a mi lado, pero una figura emergió tras el orco y, con un simple movimiento de mu?eca, hizo que los esqueletos de ave se desplomaran como ceniza. El elfo oscuro del otro grupo nos dedicó una sonrisa gutural, mientras el orco bufaba a su lado.

  —Anularé a ese sangre sucia. Haz lo que puedas con el orco —soltó Eril, lanzando un proyectil de hueso y humo hacia el nigromante oscuro.

  Me quedé solo ante el Berserker orco. Tragué saliva y desenfundé mi espada mientras recitaba un hechizo de potenciación física. En mi cabeza solo había un pensamiento, esperaba que, cuando me matara, al menos no pareciera que una manada de trolls me había pasado por encima.

  —?Por mis escamas! —el grito de K′thaar rompió el fragor de la batalla.

  El silbido de las flechas cesó de golpe. El orco se lanzó contra mí, pero antes de que su acero me tocara, lancé un conjuro de fuego que impactó contra un muro de repente... escamas negras. Unas llamas inmensas envolvieron el lugar y, cuando se disiparon, donde antes estaba el orco, ahora un Dragón sacudía la cabeza, apartando mi fuego como si fuera una telara?a molesta.

  Aquella bestia se acababa de zampar al orco de un bocado. Y yo era el postre.

  —?Corre, Gustab, corre! —Rintaro tiró de mi túnica con una fuerza que me sacó del trance.

  Mis piernas apenas sostenían mi peso, pero logré seguir el ritmo del Tengu. Aril emergió de los matorrales, empapado en sangre ajena, y le lanzó un arco y un carcaj a Beonir.

  —Para ti —dijo con una sonrisa maníaca, al parecer, el arquero del otro grupo no había tenido un buen final— ?Por qué corremos?

  —?Es que no has visto al puto Dragón? —gritó Eril.

  Los supervivientes del grupo reluciente corrían en dirección contraria mientras el Dragón terminaba de tragar. El elfo oscuro, cegado por la rabia de perder a su compa?ero, se lanzó contra la bestia. El Dragón giró con una rapidez antinatural y lo golpeó con la cola, haciéndolo volar como un mu?eco de trapo. Su cuerpo impactó cerca de nosotros y Eril, sin detenerse, lanzó un hechizo rápido. Vi con náuseas cómo el cadáver destrozado del nigromante se tambaleaba intentando ponerse en pie sin éxito.

  —?Qué pretendías con eso? —le grité a Eril.

  —Que se lanzara contra el bicho de nuevo. ?Ha sido divertido! —respondió el elfo.

  —?Divertidísimo! —secundó su hermano.

  De repente, la bestia cayó del cielo bloqueando nuestro camino. Alzamos escudos superpuestos, las fauces del Dragón chocaron contra los muros mágicos, que vibraron antes de estallar en fragmentos de luz.

  —?Joder! —blasfemó Beonir mientras Aril saltaba al cuello de la bestia, golpeando con su hacha como un poseso.

  Vi cómo el cuello del dragón resplandecía desde dentro. Iba a calcinarnos. Fue entonces cuando decidí probar algo que no venía en los libros. Convoqué una bola de fuego, pero en lugar de lanzarla, recité el conjuro de compresión que usaba para intentar crear diamantes con carbón. Proyecté esa energía comprimida hacia una de las flechas que Beonir había logrado clavar en el cuello del monstruo.

  La flecha estalló desde dentro. El fragmento de escama saltó por los aires y la bestia erró su ataque por milímetros.

  —?Eso es! —rugió Beonir.

  Aprovechando la herida, Rintaro y Aril se ensa?aron con el hueco abierto. Eril invocó un par de lobos espectrales para distraer a la bestia. Finalmente, tras un estruendo que hizo vibrar el suelo, la criatura cayó de lado, lanzando una última llamarada inútil al firmamento.

  Nos quedamos allí, jadeando, rodeando el cadáver de la leyenda. Beonir me ofreció su mano callosa para ayudarme a levantarme. Eril sonreía como un loco ante el botín, K'thaar miraba el cuerpo de su ancestro con ojos vidriosos, guardando un silencio sepulcral.

  —Mira —dijo el enano, dándome una palmada en el hombro—. Has conseguido tu aventura, Gustab, el asesino de dragones.

  Me reí hasta que los pulmones me ardieron y la tos me obligó a parar. Miré a mis compa?eros, el pájaro sin alas, el elfo carnicero, el enano arquero, el clérigo de fe dudosa y yo, el mago que no sabía ser mago.

  —No... no he sido yo —dije, mirando el rastro de sangre y barro—. Hemos sido nosotros. Los Imperfectos.

  Beonir apretó mi hombro. Por un momento, el peso del mundo se sintió un poco más ligero.

  —?Vamos a por los Goblins, entonces? —pregunté al cielo.

  —Vete a la mierda... —refunfu?ó el enano, pero no dejó de caminar a mi lado.

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