La noche había caído como un manto pesado sobre la ciudad, y con ella, la noticia del incidente se había esparcido como fuego entre la hierba seca. Las calles murmuraban nombres, especulaciones y horrores a media voz. En el hospital de Hilloy, el caos tomaba forma en pasillos repletos de jóvenes heridos, gritos de dolor mezclados con súplicas, y el constante eco de pasos apresurados resonando por cada rincón.
En el piso superior, lejos del bullicio, Loana avanzaba lentamente por un corredor iluminado por faroles mágicos. Sus pasos eran firmes, pero sus ojos revelaban un peso que no podía ocultar. Se detuvo frente a una puerta custodiada por dos guardias uniformados, cuyos semblantes se tensaron al verla.
—Abran la puerta. —ordenó con voz baja, cargada de tristeza.
Los guardias se miraron entre sí, dudando. Pero al reconocerla, pues era la joven aprendiz de la Gran Sabia, bajaron la cabeza en se?al de respeto y se apartaron en silencio. La puerta se abrió con un leve chirrido.
Loana entró.
La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por un cristal de luz suspendido en la esquina. En la cama, yacía Alec, pálido y débil, con la mirada perdida en algún punto invisible del techo. Era apenas la sombra de quien había sido.
Loana se sentó junto a él, con cuidado.
—?Cómo te sientes?
Alec giró levemente el rostro. Su voz, áspera y quebrada, sonó como un susurro ahogado:
—?Todavía te preocupas… por un traidor?
—Me preocupo por mi primo. —respondió Loana, con ternura melancólica.
Alec desvió la mirada hacia el techo. Sus labios temblaron.
—Ya no soy un Lothrim… ya no somos familia.
Loana suspiró. Sus ojos brillaron con compasión.
—?De verdad crees que la sangre es lo único que define a la familia?
Por un momento, no hubo respuesta. Solo silencio.
—No importa… —murmuró él al fin —Fui una herramienta. Me usaron una y otra vez… Estoy cansado, Loana. Cansado de todo esto.
Ella quiso contradecirlo, gritarle que no era verdad. Pero sabía que sus palabras se estrellarían contra un muro de heridas aún abiertas.
—Tu núcleo ha sido destruido… —dijo finalmente, con un tono amargo —El exorcismo de Cáliban lo rompió por completo. Pero no fue casualidad. No soy tan ingenua como para creer en coincidencias. Todo lo que hiciste… fue deliberado.
Alec bajó la vista hacia sus manos temblorosas, sin energía e inútiles.
—Entonces, ?Por qué estás aquí…?
Loana guardó silencio. Las palabras se le habían atorado en la garganta, como si cualquier sonido que emitiera pudiera romper algo frágil en el aire. Ver a Alec en ese estado… reducido a una figura encorvada, sin luz en los ojos, le desgarraba el corazón.
Finalmente, habló.
—Quería saber si… te arrepentías.
Pero Alec no respondió. Giró lentamente sobre su costado, dándole la espalda. Su silencio era más elocuente que cualquier confesión.
Justo en ese momento, la puerta se abrió con suavidad. Una enfermera entró con pasos medidos, cargando una bandeja con frascos y jeringas. Era una joven de aspecto risue?o con grandes lentes de botella. Sus ojos, grandes y marrones, evitaban mirar a los pacientes directamente, como si el mundo fuera demasiado cruel para sostenerle la mirada. Se trataba de Betty.
Loana entendió que su tiempo había terminado.
Se levantó con suavidad, sin palabras, pero antes de marcharse detuvo sus pasos un instante en el umbral. Se giró y lo miró una vez más. Pero Alec no volteó.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic seco.
La chica se acercó a la mesa junto a la cama, dispuesta a colocar la medicina. Justo cuando iba a dejarla, una mano pálida y temblorosa se cerró en torno a su mu?eca. Ella jadeó, pero antes de poder gritar, otra mano la cubrió con rapidez. Alec la miraba con ojos suplicantes. Con un susurro que apenas llegaba a romper el silencio de la habitación, dijo:
—Por favor… no grites… solo escucha a este pobre moribundo…
Betty sentía su respiración acelerada atrapada bajo la palma del hombre, su corazón latía con fuerza. Pero había algo en los ojos de Alec… no vio amenaza, sino desesperación. Asintió levemente, temblorosa.
él retiró la mano con cuidado.
—Por favor… —repitió, con un hilo de voz —tráeme un cuchillo.
—?Q-qu… qué? No… lo siento, no puedo hacer eso…
Alec alzó su brazo con esfuerzo. Un leve resplandor emergió en su antebrazo. La marca del Banco de la Academia se iluminó. Con un movimiento débil de su dedo, transfirió una suma a la cuenta de la enfermera. Ella soltó un leve gemido de asombro al ver la cifra reflejada en su tableta. Era más dinero del que podía ganar en un a?o.
