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3 - —Les gusta que los manden. —Les gusta, sobre todo, no estar solos frente al caos.

  La noche había caído sobre la llanura de arcilla.

  Lilitu se había mantenido lejos, muy lejos. Pero aquella noche cruzó por primera vez el límite donde los juncos ceden ante el polvo. Avanzaba con pasos tan leves que el suelo no retenía su huella.

  El viento cálido del desierto ascendía en espiral a su alrededor, dócil, casi feliz de reencontrarla.

  Ante ella se alzaba la ciudad que Marduk se había modelado para sí después de la guerra: la ciudad que pretendía ser el centro del mundo.

  Los muros, altivos, exhibían un brillo azul oscuro.La puerta de Ishtar erguía sus leones y sus dragones bajo las antorchas de los guardias.

  La zigurat Etemenanki, todavía reciente, trepaba en la oscuridad como una monta?a domesticada.

  Lilitu se detuvo.

  El éufrates desplegaba su cinta negra y, en el reflejo tembloroso de sus aguas, ella veía a veces el contorno de un rostro —uno de los suyos— que se negaba a envejecer pese a los milenios.

  Una bocanada de aire húmedo le rozó la mejilla. Murmuró, en la lengua olvidada que ya nadie hablaba:

  —E-?a-ri… mundo de después. Mundo cosido al flanco de un cadáver.

  Aún oía el grito de Tiamat cuando el poder de Marduk la partió.

  Para los hombres, aquello se había vuelto un relato heroico.Para ella, era un recuerdo.

  Un recuerdo que nadie le había pedido cargar.

  Silenciosas figuras humanas pasaban abajo, llevando cántaros, encendiendo lámparas de aceite. Reían. Vivían. Rezaban a un dios nuevo. Ignoraban todo del drama que había forjado su existencia.

  Lilitu se materializó un instante y deslizó un dedo por el polvo, trazó un círculo y luego otro.

  —Viven —murmuró.

  Dudó.

  —Y no saben a qué precio.

  El viento nocturno se apretó contra sus hombros como un viejo compa?ero inquieto.

  Desde lo alto del templo Esagila se elevó un himno. Una voz poderosa salmodiaba uno de los nombres de Marduk. Los sacerdotes hacían vibrar placas de bronce, imitando el trueno de su victoria. Los fieles, postrados, cantaban el mundo tal como se lo habían ense?ado.

  Lilitu cerró los ojos.

  El eco le desgarró la memoria.

  Volvió a ver el cuerpo desgarrado de Tiamat. Las once criaturas trituradas en la tormenta. Kingu de rodillas, privado de la Tabla del Destino.

  Y el ni?o-hombre, modelado para servir.

  Entonces ocurrió algo minúsculo y frágil.

  Un ni?o, cerca de la puerta del templo, alzó los ojos al cielo y se detuvo.

  Miraba la noche —no las estrellas, no la luna— sino un punto de sombra móvil, como una mujer erguida en la oscuridad exterior.

  Lilitu sintió su mirada.

  Los ni?os, siempre, percibían lo que los adultos habían aprendido a ignorar.

  Ella apartó un poco la cara, pero el chico dio un paso hacia delante.

  Un sacerdote lo alcanzó, lo reprendió, lo empujó hacia atrás.

  Lilitu vio estremecerse su manita, como si acabaran de aplastar una intuición aún tierna.

  Hizo un gesto ínfimo de cólera.

  Una ráfaga de aire caliente cayó desde las alturas de la zigurat, hizo vacilar tres antorchas y proyectó durante un segundo, sobre la puerta de Ishtar, una sombra femenina desmesurada.

  Los guardias se sobresaltaron.

  Lilitu retrocedió hacia la oscuridad.

  La ciudad no debía verla. Todavía no.

  Sopesó la altura de las murallas, el aliento de las calles, el murmullo de los vivos.

  En algún lugar, detrás de los muros, Marduk reinaba, invisible, en la sala de los destinos donde los sacerdotes leían tablillas como si descifraran el orden mismo del cosmos.

  Lilitu hizo temblar el polvo.

  —Reinas —dijo en voz baja—.

  —Pero yo recuerdo.

