Poco a poco siento que ya soy parte del equipo del rancho. Roberto y Juan son muy agradables, y aunque al inicio me hicieron alguna que otra broma de principiante —como buscar el famoso gancho de caballete, que aún no tengo idea de qué es—, ahora nos llevamos mucho mejor.
El padre de Albert, Marc ha pasado algunas veces a ver a los caballos. Es un se?or amigable y bastante carismático. Se ve que en su época de jove fue muy atractivo y caballeroso, ya que aún mantiene su estilo y sus modales. Ya veo de dónde sacó Albert esa alegría despreocupada y puedo ver un destello de como sera de mayor. Marc me hace recordar a mi padre y como hacia que todos nos sintieramos a gusto en su presencia. De vez en cuando también aparecen sus hermanos a ver los ponies o revisar algo en los corrales. Son cuatro en total, pero Albert es claramente el más envuelto en el manejo del rancho Green. Según lo que escuché, los otros tres están ocupados con ganado, tierras de cultivo y, según Roberto, el hijo del medio se fue a recorrer el mundo con una mochila y no lo han vuelto a ver desde hace unos tres a?os. Solo gace llamadas virtuales y listo. Bien por él todos debemos seguir nuestra pasión.
Albert ha pasado más tiempo del necesario en los establos, o al menos eso dice Juan. Bromea con que, desde que yo trabajo aquí, Albert y Max —el caballo más inquieto y su caballo— han dado más vueltas que uno entrenado para competición.
A decir verdad, no me molesta ver a Albert ayudando por aquí. Es servicial, atento... y bueno, tampoco está mal a la vista. Estoy casi segura de que viene porque se aburre en su oficina, pero nadie se queja, es agradable tenerlo cerca. A veces nos ayuda con tareas pesadas que ni siquiera le corresponden. Otras veces, cuando ve a Juan, Roberto y a mí jalando sacos de alimento, llega corriendo a echarnos una mano. Y cuando digo “una mano” me refiero a cargar tres o cuatro sacos él solo como si fueran livianos. No sé si lo hace para impresionar, pero... en mi caso funciona. Espero que si sea capaz de soportarlo y no que lo hace para impresionar, puede que despues termine con un problema en la lumbar y luego tengamos que llevarlo al hospital por ser imprudente.
Lulu, por su parte, parece adorarlo. Aunque ya no puede ver casi nada, lo reconoce por el olor y se emociona en cuanto lo percibe acercarse. A veces creo que Lulu saca en claro lo que yo aún no me atrevo a pensar.
—Bueno, creo que eso es todo por hoy —dice don Roberto, secándose el sudor de la frente con un pa?uelo que siempre lleva en la parte trasera de sus pantalones.—. Nos vemos el martes.— hace un gesto con la mano y sale de los establos haciendo ruidos de dolor por la espalda.
Los cuatro estamos dentro del area de descarga de comida de los establos, estamos sudados, cansado y jadeando tras cargar tantos sacos de comida como sean posibles para tantos caballos. Yo, en las últimas diez tandas, tuve que usar una carreta porque mi espalda ya no podía más. El dolor que tengo ahora mismo equivale a todo un maraton de funcionales en el gimnacio mas exigente de todo New York creo que voy a dormir hasta que sea invierno.
—Yo creo que voy a cerrar un poco los ojos— dice Juan lanzandose sobre unos sacos vacíos llenos de paja y se queda dormido casi al instante.
—Bueno —dice Albert a mi lado, con una sonrisa que le alumbra el rostro. Lleva la gorra hacia atrás, dejando al descubierto el cabello ligeramente aplastado por el sudor, y el simple gesto hace que se vea peligrosamente atractivo—, Por fin terminamos.
No debería mirarlo así. Pero lo hago. Acaba de terminar de jalar los sacos de comida, y el esfuerzo todavía se nota en cada línea de su cuerpo. La camiseta gris se le pega al torso, oscurecida por el sudor, marcando la forma firme de sus hombros y el ancho de su pecho. Sus brazos… Dios. Tensos todavía por el peso que cargó, las venas apenas visibles bajo la piel bronceada.
