home

search

Capítulo 127: Cuerpo de león, alma de gato

  Después de un par de horas de trabajo intenso, Bardrim y Cáliban habían logrado perfeccionar los pendientes hasta un punto que rozaba la excelencia.

  —?Ja, ja! ?Esto es magnífico! —exclamó el enano, embelesado por su propia obra —Mira cómo resplandecen los encantamientos… es simplemente una maravilla. Oye, ?Estás seguro de que cumplen con los requisitos de esa vieja bruja?

  Cáliban asintió con tranquilidad, sin apartar la vista del objeto.

  —Fueron hechos exactamente según la lista que me diste. No hay forma de que pueda rechazarlos.

  Bardrim asintió con una sonrisa de satisfacción, y luego dirigió la mirada hacia Dimerian, que trabajaba concentrado en su mesa.

  —?Eh, ni?o! Tráenos una caja de regalo para los pendientes, ?Quieres?

  Dimerian asintió con rapidez y corrió hacia la trastienda. Cáliban se apoyó en la mesa, cruzando los brazos con una expresión pensativa.

  —?Cómo es la Bruja del Invierno?

  La pregunta cayó como un balde de agua fría. Bardrim lo miró sorprendido. Aunque no fue el único; tanto Adelina como Xander también se quedaron inmóviles.

  —?Por qué lo preguntas? No me digas que estás pensando enfrentarte a ella... —dijo Bardrim, frunciendo el ce?o.

  Adelina se estremeció visiblemente.

  —?Jefe, no haga eso! ?No se enfrente a ella! Es una mujer peligrosa, muy peligrosa.

  —Me temo que coincido con ella, mi se?or. —a?adió Xander, con un tono grave.

  —?Tan temible es? —preguntó Cáliban con aparente indiferencia.

  —?Temible? —repitió Bardrim, soltando una risa seca —Eso sería un halago. Esa perra no conoce la palabra compasión. Su reinado helado se extiende por las monta?as como una maldición. Es fría, implacable, y muy... muy rencorosa.

  —Escuché una vez que un noble compró en una subasta una reliquia que ella codiciaba. —intervino Adelina, bajando la voz como si temiera que alguien más la oyera —No tuvo piedad… invocó un invierno eterno sobre sus tierras. Los cultivos murieron bajo la escarcha, sus finanzas se desplomaron, y no tardó en caer en la ruina absoluta.

  —Ya veo… —respondió Cáliban con el mismo tono apático, como si no le afectara en lo más mínimo —Por cierto, ?Cómo está tu pierna?

  Adelina sonrió con orgullo y alzó ligeramente su nueva extremidad.

  —?Es maravillosa! Se adapta con una precisión increíble… es como si siempre hubiera formado parte de mí. Bardrim fue increíblemente rápido al construirla.

  El enano desvió la mirada, con un leve rubor ti?éndole las mejillas bajo su barba.

  —Bah… sólo es una pieza de engranajes y metal. Nada digno de alabanza…

  En ese momento, Dimerian regresó de la trastienda con una caja de madera ornamentada. Bardrim tomó los pendientes con sumo cuidado, los colocó dentro y cerró la tapa con un leve “clic” metálico.

  —Bueno… le hablaré a esa princesita para que venga a recoger esto y-

  —No. —interrumpió Cáliban con sus ojos fijos en la caja —Nosotros iremos a ella. Vamos a la Casa.

  Xander dio un paso al frente, inclinándose hacia su se?or para hablarle en voz baja.

  —?No estarás considerando enfrentarte a la Reina de Hielo… verdad?

  Cáliban lo miró de reojo, sin expresión.

  —Si alguien me ofrece respeto, yo haré lo mismo. Pero si me da desprecio… lo devolveré con intereses.

  Sin más palabras, el grupo recogió sus cosas y partió hacia la imponente Casa de los Especiales.

  Mientras tanto, en el segundo piso de la Casa, el profesor Yannes observaba desde el pasillo a los príncipes y princesas que descansaban en el salón principal. Las risas y voces elevadas llenaban el aire, sin una pizca de decoro o contención.

  —Ah… director, ?Por qué me dejó a cargo de este desastre? —murmuró con resignación.

  Recordó entonces las instrucciones que había recibido. La academia estaba en una posición frágil, y necesitaban desesperadamente el apoyo de las casas reales. Para ello, el director necesitaba que los jóvenes nobles establecieran lazos con la institución, algo que jamás había ocurrido antes.

  —“Déjalos hacer lo que quieran… a menos que maten a alguien, no intervengas en nada…” —repitió para sí mismo con un suspiro cansado.

  Las palabras del director seguían repicando en su mente, como un martillo implacable que no le permitía desobedecer.