  Luego desapareció en la noche, y el viento la siguió como un perro fiel.

  La llanura se había vaciado de murmullos. Los gritos lejanos de Babilonia se apagaron detrás de Lilitu como un libro que se cierra. Incluso el río, aunque caudaloso, parecía contener el aliento.

  Caminaba hacia el este, allí donde el desierto recomienza, donde el aire no guarda huella de nadie.

  Y de pronto, sin ruido, una nota vibró en la trama silenciosa del mundo.

  Una nota que debería haber conocido. Y que, sin embargo, no reconocía.

  Lilitu se inmovilizó.

  El viento, sensible a su tensión, se encogió a su alrededor como un animal sorprendido.

  Luego, desde la frontera tenue entre la luz y la sombra, una silueta se desprendió.

  No fue una aparición brusca.

  Más bien una resolución progresiva, como si algo, hasta entonces invisible, ajustara su afinación con lo real para volverse legible.

  Un hombre.

  No: una figura masculina —humanoide, estable— pero con esa ligera imperfección en la densidad, ese discreto espejeo en los contornos que, para ella, no enga?aba.

  Lilitu retrocedió un paso.

  —Tú… —murmuró, incapaz de ponerle un nombre.

  El ser inclinó la cabeza: un gesto antiguo, preciso, perfectamente respetuoso.

  —Salud para ti, Lilitu de las Aguas de Antes.

  Su voz no era una voz.

  Atravesó el aire como un hilo cálido, como un aliento que el mundo hubiera ofrecido a modo de regalo.

  Lilitu sintió su corazón —lo que ella llamaba así— contraerse con violencia.

  —No eres… uno de los nuestros. No de los que se quedaron.

  Entrecerró los ojos.

  —?Quién eres?

  El ser sonrió apenas. La arena se levantó a su alrededor como si aguardara sus pasos.

  —Soy Naran.

  Hizo una pausa.

  —Viajero. Inquisidor. Caminante de los Intervalos.

  Lilitu parpadeó.

  La palabra —Intervalos— resonó en ella como un gong lejano: uno de esos términos arcaicos que solo los interfasicos que habían atravesado varios ciclos seguían usando.

  él prosiguió, como si adivinara sus pensamientos:

  —Voy donde aún permanece una huella de nuestro pueblo.

  —?Sigues… las huellas?

  —Las escucho. Y a veces… enderezo las notas disonantes del Canto.

  El Canto.

  La Palabra originaria.

  La vibración primordial que había precedido incluso a la fragmentación de su especie.

  Lilitu sintió una oleada de frío fantástico correrle por la piel de apariencia humana.

  —El Canto está roto aquí —dijo despacio.

  —Sí.

  Naran se acercó dos pasos, sin ruido. Ni una sola huella en la arena.

  —Y tu presencia lo altera aún más.

  —Estoy aquí por elección. Y por necesidad.

  —Justamente —respondió Naran.

  Inclinó la cabeza; sus ojos oscuros brillaban con una inteligencia antigua.

  —?Cuál es tu papel, Lilitu?

  Su mirada se suavizó.

  —?Por qué sigues oculta, tú que fuiste hija de la Vasta Emanación?

  Quiso responder, pero la garganta se le quedó muda.

  Los recuerdos la desbordaron, brutales, ardientes.

  El mar hirviendo bajo la guerra. Los vientos retorcidos en armas.Las entidades de su pueblo quebrándose unas contra otras.La onda de choque barriendo las llanuras neolíticas.La matriarca caída, Tiamat.Kingu derribado.La sangre manipulada para modelar una especie servil.

  Cerró los ojos.

  —Naran…

  La voz le tembló.

  —Te lo diré. Pero debes comprender… aquí, las palabras no bastan.

  él asintió, y el aire entre ambos se densificó levemente.

  Un contacto. No una intrusión. No una fusión.

  Solo dos conciencias que abren una puerta con un respeto absoluto.

  Lilitu dejó deslizar su mente hacia él, con prudencia.

  Y entonces la memoria se derramó.

  No en imágenes, sino en estructuras: armónicos rotos, fragmentos del Canto originario, los gritos silenciosos de los interfasicos caídos, la discordia, la elección, la vergüenza, la huida, y Babilonia erguida sobre las ruinas de una verdad.