Tiene el rostro rojo por el calor y el esfuerzo, peque?as gotas de sudor recorriéndole la sien hasta perderse en la línea de su mandíbula. Se pasa el antebrazo por la frente, dejando una leve mancha de polvo sobre la piel húmeda, y el contraste lo hace ver todavía más… real. Más hombre. Más peligroso.
Trago saliva.
Su respiración aún está un poco agitada, el pecho subiendo y bajando con lentitud mientras me sonríe como si no tuviera idea del efecto que provoca. Como si no supiera que verlo así, sudado, despeinado y con la gorra hacia atrás, me está provocando por dentro algo que no es normal que sienta.
Siento el calor subir desde mi cuello hasta mis mejillas.
Estoy segura de que estoy roja. Pero por razones completamente distintas a las suyas.
Intento apartar la mirada, pero mis ojos traicioneros recorren otra vez la línea de su cuello, el inicio de su clavícula, la forma en que la tela húmeda dibuja su abdomen cuando se mueve. Es absurdo lo atractivo que se ve después de trabajar duro. No pulido. No perfecto. Solo… auténtico.
Me doy cuenta demasiado tarde de que llevo varios segundos mirándolo fijamente.
Bajo la vista de golpe. Genial.
Porque yo no estoy precisamente en mi mejor momento. Tengo mechones de cabello pegados a la frente, la camisa manchada de polvo, las manos sucias y el rostro probablemente igual de rojo que el suyo.
Soy un desastre.
Un desastre que acaba de quedarse embobada mirando a un hombre sudado.
—?Qué? —pregunta él, divertido, inclinando apenas la cabeza. Claro que noto que me quede mirandolo.
—Nada —respondo mientras estiro la espalda como un gato y cierro mis ojos, necesito estirarme y no perderme en la mirada de Albert.
Cuando intento volver a mi postura normal, sintiendo cada vértebra crujir recordándome que me exigí más de lo que debería hoy, hago una cara de dolor ya que algo dentro o se desacomodó o quedé con un calambre.
—?AY!— digo colocando mis manos en la espalda.
—?Que pasa? ?Te duele mucho? —pregunta, girándose hacia mí con cierta preocupación.
—?Ah?…Si. Si un poco, pero estaré bien.
—Tengo una crema en mi casa. Es muy buena, de verdad. Te puede ayudar antes de dormir.— dice mientras veo como mueve sus manos como si quisiera tocarme la espalda pero no se atreve.
Bueno, no voy a mentir, me duele tanto la espalda que no me molesta caminar hasta su casa si eso me da algo de alivio.
—?De verdad?, lo agradecería muchísimo. Si gracias.
—Muy bien, espera aquí, la voy a traer.— hace ademan de marcharse.
—?Puedo ir contigo? Así no tienes que hacer dos viajes. No me molesta —veo en su cara una pizca de duda—. A... a menos que no quieras que vaya a tu casa… está bien, puedo esperar.
Sé que su casa está dentro del terreno del rancho, a unos 800 metros de donde estamos. La he visto a lo lejos, una caba?a amplia con un porche que siempre tiene algo colgado secándose al sol. Nunca he estado ahí. Tal vez no quiere que entre, y por eso no lo ofreció directamente. Muy tonta de mi parte asumir que iba a ir y auto invitarme.
—No, no es eso —dice, levantando las manos como en se?al de defensa—. Es que… bueno…
—?Tienes algo que esconder? —pregunto con media sonrisa.
—?No! Es solo que…
—Está bien, puedo esperar aquí.
—Bueno… si quieres ir…—se rasca la nuca nervioso.
—Mmm… ?quieres que vaya o quieres que me quede aquí? —Digo mirándolo con un poco de duda.
—Pues…
—Venga, vamos —le digo mientras lo empujo suavemente en dirección a su casa.
Empezamos a caminar en silencio. El sol ya se está escondiendo entre los árboles, y el aire huele a heno fresco y tierra. Siento las piernas débiles por toda la actividad física del día, la espalda agotada de tanto peso, los brazos cansados de tanto moverlos y mi cabeza esta dando vueltas por lo atractivo que se ve Albert a mi lado y solo va caminando. Creo que voy a necesitar el mejor spa y al mejor terapeuta del pueblo de Willo Creek para recuperarme de esto. En un descuido, ya que no voy poniendo mucha atención tropiezo con una piedra suelta del camino y casi caigo.