  —Ser profesor en estos tiempos… realmente es un castigo. —suspiró Yannes con amarga resignación, observando desde lo alto del segundo piso.

  De pronto, las puertas del salón se abrieron en par, generando un silencio instantáneo. Todos los presentes volvieron la mirada.

  Nhun acababa de llegar con paso firme y la mirada baja, evitó cualquier contacto visual mientras se dirigía directamente hacia las escaleras. Las gemelas de Similia la siguieron con la vista, sus rostros estaban retorcidos por una mezcla de desprecio y gracia apenas disimulados. Pero antes de que pudieran moverse, una voz las detuvo en seco.

  —Sea lo que sea que estén pensando… no se atrevan. —sentenció Astrid, desde lo alto de la escalera.

  Su mirada era una flecha helada clavada en los corazones de las gemelas. Liviana, firme como su sombra, la secundaba con la misma intensidad. No estaban solas, pues Juliana y Elizabeth también se encontraban cerca, acompa?adas por sus respectivos guardaespaldas. Su presencia era la única razón por la cual Kylios y las gemelas aún no habían causado caos entre los demás miembros de la Casa.

  Lamentablemente, su agresividad encontraba escape únicamente en sus propios hermanos.

  —No hay necesidad de ser tan agresiva, princesa de Orión. —dijo Aurelia con una voz suave, llevándose su taza de té a los labios con elegante lentitud. Sin perder la compostura, echó su largo cabello blanco hacia atrás —Todos aquí pertenecemos a la realeza… no es necesario comportarse como salvajes entre nosotros.

  Astrid no respondió. Mantuvo su mirada clavada en la princesa de hielo, con una tensión que electrizaba el aire.

  —Bueno… —susurró Cresselia, con una sonrisa venenosa —algunos más que otros…

  Las gemelas fijaron entonces sus ojos cargados de juicio en Juliana, que intentaba almorzar en la nueva mesa del salón, un poco apartada de los sofás.

  —?Disculpa? —gru?ó Juliana, con furia contenida en cada palabra —?Tienen algún maldito problema conmigo, orejitas?

  —No hay necesidad de ser hostil. —intervino Gremeldia con una sonrisa que olía a veneno —Mi hermana no quería ofenderla…

  —“No es necesario que intervengas, hermana.” —la interrumpió Cresselia, hablando en élfico, asegurándose de que pocos entendieran —“Estoy segura de que ni siquiera sabe usar un tenedor correctamente.”

  Ambas rieron entre dientes, cómplices en su desprecio. Aunque no comprendía el idioma, Juliana no necesitaba traducción. El tono burlón y las miradas altivas lo decían todo. Golpeó la mesa con fuerza y se puso de pie de un salto con los ojos encendidos de rabia.

  —?Si quieren pelea, se las voy a dar, malditas perras!

  —Juliana… no hagas un escándalo. —murmuró Randa sin apartar la vista de su tarro de madera, del cual bebía con calma aparente —Está claro que quieren provocarte… no se los permitas.

  —Pero ellas empezaron… —protestó Juliana con un destello de furia en la voz.

  —“Más que una guardiana, parece una ni?era.” —rió Gremeldia, ocultando su sonrisa tras una mano cubierta de anillos.

  Juliana apretó los pu?os con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Al intentar levantarse de su silla, Randa la sujetó del brazo con firmeza, obligándola a volver a sentarse con un tirón seco.

  —Déjame… —siseó Juliana entre dientes, perdiendo la compostura.

  —No armes un espectáculo. Recuerda quién eres. Eres la representante de nuestra gente en este continente. —le dijo Randa en voz baja, aunque cargada de severidad —Al menos muestra un poco de decencia. Si pierdes el control, pensarán que las amazonas no somos más que una tribu de salvajes.

  Lejos de calmarla, esas palabras encendieron aún más su enojo.

  —Entonces soy una salvaje…

  —Juliana… sabes que no quise decir eso…

  Pero la joven amazona no respondió. Mantuvo la mirada fija en Randa, y en ese instante sintió toda la carga de a?os de correcciones, órdenes y críticas. Siempre era lo mismo… lo que estaba mal, cómo debía comportarse, cómo no “denigrar” a su pueblo.

  —Si el líder estuviera aquí, ya les habría roto la cara. —gru?ó entre dientes, apartando bruscamente el brazo.

  Sin a?adir una palabra más, subió las escaleras a zancadas, y la madera crujió bajo su paso como si la propia Casa respondiera a su rabia. Randa se llevó una mano al rostro y se lo frotó con frustración. Desde la pelea de Cáliban en la arena, Juliana se había vuelto más impulsiva, más temeraria. Sus ansias de pelea se intensificaban día a día, al igual que su actitud desafiante. Todo eso le estaba costando a Randa más de una jaqueca.

