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Capítulo 56 — El Peso Que No Era Suyo

  El siguiente tramo del Camino no tenía forma.

  Era un corredor que se expandía y contraía

  como si estuviera respirando con él,

  no imitándolo, sino evaluándolo.

  A cada paso,

  el aire cambiaba de temperatura.

  Calor.

  Frío.

  Tibio.

  áspero.

  Como si buscara

  el punto exacto donde Syra perdería control.

  Syra no se detuvo.

  El silencio era tan denso

  que podía sentirlo deslizarse por la piel,

  como si cada sonido que no hacía

  fuera observado por algo que esperaba

  que él cometiera un error.

  El Camino quería quebrarlo

  con algo más sutil que miedo.

  Responsabilidad.

  Porque había culpas que no nacían del pasado,

  sino del futuro.

  Cuando el espacio por fin tomó forma,

  Syra quedó frente a un círculo amplio

  de piedra negra.

  El suelo estaba marcado

  con huellas que no eran humanas.

  Cada una parecía quemar

  la superficie que tocaba.

  Al centro del círculo

  había un objeto.

  Una máscara.

  Negra.

  Sin ojos.

  Sin boca.

  Sin forma reconocible.

  Solo una superficie lisa,

  reflejando un brillo tenue

  que no parecía venir de ningún lado.

  Syra dio un paso hacia ella,

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  y el aire se apretó.

  La presión le comprimió el pecho

  como si un peso invisible intentara

  inclinarlo hacia adelante.

  El Camino quería que se agachara.

  Que tomara la máscara.

  Que la aceptara.

  Syra se quedó inmóvil.

  La máscara vibró una vez.

  Luego otra.

  Una voz surgió,

  pero no desde ella,

  ni desde el espacio.

  Desde un recuerdo que nunca vivió.

  —Alguien tendrá que cargarlo —susurró la voz—.

  Si tú no lo haces…

  ?quién lo hará?

  El susurro no era reproche.

  Era expectativa.

  La forma pura y peligrosa

  de la responsabilidad mal entendida.

  El tipo de voz

  que convertía a un ni?o

  en un guardián forzado

  de dolores ajenos.

  Syra exhaló por la nariz.

  No se acercó.

  No retrocedió.

  La máscara brilló más fuerte,

  como si intentara seducirlo

  con el peso que ofrecía.

  No promesas.

  No poder.

  Peso.

  El tipo de peso que hace sentir

  que uno vale solo

  El tipo de peso que convierte

  la existencia en obligación.

  Syra habló,

  no a la máscara,

  sino al espacio entero:

  —No voy a cargar lo que no es mío.

  Las palabras no tuvieron eco.

  Pero el Camino tembló,

  como si no hubiera esperado

  esa respuesta.

  Syra continuó:

  —Si tomo esa carga…

  no la libero.

  La perpetúo.

  La máscara dejó de vibrar.

  Luego, lentamente,

  se agrietó.

  Primero el borde.

  Luego la superficie.

  Después, una fisura profunda

  atravesó todo el rostro liso

  que nunca había sido un rostro.

  El sonido fue sutil,

  como hielo partiéndose.

  Syra inhaló.

  La máscara finalmente estalló

  en fragmentos finos

  que se disolvieron en polvo oscuro

  antes de tocar el suelo.

  El círculo de piedra

  comenzó a desmoronarse,

  no como destrucción,

  sino como si ya no tuviera propósito.

  El Camino habló sin voz:

  “Has devuelto lo que no era tuyo.”

  Por primera vez desde que entró,

  Syra sintió alivio.

  No el tipo cálido,

  sino el que deja espacio

  para respirar sin justificarlo.

  Avanzó hacia la salida del círculo,

  y el pasaje se abrió

  como si hubiera estado esperando

  que él dijera esas palabras

  desde mucho antes.

  Syra cruzó.

  El peso ajeno quedó atrás.

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