Albert me sujeta de inmediato por la cintura, impidiendo que toque el suelo. Su cuerpo está tan cerca del mío que puedo sentir el calor que emana de su pecho.
—?Estás bien? —pregunta con la voz baja, justo junto a mi sien.
Coloco mis manos sobre las suyas, que ahora me rodean como si fueran un cinturón de seguridad. Levantó la mirada y me encuentro con sus ojos, muy cerca, muy fijos.
—Sí, estoy bien —respondo, intentando reír para aligerar la tensión que claramente ambos sentimos o al menos eso siento—. Perdona, creo que voy más débil de lo que pensaba.
él no dice nada, pero tampoco me suelta. Mis manos siguen sobre las suyas y, sin darme cuenta, empiezo a acariciarlas con suavidad. Es un gesto instintivo, íntimo, casi vulnerable. No sé cuánto tiempo pasa así. Cuando finalmente caigo en cuenta, retiro las manos de golpe y me aparto.
—Ahh, ya estoy bien —digo, apartándome un poco más. Su presencia me envuelve por completo, como si no hubiera nada más alrededor. No quiero sentir esto, no ahora, no así. No quiero enamorarme de alguien que tal vez solo está siendo amable… o que podría desaparecer de un momento a otro.
él se recompone, se pasa la mano por el cabello, nervioso arreglándose la gorra.
—El terreno es peligroso por aquí —dice.
—Eso veo —respondo, y por un instante creo que él no sintió lo mismo que yo. Qué alivio, me digo. Pero también, qué lástima.
Cuando llegamos a su casa, él empieza a subir las escaleras del porche, pero yo me detengo en la base de las escaleras. No me ha invitado a entrar y no quiero incomodar. Solo vine por la crema, no a ver como es su casa por dentro.
Desde la puerta, se vuelve y me mira.
—?No vas a entrar?
—Bueno… no quiero incomodar. No sé si quieres que entre. No pasa nada, puedo esperar aquí.
Levanto las manos para restarle importancia, pero en ese momento mi estómago ruge como un león herido.
Albert abre los ojos con sorpresa y estalla en una carcajada tan sincera que no puedo evitar ruborizarme.
—?Oye, no te burles! —digo, fingiendo estar ofendida.
él se limpia las lágrimas de los ojos mientras sigue riendo.
—Perdona, no me burlo. Es que nunca había escuchado un estómago sonar así, de verdad y que sepas que tengo tres hermanos. Me ha asustado —dice riendo aún.
Me cruzo de brazos, ofendida de verdad esta vez, pero él se acerca a mí, me toma por la cintura y cambia por completo mi expresión.
—Vamos, entremos. Te doy de comer.
Por un momento no entiendo lo que acaba de decir. ?Me está invitando a su casa? ?A comer? ?A estar con él… más tiempo? él toma una de mis manos para que la baje del pecho y me guía suavemente hacia la puerta.
No me había dado cuenta, pero Lulu viene detrás de nosotros. Al parecer nos ha estado siguiendo todo el camino. Ella sin pedir permiso entra a la casa de Albert como si fuera su casa y se echa a dormir en el suelo.
Dentro de su casa se siente cálido y acogedor. Para ser un hombre que vive solo, todo está limpio, ordenado y huele bien. La decoración tiene un estilo masculino, sobrio pero con buen gusto: muebles de tonos arena, algunos cuadros de caballos, un par de botas viejas junto a la puerta. La cocina brilla más que cuando mi madre y yo hacemos limpieza profunda. Todo se ve como él, limpio y agradable.
—Pasa —dice, quitándose la gorra y colgándola en un perchero junto a la entrada—. Siéntete como en casa.
—Gracias —respondo, aunque me quedo parada al lado de la puerta.
—Espera un momento. Voy por la crema, y luego podemos cocinar algo.
—Está bien —digo sin moverme. Sé que no tiene esposa, pero algo dentro de mí espera que, en cualquier momento, salga una mujer de alguna habitación. Tal vez su novia. O alguien que pasó la noche aquí. No lo sé. Estar en su casa me hace sentir un poco vulnerable. Todo huele a él. Todo es… él.