  ?Juliana quiere seguir el ejemplo de ese muchacho… lo admito, es un buen peleador. Pero no sabe nada del mundo. Ni él… ni ella.?

  Abajo, las gemelas rieron por lo bajo, creyendo haber ganado. Pero subestimaban a la joven amazona.

  Juliana, criada en la selva, entre los sonidos sigilosos de la naturaleza, había desarrollado sentidos más agudos que la mayoría. Desde peque?a, aprendió a distinguir pasos entre el follaje, el zumbido de un insecto o el susurro de un depredador. Había aprendido a sobrevivir escuchando.

  Y aunque su espalda estuviera vuelta, las risas burlonas de las gemelas llegaron a sus oídos con una claridad hiriente.

  —?Recuerdas lo que dijo madre sobre ella?... —murmuró Cresselia, en voz baja, como un susurro venenoso entre dientes.

  —Sí… algunos rumores dicen que su propia abuela intentó matarla…

  Un leve crujido detuvo la conversación. Juliana se había detenido en seco en el último escalón de la escalera. El crujido no venía de la madera, sino de sus pu?os cerrándose con furia. El silencio cayó como una losa sobre el salón.

  —Oh… esto va a ser entretenido. —susurró Kylios, esbozando una sonrisa torcida.

  Randa sintió el peligro en el aire y trató de intervenir.

  —Espera, no debes…

  Pero ya era tarde.

  Juliana, harta de escuchar lo que no debía hacer, se lanzó escaleras abajo como un rayo con el rostro desencajado por la furia. Con toda su fuerza intentó golpear a Cresselia, pero dos guardias élficos intervinieron en el último instante. Con movimientos fluidos, detuvieron el ataque con precisión y la hicieron retroceder de inmediato. La amazona resbaló hacia atrás, pero antes de que pudiera caer, Randa la sujetó por los brazos con firmeza.

  —?Suéltame! ?Le voy a arrancar las orejas a esa maldita perra! —gritó Juliana, agitando los brazos con violencia y desbordando rabia.

  —?Cálmate! ?Piensa en lo que estás haciendo!

  Gremeldia observó la escena con una mezcla de lástima fingida y burla sincera.

  —Sí… deberías escuchar a tu guardiana. Ella sí entiende el panorama general… tú solo actúas como una ni?a sin control.

  Los ojos de Randa se entrecerraron con peligro.

  —Tú…

  Pero antes de que la tensión explotara, las puertas principales del salón se abrieron en par. Una intensa luz inundó la entrada. Inundando el área con un silencio total. Todas las miradas se dirigieron hacia la figura solitaria que se recortaba en el umbral.

  Era Cáliban. Cruzó el umbral con paso firme, sin mirar a los lados, como si el ambiente hostil no lo tocara. Kylios se inclinó hacia Argos, susurrando.

  —?Es él?

  Argos asintió en silencio, temblando.

  En cuestión de segundos, el ambiente cambió por completo. Los chicos dejaron sus asientos y corrieron a recibirlo. Las chicas se acercaron. Reinhard y Joseph llegaron apresurados desde el patio trasero, alertados al oír su nombre.

  Todos hablaban al mismo tiempo, quejándose del ambiente tóxico, de las provocaciones, del caos en la Casa. Todos querían lo mismo, que Cáliban hiciera algo. Que tomara el control nuevamente.

  Cáliban observó de reojo a los indeseables que se habían instalado como parásitos en su casa. Su mirada se clavó primero en Kylios, quien sonreía con arrogancia mientras Argos yacía a sus pies, humillado. Luego se detuvo en las gemelas. Detrás de ellas, Similia intentaba disimular el dolor de sus pies maltratados, fingiendo compostura.

  Pero lo que realmente colmó su paciencia fue ver a Catherine.

  A decir verdad, ni Argos ni Similia le importaban. Durante el a?o entero no habían demostrado empatía, mucho menos arrepentimiento. Para él, el castigo que sufrían era poco más que una consecuencia natural. Sin embargo, Catherine… ella era distinta.

  Catherine era normal. Más normal de lo que él mismo había supuesto al principio. Valoraba la verdad con una firmeza poco común, detestaba la mentira, y había pedido disculpas por sus errores con una sinceridad tan rara que Cáliban la había respetado desde entonces. Incluso cuando no se le exigía, había dado un paso al frente por la Casa, cuando más se la necesitaba.

  Y ahora, verla cubierta por un hielo negro, víctima de un castigo desproporcionado… oscureció su mirada.