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  Naran lo recibió todo.

  Sin juicio. Sin sorpresa.

  Con una atención tan honda que a Lilitu casi le dio vértigo.

  Cuando ella se retiró, jadeante, él permaneció inmóvil un momento, como si los flujos de eco siguieran circulando en su interior.

  Luego habló, muy despacio:

  —Has cargado con eso sola.

  Alzó los ojos hacia el horizonte nocturno.

  —Demasiado tiempo.

  Lilitu sintió un estremecimiento extra?o, mezcla de espanto y alivio.

  —Este mundo ya no es el nuestro —dijo.

  —Nunca lo es del todo —respondió Naran.

  Se acercó un poco más.

  —Pero sigues caminándolo. ?Por qué?

  Lilitu miró hacia Babilonia: sus antorchas, su arrogancia, sus cantos.

  Pensó en el ni?o que la había visto.

  En los humanos nacidos del dolor y de la injusticia.

  En su fragilidad, su impulso, su inocencia.

  —Porque llevan… un eco —dijo al fin.

  —?El del sangue manipulado?

  —No.

  Negó con la cabeza.

  —El otro. El que Marduk no consiguió sofocar.

  Naran guardó silencio, pensativo.

  Luego pronunció una frase que Lilitu no oía desde… siglos:

  —Lilitu de las Aguas de Antes… ?quieres que te acompa?e un tiempo?

  Ella lo miró, incrédula.

  Y en la noche algo cambió en el aire: un paso hacia un posible que ni siquiera ella había imaginado.

  Naran caminó con Lilitu.

  No detrás de ella, no delante, sino a su lado —lo cual, para un interfasico, ya era una elección.

  Siguieron primero los caminos antiguos, los que aún no eran más que sendas de polvo entre aldeas de barro. Naran observaba sin intervenir, como siempre había hecho en otros lugares: dejando que lo real se desplegara hasta revelar su nota fundamental.

  Al principio no dijo nada.

  Miraba a los humanos trabajar, discutir, reír a veces. Observaba cómo se agrupaban alrededor de los puntos de agua, cómo protegían a los ni?os, cómo temían la noche.

  —Son frágiles —dijo al fin.

  —Siempre lo han sido —respondió Lilitu—. No es una culpa.

  Naran inclinó apenas la cabeza, como si registrara la objeción sin discutirla todavía.

  Pasaron junto a un mercado. Un hombre enga?aba a otro con el peso del grano. Más allá, una mujer lloraba porque le habían arrebatado su lugar. Unos soldados cruzaron la plaza, armados, exigiendo un tributo al que llamaban “orden”.

  Naran sintió las estructuras.

  Veía lo que Lilitu ya no miraba del mismo modo desde hacía mucho: los bucles de dominación, las jerarquías espontáneas, las microviolencias aceptadas.

  —Ya reproducen lo que Marduk impuso —dijo él.

  —Aprenden —replicó Lilitu—. No tienen otro modelo.

  Siguieron caminando.

  Vieron a un grupo de hombres matar a otro por una ofensa mínima. Vieron a una ni?a rechazada por haber nacido en el momento equivocado, en la familia equivocada. Vieron a un jefe decidir solo y ser aclamado por ello.

  —Les gusta que los manden —observó Naran.

  —Les gusta, sobre todo, no estar solos frente al caos —respondió Lilitu.

  Pero Naran no observaba solo los actos.

  Observaba las resonancias.

  Percibía, bajo cada gesto, la huella de la sangre modificada: no como una maldición, sino como una amplificación. Las emociones humanas no eran simplemente humanas: llevaban una tensión suplementaria, un exceso de reactividad, una dificultad para estabilizarse.

  —El fragmento de Kingu sigue activo —dijo una tarde.

  —No es un fragmento —respondió Lilitu en voz baja—. Es un origen.

  —Un origen inestable.

  Llegaron a una ciudad más grande. Allí Naran vio otra cosa: relatos.

  Sacerdotes que contaban la historia de los dioses. Escribas que grababan versiones oficiales. Los vencedores hablaban; los demás callaban. La memoria se estrechaba, se simplificaba, se endurecía.