Cuando regresa con la crema en la mano, me mira y pregunta con naturalidad:
—?Quieres que te la unte?
?Qué?
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No, no, yo puedo. Si no, le diré a mi mamá…
—Ah, no, está bien, además no me duele tanto ya, mira…
Hago un movimiento con la cintura para mostrarle que estoy bien, y justo en ese momento siento una punzada aguda. Frunzo el rostro por el dolor repentino. ?Cómo es posible que mi cuerpo me traicione así justo ahora?, ya son dos querido cuerpo, primero el estómago por el hambre y luego esto.
Albert me sujeta con suavidad del codo para que deje de moverme.
—Auch… —suspiro entre dientes—. Lo siento, no sabía que dolía tanto.
—Ven —dice él con voz tranquila mientras me guía al sillón—. Es una crema que alivia los musculos entonces sentirás un poco de calor. Si quieres, solo levanta un poco la blusa.
—?Qué? —pregunto, mirándolo sorprendida.
—Es solo para ponerte la crema. Vas a ver cómo te sientes mucho mejor.
No quiero discutir por algo que sé que voy a terminar aceptando. Me duele la espalda, los pies, y además tengo hambre. Estoy agotada, y lo único que quiero en este momento es alivio.
Tomamos asiento en el sillos y le doy la espalda a Albert. Con cuidado, levanto la blusa apenas lo necesario para dejar la parte baja de mi espalda al descubierto.
Albert se queda en silencio. Pero no siento sus manos en mi espalda, solo esta ahí sentado detras de mi.
—?Qué pasa? —pregunto, intentando girar la cabeza para verlo.
—?Por qué no me habías dicho que estabas tan lastimada?
Intento mirar mi espalda, pero claro, no soy un búho para poder verla.
—?Qué tiene? —pregunto con más curiosidad que preocupación.
—Está llena de moretones.
Debe ser cierto. No me veo la espalda casi nunca, y aunque el dolor es constante, lo tolero bien. No me había tomado el tiempo de observarme realmente.
—Ah, no lo sabía…—digo restandole importancia.
—No creo que esta crema te ayude. Deberíamos ir a un doctor.
—?Qué?—digo acomodandome para verlo de frente— No, es solo un moretón. No pasa nada. Solo ponme la crema, voy a estar bien.
—Caroline…
—Por favor. Solo ponla.
Suspira. Sabe que no tiene sentido discutir conmigo. Me vuelvo a colocar de espaldas a él y levanto la blusa de nuevo. Abre el frasco de crema, se unta un poco en las manos —grandes, cálidas— y empieza a extenderla con suavidad por mi espalda.
Se supone que solo iba a aplicarla en la parte baja… pero sus manos recorren desde mis caderas hasta los omóplatos, masajeando con firmeza pero delicadeza, como si supiera exactamente dónde presionar para aliviar la tensión acumulada.
El calor de sus palmas, la textura de sus dedos, el ritmo pausado de sus movimientos… todo me desconcierta. Mi cuerpo reacciona de forma desesperante ante el contacto y me acurruco a sus movimientos. Hace meses que nadie me toca así, con tanto cuidado. Y aunque no debería, lo deseo. Demasiado.
—?Cómo te sientes? —pregunta con voz baja, casi ronca. Como si le costara hablar.
—Mmm… muchísimo mejor —respondo, no tanto por la crema, sino por sus manos, por su cercanía, por la forma en que me hace sentir vista… cuidada. Creo que si fuera un gato en este momento estaria ronroneando.
Cuando termina, me siento un poco triste. Extra?o sus manos al instante.
—?Quieres comer algo? —pregunta, y su voz roza mi oído como un susurro. Me estremezco ya que casi estoy pegada a su pecho. No se en que momento me fui acercando más y más a él. Apenas puedo asentir.
Albert se pone de pie y se dirige a la cocina. Yo intento regular la respiración, porque acabo de darme cuenta de que la había estado conteniendo todo este rato.
Cuando por fin logro levantarme y llegar a la cocina, él ya está sacando un sartén y varios ingredientes de la refrigeradora.
—?Qué vas a hacer? —pregunto, curiosa.