  Avanzó hacia el centro del salón. El aire se volvió denso. Todos esperaban su reacción. Liviana, Randa, Edmund… todos lo observaban desde sus respectivos rincones, expectantes.

  Pero antes de que pudiera pronunciar palabra, Kylios retiró con desdén sus pies de la espalda de su hermano y se alzó, orgulloso.

  —Te estaba esperando. —dijo con tono fanfarrón —Todos hablan de lo increíble que es el líder de esta casa…

  Se plantó frente a Cáliban, cuya mirada seguía impasible. El felynian era claramente más alto, más corpulento.

  —Te reto por el puesto de líder. —declaró Kylios con una sonrisa desafiante.

  Support the author by searching for the original publication of this novel.

  Cáliban no lo miró siquiera.

  —Las reglas son claras. No puedes retarme si no eres estudiante de esta academia.

  —?Ja! ?Y eso qué importa? ?Nunca me han interesado las reglas! —exclamó Kylios, alzando la voz —Vamos… pelea.

  Argos, apenas incorporado en el sofá, respiraba con dificultad. Su pecho subía y bajaba en intervalos irregulares. Miraba fijamente el rostro de su hermano.

  ?Kylios está en la cima del quinto rango… está a un solo paso de subir al sexto… Si Cáliban lo enfrenta ahora, perderá sin duda…?

  Cáliban, sin embargo, ignoró por completo las provocaciones. Ni su rostro ni su voz mostraron emoción alguna.

  —Todos ustedes deben abandonar esta casa. —dijo, su tono era tan frío como el hielo que cubría a Catherine —Este no es lugar para que se queden a hacer de las suyas.

  Las gemelas sonrieron con malicia al escuchar las palabras de Cáliban, como si se divirtieran ante la idea de que alguien creyera poder poner orden en la Casa. Aurelia, por su parte, lo ignoró por completo; el actual líder no era digno ni de su desprecio. Pero Kylios… Kylios sí reaccionó. La indiferencia de Cáliban lo hirió más que cualquier insulto.

  —Oh, cierto… —dijo con una sonrisa que revelaba sus afilados colmillos —Supongo que no estás de humor para pelear…

  La sala entera se sumió en un silencio espeso. El profesor Yannes observaba la escena con creciente preocupación desde el segundo piso.

  —Joven… no digas algo de lo que puedas arrepentirte… —murmuró, con el ce?o fruncido.

  Kylios soltó una carcajada que atravesó el aire como un cuchillo. Todos en la sala la oyeron, y todos sintieron el veneno que llevaba.

  —Mis disculpas, lo había olvidado… según escuché, hace unos días falleció tu novia, ?No es así? Debes de estar destrozado… ?Qué le vamos a hacer? El espíritu de un guerrero se apaga cuando pierde lo que ama…

  Sin esperar respuesta, Kylios caminó con lentitud hacia la ventana, mirando hacia el patio trasero de la casa. Su voz era relajada, burlona y llena de veneno.

  —?Sabes? No deberías martirizarte por ello… el destino de los débiles es morir.

  Las palabras llegaron a los oídos de Cáliban como un ca?onazo. Joseph dio un paso al frente, furioso, pero Reinhard lo detuvo, sacudiendo la cabeza. Todos miraron a Cáliban, atentos. Su rostro seguía sereno, su respiración controlada. Pero sus ojos… sus ojos eran otra historia.

  —Por cierto… ?Cómo se llamaba? —dijo Kylios, fingiendo pensar —Lo siento, soy pésimo recordando el nombre de las sabandijas… hmm… ?Ah, ya me acuerdo! Su nombre era Ceci-

  El pu?o de Cáliban fue tan veloz y certero que nadie alcanzó a verlo venir. Con una explosión sorda, impactó de lleno en la mejilla de Kylios, enviándolo volando a través de la sala. El golpe fue tan brutal que destrozó parte de la pared, lanzando su cuerpo como un mu?eco hacia el patio trasero. El estruendo sacudió la Casa entera.

  El silencio fue absoluto.

  Polvo, fragmentos de madera y yeso flotaban en el aire mientras Cáliban caminaba entre los escombros, paso a paso, como una fuerza de la naturaleza.

  —?Quieres pelea…? Bien… —dijo, con una calma que helaba la sangre.

  Todos en la sala quedaron paralizados.

  El primero en comprenderlo fue Kylios. Desde el suelo, se limpió la sangre que le brotaba del labio roto. Se incorporó lentamente, con una sonrisa torcida en el rostro y los ojos encendidos.

  —?Eso es! ?Vamos a-!

  Una vez más, Cáliban se lanzó al frente como un vendaval de furia. Su cuerpo irradiaba un aura rojiza, tan densa que parecía ondular el aire a su alrededor. Esta vez, sin embargo, Kylios no sería tomado por sorpresa.