  —Mienten —dijo Naran.

  —Cuentan lo que pueden entender —corrigió Lilitu.

  Pero la discrepancia empezó ahí.

  Naran vio que cada generación heredaba no solo la sangre, sino el relato falsificado. Que la violencia se volvía justificable. Que el orden se volvía sagrado. Que la dominación se disfrazaba de necesidad.

  —No sanan, Lilitu.

  —Cambian. Lentamente.

  —Demasiado lento.

  El tiempo pasó.

  Vieron reinos alzarse y caer. Imperios nacer en sangre y derrumbarse bajo su propio peso. En cada ciclo, Naran percibía la misma curva: expansión, rigidificación, colapso.

  —Es un sistema inestable —concluyó.

  —Es una historia —respondió ella—. Las historias no se juzgan como sistemas.

  Se discutieron por primera vez a la orilla de un río.

  —Confundes compasión con ceguera —dijo Naran.

  —Y tú confundes coherencia con ausencia de vida.

  él guardó silencio mucho tiempo después.

  Luego, un día, presenciaron una escena que le fijó algo por dentro: un grupo de hombres quemando a una mujer porque se negaba a someterse a un relato impuesto. El fuego subió despacio. La multitud miraba. Algunos apartaban la vista. Otros justificaban.

  Naran sintió desgarrarse el Canto.

  —Esto hacen cuando no comprenden —dijo.

  —Esto hacen cuando tienen miedo —respondió Lilitu, con la voz quebrada.

  —El miedo es precisamente el problema.

  Se volvió hacia ella.

  —Lilitu, llevan una disonancia estructural.

  —También llevan una capacidad de reparación.

  —?Dónde? —preguntó él.

  —En lo que tú te niegas a medir.

  Siguió observando.

  Vio a un hombre arriesgar la vida por un desconocido. A una mujer esconder a un ni?o que no era suyo. A un grupo levantarse contra un jefe injusto, a costa de su seguridad.

  Vio eso también.

  Pero para Naran esos actos eran excepciones costosas, no reglas.

  —Una especie no puede juzgarse por sus anomalías positivas —dijo.

  —Y una especie no puede condenarse por sus peores excesos —replicó Lilitu.

  Su marcha se ralentizó.

  Su cercanía cambió de naturaleza.

  Naran comenzó a hablar de corrección global, de reinicio, de silencio necesario. Evocó escenarios en los que el Canto podría cerrarse sin los humanos, en los que la Tierra recuperaría una estabilidad anterior.

  —Hablas de borrarlos —dijo Lilitu.

  —Hablo de reparación.

  —?Suprimiendo a quienes sufren?

  él la miró largo rato.

  —No saben lo que son.

  —Ningún ser lo sabe al principio —respondió ella.

  Fue entonces cuando Naran dejó de limitarse a observar.

  Empezó a concebir.

  Lilitu lo sintió antes de que volviera a hablar: en la manera en que su campo se densificaba, en los silencios más largos entre sus palabras.

  —Estás preparando algo —dijo.

  —Sí.

  —Y no es un ajuste.

  —No.

  Se detuvieron en una altura, frente a una llanura humana llena de fuegos y de voces.

  —No puedo dejarlos continuar así —declaró Naran.

  —No tienes derecho a decidir por ellos.

  —?Y tú tienes derecho a condenarlos a sí mismos?

  Ella no respondió de inmediato.

  Luego:

  —Yo soy memoria, Naran.

  —Y yo soy coherencia.

  El desacuerdo ya no era una divergencia. Era una fractura.

  Y Lilitu comprendió en ese instante preciso que, si no hacía nada, Naran actuaría.

  Naran no habló de destrucción de inmediato.

  Eso fue, quizá, lo más inquietante.

  Empezó hablando de formas, de acuerdos, de estructuras de resonancia. Hablaba como siempre: con calma, con esa precisión casi benévola que durante mucho tiempo había tranquilizado a Lilitu.

  —El Canto está roto —dijo.

  —Es inestable —respondió ella—. No es lo mismo.

  —La inestabilidad ya es una ruptura —replicó él, sin dureza.