—Ya verás —responde con una sonrisa cómplice.
Pone música de fondo y nos envolvemos en una conversación ligera. Hablamos de cosas triviales, de sus hermanos, de su padre, de cómo era crecer en un rancho. Nunca habíamos pasado tanto tiempo a solas, y es agradable descubrir esa otra parte de él. Albert es divertido, atento, y tiene un humor suave que me hace reír sin darme cuenta.
Mientras él cocina, Lulu se acomoda en el suelo cerca de mí. La escena es tan simple… y tan perfecta, que me cuesta creer que sea real.
Después de unas cuantas horas de charla, comida y un calorcito reconfortante en la espalda gracias a la crema, Albert se ofrece a llevarme a casa. A pesar de que mi carro está en el estacionamiento del rancho, le digo que sí. Quiero pasar un poco más de tiempo con él. Si ma?ana tengo que levantarme más temprano para venir caminando, pues que así sea.
Cuando me bajo del carro, me tiende una bolsa con comida extra y la crema. Lulu, que había estado dormida en el asiento trasero, salta al suelo con su habitual entusiasmo. Como si por arte de magia pudiera ver con claridad, llega a la puerta de la casa sin tropezar ni una sola vez. Tiene más habilidad de caminar ciega que yo con todos mis sentidos intactos.
—Nos vemos ma?ana —me dice Albert, con una sonrisa tranquila.
—Nos vemos —respondo.
No entro a la casa mientras veo cómo su carro se aleja lentamente por el camino de tierra.
Ya en casa, dejo la bolsa sobre la mesa, me quito los zapatos con un suspiro cansado y me dejo caer en el sillón. Lulu se acomoda a mi lado, como si supiera que necesito su calor esta noche.
Mi madre está en el hospital, otra vez cubriendo el turno de la noche. Siempre dice que no le molesta, que le gusta cuidar a los pacientes cuando el mundo está en silencio, pero sé que últimamente está agotada. Y me duele no poder hacer mucho por ella.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sillón y dejo escapar un suspiro. Lulu se acurruca más contra mí, su cabeza reposando en mi pierna, cálida y confiable. Le acaricio con suavidad detrás de las orejas, y sus ojos se entrecierran con esa expresión de paz que siempre logra contagiarme. Lulu siempre ha sabido leerme mejor que nadie.
—Hoy fue un buen día —le murmuro, sin mucha convicción, más para mí que para ella.
Me quedo en silencio por unos segundos, sintiendo cómo el día empieza a caer completo sobre mis hombros. El cansancio, sí, pero también algo más. Algo que me inquieta por dentro.
—Lulu… tengo miedo. No sé si me estoy dejando llevar. Albert… —hago una pausa, tragando saliva—. Albert solo es un buen compa?ero de trabajo. Bueno… no sé si siquiera somos eso.
Lulu levanta apenas la cabeza, como si me preguntara ?en serio estás pensando en esto a estas horas?
—?Tú qué harías en mi lugar? ?Creés que estoy malinterpretando las cosas? —preguntó en voz baja. Lulu bosteza largo, indiferente, pero yo sonrío igual.
—Sí, yo también lo creo. Estoy acostumbrada a que los hombres sean rudos, distantes, como si mostrar afecto fuera una debilidad. Y cuando alguien es diferente… cuando alguien es bueno de verdad… empiezo a hacerme ideas.
Me paso una mano por la cara, frustrada.
—No tiene sentido. Albert solo está siendo amable. Es su forma de ser. No hay más que eso. ?O sí?
Pero la imagen de su sonrisa reaparece sin permiso. La forma en que me mira cuando piensa que no lo noto. El calor en su voz cuando dice mi nombre. Sus manos en mi espalda… el cuidado con el que me tocó, como si yo fuera algo frágil. Como si le importara.
Decido darme un ba?o, ponerme mas crema antes de dormir y cuando por fin me voy a la cama, Lulu me sigue y se acomoda en su lugar habitual a los pies. Me tumbo boca arriba, mirando el techo en la oscuridad. Todavía huelo la crema en mi piel, ese aroma tenue que de pronto se ha vuelto reconfortante, familiar.