  El felynian reaccionó con una precisión felina, esquivando el ataque por escasos centímetros. Sus garras rasgaron el aire con una velocidad espeluznante, dibujando una línea mortal que buscaba el rostro de su oponente.

  Pero Cáliban interceptó el golpe. Atrapó el brazo de Kylios con un giro inesperado y, aprovechando el impulso del felynian, lo hizo estrellarse contra el suelo con un estruendo sordo. No era un golpe común, pero Kylios era duro; un impacto así no sería suficiente para detenerlo.

  Las gemelas de Similia se levantaron, intrigadas por el combate.

  —Oh… veo que no es solo fachada, sabe moverse bastante bien. —comentó Cresselia, abanicándose con elegancia.

  —Puede que sea hábil… —respondió Gremeldia con una sonrisa —pero dudo que pueda superar a Kylios. él es un experto en combate cuerpo a cuerpo.

  Nadie en la sala osó intervenir. Todos estaban cautivados por el duelo.

  Kylios rugió al cielo, eufórico.

  —?Por fin! ?Algo divertido en esta aburrida academia!

  Sus garras crecieron, extendiéndose hasta convertirse en afiladas cuchillas que brillaban a la luz del sol. Un aura roja vibrante surgió de sus dedos, palpitante y agresiva.

  —?Ven aquí! —gritó con entusiasmo.

  Desapareció en un solo movimiento.

  En un parpadeo, apareció frente a Cáliban con una velocidad casi imperceptible. Sus garras cruzaron el aire en un ataque voraz, cortando con furia. Una ráfaga de tajos se extendió como una tormenta, creando un torbellino de polvo que nubló toda visión.

  Convencido de su victoria, Kylios separó los brazos con un gesto triunfal, intentando disipar el polvo que cubría la escena.

  Pero Cáliban no estaba allí.

  —?Eh? ?Dónde…?

  Buscó con la mirada, pero su instinto le gritó antes que su mente procesara la amenaza. Alcanzó a mirar hacia arriba… justo a tiempo para ser cegado por la intensidad del sol.

  Y entonces lo sintió.

  Desde el cielo, una figura envuelta en un resplandor carmesí descendió como un cometa.

  Con un grito mudo y la furia contenida en sus pu?os, impactó con toda su fuerza en la nuca de Kylios, hundiéndolo de cabeza contra la tierra. El suelo se quebró con el impacto, levantando una nube de escombros.

  Cáliban retrocedió de inmediato, con su respiración medida y sus pasos firmes. Levantó su mano derecha, temblorosa, entumecida por el brutal golpe. La observó con detenimiento.

  ?No sentí que le hiciera da?o… su piel es más gruesa de lo que pensé…?

  Cáliban bajó ligeramente la guardia, analizando a su oponente. Kylios alzó la cabeza de entre la tierra, sacudiendo el polvo con una sonrisa de auténtico deleite.

  —Eres fuerte… con razón mi hermano menor no pudo ganarte.

  Su cuerpo no mostraba ni un solo rasgu?o. Su pelaje negro, liso y reluciente, brillaba bajo el sol como una armadura viviente.

  —Tus ataques no pueden da?arme… este cuerpo ha sido templado con el fragor de la batalla.

  Desde la entrada, Joseph alzó la voz con desconcierto.

  —?Por qué su piel es tan dura…?

  El silencio se apoderó de la sala. Nadie supo responder. Nadie, excepto Argos, que se encontraba al borde del grupo.

  —Nuestra tribu práctica una técnica corporal llamada Berserker. —explicó en voz baja, sin apartar la mirada del combate —Endurece la piel hasta igualarla al acero. Entrenamos desde la infancia para dominarla. Al principio sólo podemos activarla por breves momentos… pero quienes logran perfeccionarla… pueden mantenerla activa todo el tiempo. Los guerreros se convierten en un baluarte impenetrable en el campo de batalla que ni flechas ni espadas pueden atravesar.

  —?Cuánto tiempo puede activarla Kylios? —preguntó Reinhard con tensión.

  Argos dudó un segundo antes de responder.

  —Un día completo.

  La atención de todos volvió al enfrentamiento. Kylios se abalanzaba sobre Cáliban con renovado ímpetu, desatando tajos violentos con sus garras extendidas. Pero Cáliban, con su mirada aguda y movimientos precisos, interceptaba cada ataque, devolviendo golpes rápidos y certeros a puntos vitales.

  ?Bueno… mi hermano puede activarla por un día completo… pero sólo lo hace cuando se enfrenta a nobles… le encanta presumir más de lo que debería…?