  Se habían instalado aparte, lejos de las ciudades, en una zona donde la Tierra aún podía albergar campos densos sin desgarrarse. Un lugar antiguo, ya atravesado por su pueblo en otros tiempos.

  Naran desplegó lentamente su percepción.

  Lilitu sintió que el mundo se tensaba a su alrededor, como si el aire se volviera más espeso.

  —Hace falta un nudo —prosiguió—. Un punto de acuerdo absoluto.

  —Un cristal —dijo ella antes de que él pronunciara la palabra.

  Naran inclinó la cabeza.

  —Un cristal de coherencia máxima. Capaz de entrar en resonancia con todo lo viviente humano. Y de amplificar la disonancia hasta el colapso.

  Una onda fría atravesó el campo de Lilitu.

  —Hablas de exterminio.

  —Hablo de silencio —respondió Naran.

  —El silencio nunca es neutro —dijo ella.

  él no la contradijo.

  Comenzó a concebir.

  No era una fabricación en sentido humano. No había herramienta ni materia bruta. Ordenaba estados, alineaba armónicos, seleccionaba frecuencias incompatibles con la biología nacida de la sangre de Kingu.

  Lilitu observaba, incapaz de apartar la atención.

  El cristal aún no estaba. Pero su principio ya existía.

  Entonces vio algo que no había previsto.

  A medida que Naran ajustaba los parámetros, algunas configuraciones no producían el colapso esperado. Producían otra cosa.

  Estabilizaban.

  —Espera —dijo ella.

  él se detuvo, sorprendido.

  —Esa combinación…

  Se?aló una estructura vibratoria apenas esbozada.

  —No destruye.

  Naran observó, recalculó.

  —Neutraliza la disonancia.

  —La reparte —a?adió Lilitu—. La absorbe en lugar de amplificarla.

  Un silencio nuevo se instaló entre ambos.

  —No es viable —dijo Naran al fin.

  —?Por qué?

  —Porque exige un ajuste permanente.

  —Entonces, una presencia —murmuró ella.

  Lilitu sintió que el horror le subía despacio.

  No ante la destrucción —la había visto en otros tiempos, en otros lugares—, sino ante la claridad de lo que se dibujaba.

  El cristal podía curar.

  Pero no sin precio. No sin sacrificio.

  Comprendió entonces que Naran no rechazaba esa posibilidad por ignorancia.

  La rechazaba por elección.

  —Este mundo no necesita un guardián —dijo—. Necesita un final nítido.

  Lilitu bajó los ojos.

  En ese instante supo que ningún argumento bastaría. Que la divergencia ya no era filosófica, sino ontológica.

  Y entonces, por primera vez desde el surgimiento de su pueblo, realizó un acto ajeno a los interfasicos.

  Mintió.

  —Tienes razón —dijo con suavidad—.

  —Una corrección suave sería inestable.

  —Muéstrame la configuración final.

  Naran apenas vaciló.

  No sospechó la mentira.

  Porque los interfasicos no mentían.

  Divergían, se oponían, se retiraban… pero no fingían.

  Lilitu lo observó todo.

  Grabó en sí cada armónico, cada punto de ruptura, cada umbral crítico. Comprendió cómo debía sostenerse el cristal, cómo debía afinarse y, sobre todo… cómo podía desafinarse.

  Comprendió también otra cosa.

  —Ese cristal no podrá contenerse indefinidamente —dijo ella.

  —No.

  —Habrá que activarlo.

  —Sí.

  Lilitu alzó despacio los ojos hacia él.

  —Y tú estarás ahí.

  Naran asintió.

  —Debo estarlo.

  En ese instante Lilitu aceptó lo que aún se negaba a nombrar.

  Tendría que oponerse a Naran.

  No con palabras. No con memoria.

  Con fuerza.

  Lo cual, para ella, era impensable.

  Sintió su campo contraerse, hacerse más denso, más pesado. Una preparación instintiva, casi animal.

  Era memoria.

  Pero la memoria, a veces, debía actuar para no desaparecer.

  Y en el silencio tenso que siguió, el cristal del caos aún no existía —pero la guerra, esa sí, acababa de renacer.

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