Cierro los ojos y dejo que el recuerdo de sus manos me arrulle.
A la ma?ana siguiente recordé, con algo de fastidio, que no teníamos que ir al rancho. Es lunes, y los lunes el lugar está cerrado. Me levanté temprano para nada… y encima dejé el carro allá, así que no puedo hacer mucho por ahora. Podría salir a correr, pero con los moretones de ayer, lo mejor será tomar el día para recuperarme.
Bajo a la cocina con pasos lentos, aún medio adormilada, y veo una nota pegada en el refrigerador con la letra rápida de mi madre:
"Fui al mercado. Vuelvo luego."
Bueno… parece que será una ma?ana lenta.
Justo cuando estoy considerando prepararme un café, escucho el sonido de un motor en la entrada de la casa. ?Será que mi mamá ya volvió? ?O se le olvidó algo? Tal vez es el cartero.
El timbre suena un segundo después, así que debe ser el correo. Estoy en pijamas, con el pelo hecho un desastre, pero igual voy a abrir.
Cuando abro la puerta, lo último que esperaba ver a esta hora era a Albert, de pie frente a mí, con dos cafés en la mano y una bolsa de cartón. Me mira con una mezcla de sorpresa y una sonrisa traviesa que se le escapa al verme.
—?Albert? ?Qué hacés aquí? —pregunto, parpadeando, aún confundida. Está vestido como todo un vaquero, impecable a pesar de que son apenas las siete de la ma?ana. Sus jeans oscuros y esas botas lustradas parecen sacados de un comercial de ropa del oeste. Está increíblemente presentable… lo cual me hace aún más consciente de mi aspecto. Y de mi ropa.
—Buenos días, Caroline —dice con esa sonrisa tranquila suya—. ?Puedo pasar?
Levanta la bolsa y los cafés como si eso explicara todo.
—Claro, por supuesto. Adelante —me aparto para dejarlo entrar—. Espero que uno de esos cafés sea para mí, porque si no, estás en serios problemas.
Se ríe mientras entra.
—Uno es para ti… y el otro es para mí.
Ahora soy yo la que ríe.
—Justo eso pensé.
Me doy cuenta —con algo de pánico silencioso— de que mi pijama no es precisamente apropiado: un short demasiado corto y una blusa de tirantes que prácticamente es transparente con la luz de la ma?ana. Hago una se?a rápida para que entre y me escapo corriendo escaleras arriba.
—?Ya vengo! —grito por encima del hombro mientras subo a toda velocidad.
Cuando bajo de nuevo, con un abrigo encima y pantalones de chándal, lo encuentro sentado en la mesa acariciando a Lulu, que le da la bienvenida con su habitual entusiasmo. él levanta la vista cuando me ve entrar.
—?Mejor?
—Mejor —respondo, sonriendo mientras tomo asiento frente a él.
Me extiende uno de los cafés, y lo acepto agradecida.
—Esta ma?ana me di cuenta de que habías dejado el carro en el rancho, así que pensé que tendrías que ir caminando… por eso vine —dice, como si eso fuera lo más lógico del mundo.
—Ahhh… —me rasco la cabeza, algo avergonzada—. Bueno, hoy es lunes, y no trabajamos, así que… no tenía planes de ir al rancho a recogerlo.
Su expresión se congela por un momento y sus mejillas se ti?en de rojo. No sabía que los lunes está cerrado. Debería saberlo siempre ha sido así desde que tengo memoria. Me río, pero no de él, sino de lo adorable que se ve confundido.
—No pasa nada, puedo pasar a recoger el carro más tarde.
—Claro… ahora entiendo por qué don Roberto no estaba esta ma?ana.
Vuelvo a reír, y entonces llevo la mano a la bolsa de cartón. Cuando la abro, me sorprendo al ver dos bagels: uno para él y uno para mí. Pero no cualquier bagel. Es de huevo con tocino. Mi favorito. Huele delicioso.
—Whoa… ?es mi favorito! ?Cómo lo sabías?
Albert solo sonríe, tomando el suyo.
—Digamos que tengo buena memoria.
Recuerdo una época en el colegio donde, sin falta, todas las ma?anas me compraba uno igual camino a clase. Tenía ese sabor casero y cálido que, ni en los mejores cafés de Nueva York, lograron replicar.