  Mientras tanto, en uno de los extremos del salón, Elizabeth sintió una punzada inesperada en su costado. Se giró ligeramente y notó a Similia. Estaba inmóvil, absorta en el combate. Su rostro, normalmente altivo, mostraba ahora una expresión casi vacía.

  Elizabeth bajó la mirada hacia los pies de la princesa. Los talones estaban agrietados y el calzado manchado de sangre fresca.

  —Si te duelen tanto… ?Por qué no te los quitas?

  La pregunta fue suave, pero no por ello menos punzante. Similia parpadeó, como si despertara de un trance, y dirigió su mirada hacia Elizabeth.

  —No puedo… —susurró Similia, con voz temblorosa —Si me los quito… me pondrán unos peores…

  —Qué estupidez. —replicó Juliana con desdén, caminando hacia ella —Al principio tenías una mirada orgullosa… y mírate ahora. Das lástima.

  —Es fácil para ti decirlo… tú no sabes lo que es esto…

  Similia apretó los bordes de su vestido con las manos temblorosas. Su rostro estaba tenso, pero en sus ojos se acumulaba una impotencia silenciosa, como un océano de lágrimas contenido a la fuerza.

  Juliana suspiró, resignada. Sabía que no lograría hacerla entrar en razón. El orgullo mal entendido era un veneno que se bebía lento… y Similia lo había ingerido todo.

  A pocos pasos de allí, Astrid se volvió hacia Liviana.

  —?Quién crees que gane? —preguntó, sin apartar los ojos del combate.

  —Yo… —Liviana dudó un momento, observando con atención el intercambio. Antes habría respondido sin dudar por Kylios. Pero después de ver a Cáliban pelear en la arena, enfrentarse a alguien más fuerte y aún así resistir… sabía que no estaba usando todo su potencial todavía —Creo que ganará el joven Cáliban. —respondió finalmente.

  Astrid sonrió con orgullo, como si la respuesta confirmara algo que ya sabía. Liviana, en cambio, bajó la mirada y suspiró. Se sentía extra?amente irritada por haber hablado con sinceridad.

  Desde lo alto del tejado, el profesor Yannes observaba el combate con atención. Medía cada golpe, cada movimiento, cada pausa. Sin embargo, su concentración se rompió cuando Edmund apareció junto a él, silencioso como una sombra.

  —Dime, Yannes… ?Qué puedes decirme de ese joven?

  El profesor arqueó una ceja. Pocas veces escuchaba al viejo Edmund preguntar de forma tan directa. Sabía que su actitud pasiva era solo una máscara muy bien tejida.

  —?El joven Cáliban ha despertado tu interés?

  —Digamos que… me intriga. Tú mejor que nadie sabes que ese conjunto de habilidades que tiene… no es normal para alguien de su edad.

  Yannes guardó silencio, meditando. Lo que decía Edmund era cierto. Lo había pensado muchas veces en privado, sin atreverse a compartirlo con nadie.

  ?Según las palabras de mi se?or… Cáliban no está atado al destino.?

  Esa frase le pesaba en la memoria como un hierro candente. Si era verdad, el muchacho no era solo una excepción… era una anomalía. Un elemento libre dentro de un mundo regido por profecías, linajes y predestinaciones. Un factor capaz de alterar los hilos del futuro.

  —No lo sé… —respondió Yannes con honestidad, sin apartar la vista del combate —Aunque me lo preguntes, no sé más de lo que tú sabes. No hay registros sólidos en su historial. Solo figura como un huérfano de la ciudad costera de Reidell…

  Edmund acarició lentamente su barba blanca, sin dejar de observar el intercambio violento.

  —Hmm… ya veo…

  Abajo, en medio de una lluvia de ataques, Cáliban conectó un nuevo golpe directo al rostro de Kylios. Pero el felynian no hizo más que reír.

  —?No puedes da?arme! —gritó, con una mezcla de burla y euforia.

  Cáliban esquivaba corte tras corte. Las garras de Kylios se movían como látigos de luz, trazando arcos brillantes que cortaban el aire a centímetros de su piel. Entonces, lanzó un comentario que congeló a más de uno en la sala.

  —?Con esa habilidad para huir, no es de extra?ar que tu mujer muriera!

  Un silencio tenso envolvió el lugar. Joseph, desde su rincón, sintió un hormigueo recorrerle la columna vertebral.

  —Ah… ahora sí lo ha hecho… —murmuró.

  —?De qué hablas? —preguntó Argos, extra?ado.

  Joseph lo miró de reojo, con gravedad en el rostro.