—Gracias —digo, genuinamente tocada.
—De nada —responde Albert sin quitarme los ojos de encima por un momento más de lo normal—. ?Cómo sigue tu espalda? ?Estás mejor?
—Ah, sí, ya estoy mucho mejor, muchísimas gracias. Recuérdame darte la crema antes de que te vayas.
—No es necesario, puedes quedartela. Yo tengo más.
Es muy amable de su parte… Debo recordarme a mi misma que esta siendo amable, no hay nada más, solo es amable. Lo mas propable es que sea asi con Roberto y Juan. Pero ya que habla de la crema ojalá también pudiera venir todas las noches a untármela, pero bueno, ese debería ser un trabajo que mi madre haría, si no estuviera en turnos dobles en el hospital.
—Bueno, ya que hoy es tu día libre, ?qué pensabas hacer?—pregunta mientras le da un mordisco al bagel.
A decir verdad, no tenía absolutamente nada planeado. Respirar, relajarme, tal vez sobrevivir emocionalmente al lunes. Así que soy honesta:
—Nada. Hoy no iba a hacer nada. Probablemente echarme en la cama, ver películas y esperar a que se acabe el día.
Albert baja la mirada, como si pensara que acaba de arruinar mis planes con su visita. Se ve un poco apenado, como un ni?o que se coló en una fiesta sin invitación.
—Pero ya que estás aquí —a?ado rápido, para que no se sienta mal—, podemos hacer algo. ?Te gustaría?
Sus mejillas se enrojecen de nuevo. Me intriga cómo este hombre, que claramente podría levantarme con un brazo, puede ser tan dulce y tímido a la vez.
—Es que...
—Tú ya estás todo arreglado, con tus botas limpias y tu camisa perfectamente doblada en los codos. Si no tienes nada que hacer tampoco, ?por qué no hacemos nada juntos? ?Qué te parece?
él asiente, con una sonrisa de medio lado y otro mordisco al bagel.
—Perfecto —le digo mientras termino de desayunar
Cuando terminó recojo mi taza vacía y la depositó en el basurero
—Voy a darme una ducha rápida. ?Me esperás en la sala?
—Claro.
Subo las escaleras y mientras el agua cae sobre mi espalda, pienso que tal vez hoy no sea un lunes tan inútil como pensé al despertar.
Cuando bajo, ya lista con unos jeans, una camiseta blanca metida dentro, chaqueta de mezclilla y unas botas cortas, Albert se levanta de inmediato del sofá. Lulu da un par de vueltas entre sus piernas y las mías, emocionada.
—Ya estoy lista —digo—. ?Qué hacemos?
—?Te parece si te ense?o algunas cosas del pueblo? Lugares que tal vez no recuerdas o que han cambiado desde que te fuiste y luego más tarde podemos ir por tu carro al rancho.
—?Hay algo que haya cambiado en este pueblo?—digo con tono de sorpresa.
—Un par de cosas —responde con una sonrisa pícara—. Incluyéndome a mí.
Sonrío, me pone nerviosa y no entiendo ni por que.
Salimos de la casa y me abre la puerta de su camioneta con total naturalidad, como si fuera lo que ha hecho toda la vida. Me ayuda a subir, y mientras él rodea el vehículo para subirse, me sorprendo a mí misma sonriendo. ?Desde cuándo una simple caminata por el pueblo me emociona tanto?
Nos adentramos por una de esas calles rurales que se sienten más como postales que como realidad: árboles altos a los lados, granjas con cercas blancas y vacas pastando como si el tiempo no existiera.
Después de unos minutos, llegamos a una colina. Aparcamos y bajamos de su carro.
—?Dónde estamos?
—Ven, quiero mostrarte algo.
Caminamos en silencio hasta un peque?o claro, escondido entre los árboles. Desde allí se ve casi todo Willow Creek: las casas de techos a dos aguas, la torre del reloj, la vieja iglesia, incluso la tienda general con su letrero desgastado. El viento sopla con suavidad, trayendo consigo el aroma a pasto recién cortado y un rastro cálido de pan horneado, probablemente desde alguna cocina cercana.