  —Tú mejor que nadie deberías saber lo que pasa cuando Cáliban se enoja de verdad…

  Argos tragó saliva. Un escalofrío lo recorrió al recordar los días en que fue derrotado por él sin poder hacer nada. Sin pensarlo, se llevó la mano a la mejilla, recordando el dolor exacto de aquellos golpes.

  Cáliban se había detenido. Su cuerpo estaba inmóvil y su semblante sombrío. Como una estatua tallada en piedra.

  —?Hmm? ?Se habrá asustado? —preguntó Gremeldia, inclinándose hacia adelante con una sonrisa cruel.

  —Es obvio… —a?adió Cresselia, agitando su abanico con elegancia forzada —Supongo que llegó a su límite y decidió rendirse. Qué decepción.

  Kylios se acercó con arrogancia, caminando en círculos alrededor del joven inmóvil.

  —?Qué pasa? ?Te dolió mi comentario…?

  Pero Cáliban no dijo nada. Ni una palabra, ni un solo gesto. Ni siquiera lo miraba. Simplemente permanecía ahí, de pie, como si el mundo se hubiese detenido a su alrededor. Su aura, antes roja y furiosa, comenzó a cambiar lentamente… tornándose más pesada.

  —Supongo que era mucho esperar… —murmuró Kylios con desdén —Bueno, yo también me estaba aburriendo. Terminemos con esto rápido.

  Alzó una de sus garras, y al instante, estas se extendieron, envolviéndose en un fulgor rojizo que chispeaba como lava viva. El aura de Kylios dibujó cinco líneas sangrientas en el aire, proyectadas con precisión hacia la cabeza de Cáliban. Esta vez, no se contenía, usó toda su fuerza, convencido de que su garra atravesaría a su oponente.

  El golpe cayó con violencia, pero no como esperaba. La garra descendió, pesada y furiosa, pero se detuvo en seco… atrapada por una sola mano.

  ?No… no puedo liberarme…?

  El rostro de Kylios palideció. Intentó retroceder, pero sus movimientos se sintieron lentos. Cáliban sostenía su brazo con una firmeza implacable. En un acto desesperado, Kylios trató de atacar con su otra mano. Pero fue en vano, Cáliban también la atrapó.

  ???Qué es esto?! ??Por qué no puedo soltarme?!?

  Y entonces, el calor llegó.

  Las manos de Cáliban se encendieron en llamas vivas, abrasando directamente la piel del felynian. El fuego rugió como una criatura furiosa, devorando el aura roja que antes lo protegía. Kylios gritó de dolor.

  —??Fuego?! ??El aura puede tomar esa forma?! —exclamó Cresselia con incredulidad.

  —Jamás había visto algo así… —murmuró Gremeldia, con los ojos desorbitados.

  Incluso las gemelas, por primera vez, se quedaron sin palabras.

  Aurelia, que siempre había mantenido un semblante sereno, frunció ligeramente el ce?o. Por naturaleza, despreciaba el fuego. Su sola presencia le resultaba insoportable.

  Kylios forcejeaba, intentando escapar de aquel infierno, pero no podía.

  —Me aseguraré de que no vuelvas a mencionar su nombre… con esa sucia boca. —sentenció Cáliban con voz baja, gélida.

  Entonces, le propinó una brutal patada en el abdomen, que hizo retroceder a Kylios varios metros, tosiendo sangre.

  Pero Cáliban no le daría tiempo.

  Como un huracán, se lanzó tras él con una serie de cinco golpes en ráfaga, cada uno envuelto en llamas intensas. Cada impacto fue dirigido con precisión. Kylios no tuvo oportunidad.

  ???Mi piel no puede protegerme?!?

  Su pelaje se chamuscaba al contacto. Cada pu?etazo le quemaba como si mil brasas se estrellaran contra su cuerpo. Lo que antes había sido una ventaja se desmoronaba con cada segundo que pasaba.

  Kylios, que momentos antes se jactaba de su superioridad, ahora apenas podía defenderse. Sus movimientos se volvieron torpes y desesperados, su aura comenzaba a desvanecerse.

  —Eso no va a servir… —dijo Cáliban con frialdad, al ver que Kylios levantaba los brazos en un intento inútil de bloquear los ataques.

  Cáliban canalizó toda su aura hacia su mano dominante. Las llamas se avivaron con violencia, danzando como serpientes hambrientas alrededor de su brazo. Con la mirada fija, apuntó directamente al rostro de Kylios.

  El felynian, en un acto desesperado, intentó cubrirse el rostro, pero fue inútil.

  Una explosión de calor estalló frente a él.

  El fuego lo envolvió en un rugido abrasador. Su rostro quedó parcialmente quemado; parte del pelaje carbonizado caía al suelo como cenizas.

  Kylios cayó al suelo, retorciéndose.