De pronto, el lugar me resulta familiar. La vista, el aire, la sensación…
Solía venir aquí con mi papá, a mirar las praderas.
Albert se detiene a mi lado. Por un momento, no dice nada. Solo observa el paisaje, como si también estuviera recordando algo.
—?Recuerdas este lugar? —pregunta al fin, mirándome de reojo.
—Sí —respondo con una sonrisa leve, nostálgica. Me sorprende lo mucho que me mueve estar aquí otra vez, lo fácil que es que los recuerdos resurjan.
—Recuerdo haberte visto aquí una vez —dice Albert, en voz más baja, como si no estuviera seguro de si debía compartirlo—. Tendrías unos catorce. Yo estaba ayudando a mi papá a arreglar una cerca, justo más allá —se?ala con la cabeza hacia el otro lado del claro—. Estabas con tu padre.
Lo miro, curiosa. No esperaba que recordara algo así.
—Llevabas un hermoso sombrero y se te cayó —continúa, con una sonrisa peque?a en los labios—. El viento lo llevó cuesta abajo y corriste tras él como si fuera lo más importante del mundo. Y entonces tropezaste… fue gracioso, la verdad, pero también me asusté. Pensé que te habías lastimado.
Suelto una risa suave.
—Tu papá corrió a ayudarte —dice él—. Te levantó del suelo y te miró con una mezcla de susto y ternura. Pero tú le sonreíste como si nada hubiera pasado. Le mostraste que estabas bien.
Hace una pausa, y cuando vuelve a hablar, su voz es un susurro apenas audible:
—Siempre he pensado que eres muy valiente.
Me quedo en silencio, mirando la colina.
Claro que recuerdo ese momento. Estaba aterrada de perder el sombrero. Mi abuela me lo había enviado por Navidad el a?o antes de morir. Era lo último que me había regalado. No podía dejar que se me escapara.
Me río, con una mezcla de tristeza y calidez en el pecho.
—No puedo creer que tú estabas ahi —le digo—. Debo admitir que desde que papá murió, he intentado no pensar tanto en los momentos con él. No porque no los quiera, sino porque duelen un poco.
Albert me observa en silencio. Su mirada es suave, atenta.
—Siempre he sido un poco dramática —a?ado, sonriendo con cierta vergüenza—. Pero ese sombrero era importante.
—No creo que eso sea ser dramática —responde él—. Creo que sabes lo que vale algo cuando lo tienes entre las manos. No todo el mundo puede decir eso.
Guardo silencio. Algo en su voz me toca más profundo de lo que quiero admitir. No solo por lo que dice, sino por cómo lo dice: como si yo tuviera un valor que ni siquiera yo he sabido ver últimamente.
—Gracias por traerme —digo en voz baja.
—Aún no termina el recorrido —responde con una sonrisa.
El resto del día transcurre entre calles de adoquines, saludos de personas que todavía recuerdan a mi familia, helados en la plaza principal y una visita improvisada a la tienda de antigüedades donde Albert me muestra una silla de montar que, según él, pertenecía a un general retirado.
Para cuando el sol empieza a bajar, mis pies están cansados y mi corazón, de alguna manera, más ligero. Nos despedimos en el rancho y y me llevo mi carro a casa, siento que algo dentro de mí se removió. Tal vez no esté tan perdida como pensé. Tal vez volver no fue tan terrible.
Haberme hecho recordar un momento con mi padre me tocó más de lo que esperaba. Cuando lo perdimos hace algunos a?os, fue una de las cosas más tristes de mi vida. Creo que, en parte, por eso quise salir corriendo de este pueblo: para no volver a mirar atrás, para no enfrentar el peso de los recuerdos. Mi plan era simple… dejar atrás lo viejo, lo doloroso, y empezar de nuevo.
Pero hoy, Albert me ense?ó algo distinto. Me mostró que no todos los recuerdos con quienes amamos tienen que doler. Que hay memorias que, si las dejamos entrar, pueden arroparnos como una manta tibia. Que incluso lo que fue puede convertirse en algo bello, si lo miramos con otros ojos y tal vez Albert Green no es solo un buen chico de campo que es amable con todos. Tal vez, él si tiene sentimientos por mi.