  —?Agh! ??Qué es esto?!

  Antes de que pudiera recomponerse, dos manos ardientes atraparon sus fauces. El calor abrasó su lengua, sus encías, sus colmillos. Chilló, pero Cáliban no se inmutó.

  Lo sostuvo firme, inmisericorde. Sus rostros quedaron apenas a centímetros.

  Los ojos carmesíes de Cáliban se clavaron como cuchillas en los temblorosos ojos de Kylios. Una furia asesina, pura y sin filtros, exudaba de él. El aura que lo rodeaba vibraba como un campo inestable, a punto de desatar una tormenta.

  —Si vuelves a mencionar su nombre frente a mí… —dijo con voz grave —te arrancaré cada parte de tu piel y haré que te la comas.

  Kylios asintió rápidamente, con el rostro contraído de dolor, esperando que eso bastará para que el castigo terminará.

  Pero no.

  Cáliban apretó los colmillos de Kylios con ambas manos, sus dedos ardieron como carbones al rojo vivo.

  —Esto será para que nunca lo olvides…

  Y con un brutal tirón, arrancó los dos colmillos.

  El alarido de Kylios desgarró el aire. Fue un grito de dolor puro, sin orgullo, sin fuerza. Cayó al suelo convulsionando, retorciéndose, cubierto de polvo y sangre, sin importar la humillación. El mundo entero se desvaneció para él… solo quedaba el dolor.

  Las gemelas se miraron entre sí, sin saber qué decir.

  —Es peligroso… —murmuró Gremeldia, apenas audible.

  —Tal y como decían los rumores… —a?adió Cresselia, con el abanico temblando ligeramente en su mano.

  Pero Cáliban no los escuchaba. Ignoró todo y a todos. Se giró lentamente y caminó hacia la pared destrozada, aún humeante. A su espalda, Kylios lloriqueaba entre sollozos, reducido a una sombra de lo que era.

  Entonces, una voz lo recibió entre los escombros.

  —Parece que no pudiste esperar para causar problemas…

  Cáliban desvió la mirada.

  Allí estaba Bardrim, saliendo entre las piedras rotas con la caja en la mano. Sus ojos peque?os lo examinaron con un gesto severo.

  —?Por qué tardaste tanto? —preguntó Cáliban, con una calma que contrastaba violentamente con lo que acababa de hacer.

  —A la reina le gusta todo perfectamente empaquetado y protegido… no me culpes. —dijo Bardrim, sacudiéndose el polvo de la ropa con resignación.

  Ambos se acercaron y se sentaron frente a Aurelia. Ella no cambió su expresión. Su rostro permanecía inmutable, serio y frío, como una estatua de hielo. Lo que acababa de presenciar no parecía afectarle en lo más mínimo. El dolor, la violencia, el miedo… eran ajenos a su mundo.

  Entonces, sin apartar la vista de Aurelia, Cáliban alzó la voz.

  —Catherine, acércate.

  La joven dudó. El hielo aún cubría parte de su cuerpo, y su mirada oscilaba entre el temor y la inseguridad. No sabía si debía obedecer. Pero él insistió, con la voz firme.

  —Mientras yo esté aquí… nadie te hará da?o.

  Aurelia rió. Fue una risa refinada, elegante… pero llena de burla. Una risa que no se molestó en disimular su desprecio.

  —Quiero ver si eres digno de esas palabras… —dijo con tono afilado.

  El aire se volvió denso. Las miradas de ambos se encontraron. Frias, claras e impenetrables. Como dos glaciares que chocaban en silencio.

  Y entonces, el momento se quebró.

  —?Aún no hemos terminado!

  Kylios emergió de entre los escombros, tambaleante, cubierto de sangre y polvo. Alzó sus garras, dispuesto a lanzar un último ataque lleno de rabia y orgullo herido. Bardrim intentó detenerlo.

  En ese instante, las paredes vibraron ligeramente.

  Cadenas de hielo emergieron de la misma piedra, con un silbido agudo que helaba la sangre. En la mu?eca de Cáliban, una pulsera con forma de eslabones brilló con una luz azul pálida.

  Las cadenas se lanzaron como serpientes hacia Kylios, envolviendo sus brazos, piernas y cuello. El hielo trepó por su cuerpo, inmovilizándolo por completo. Cayó al suelo con un crujido, como un animal salvaje herido y encadenado, incapaz de moverse.

  Aurelia frunció el ce?o.

  ??Energía fría?...?

  Cáliban se acercó con calma, y colocó su pie sobre el pecho del felynian, que se retorcía inútilmente contra las cadenas heladas.

  —Soy digno de eso… y de mucho más, bruja…

Recommended Popular Novels