—Esa es… la mitad del pago. Si me traes un cuchillo, te daré la otra mitad.
La joven Betty vaciló, paralizada por el conflicto que la atravesaba. Su conciencia gritaba, pero su realidad pesaba más.
—?Vas… vas a hacerle da?o a alguien?
Alec sonrió en una mueca amarga y rota.
—Soy solo un lisiado, ?A quién podría lastimar?
Sus palabras eran como el eco de una broma cruel que solo él entendía. Y en ellas, la joven captó el verdadero propósito. No era violencia hacia otros lo que Alec buscaba…
El silencio volvió a caer entre los dos. La practicante, sabiendo que cada segundo de duda podía costarle ese dinero… y quizás también su paz mental, asintió, muy lentamente.
—Está… está bien.
Alec cerró los ojos y asintió con suavidad. Por un momento, pareció liberar un suspiro largo, contenido desde hacía demasiado tiempo.
—Gracias…
Al otro lado del pasillo, en el extremo más apartado del hospital, había otra sala, tan amplia y silenciosa como la anterior. Dos guardias de uniforme blanco permanecían firmes a ambos lados de la puerta, vigilando con una solemnidad casi ritual. El aire era denso, cargado de respeto… o temor.
Loana se detuvo frente a ellos, dudando por un instante si pedir permiso. Pero antes de que pudiera abrir la boca, una voz áspera, aunque aún poderosa, resonó desde el interior.
—Déjenla pasar.
Los guardias no se atrevieron a cuestionar la orden. Bajaron la cabeza y se hicieron a un lado. Loana tragó saliva, respiró hondo, y cruzó el umbral.
La habitación estaba envuelta en una penumbra tranquila. Fragancias suaves flotaban en el aire, y una brisa templada proveniente de un ventanal abierto movía levemente las cortinas. Sobre la cama, postrada y cada vez más débil, se encontraba Valeria Lothrim. Su rostro, anta?o imponente, estaba marcado ahora por la palidez, las arrugas de la pena y una mirada apagada que ya no buscaba el futuro… sino respuestas en el pasado.
—?Ya has ido a verlo? —preguntó con voz grave, sin necesidad de decir el nombre.
Loana bajó la mirada, su voz salió apagada.
—No quiere hablar… Parece que no le importa nada.
Madame Lothrim no respondió de inmediato. Solo cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, casi quebrado. La herida que sufría en el cuerpo era severa, pero el peso real la oprimía desde dentro… la culpa. Una losa invisible que se aferraba a su pecho como cadenas oxidadas que no podía romper.
Loana, viendo aquella expresión derrotada en el rostro de su maestra, se atrevió al fin a formular la pregunta que llevaba días oprimiéndole la garganta.
—Maestra… ?Por qué escogió a Cáliban?
Los ojos de Valeria se abrieron lentamente, y su mirada se tornó severa, aunque no violenta.
—?Tú también vas a juzgarme por esa decisión?
Loana agachó la cabeza, sintiéndose de pronto muy peque?a.
—No me atrevería… solo quiero entender.
Hubo silencio. Un viento tenue agitó las cortinas. Luego, la voz de Madame Lothrim, más suave, cargada de derrota, rompió el silencio.
—Amo a mi nieto, Loana… pero yo lo crié. Sé bien la clase de persona que es. Conozco su corazón… más de lo que me gustaría admitir. Esta situación solo confirmó mis temores. Pensé que lo había guiado bien, que el amor y el apoyo bastarían para mantener a raya sus demonios… pero me equivoqué.
Sus dedos, débiles, buscaron las sábanas como si intentarán aferrarse a algo que se escapaba.
Loana dio un paso al frente.
—Pero… ?Era necesario apartarlo así? Digo… soy consciente del talento de Cáliban, es innegable, pero…
Valeria la interrumpió con un gesto leve.
—No se trataba solo de poder, Loana… se trataba de esperanza. De equilibrio. Cáliban representa lo que Alec no pudo ser. No porque fuera más fuerte, sino porque decidió ser diferente. Alec… eligió ceder.
La respiración de madame Lothrim se agitó al por fin dejar salir los pensamientos que tenía.
—Alec es impulsivo. No sabe aceptar la derrota, ni siquiera reconocerla. —dijo Madame Lothrim con un hilo de voz que se aferraba a su garganta —Su mente es estrecha… se cierra ante lo que no puede controlar. Pero Cáliban… él es distinto.
Cada palabra parecía arrancarle energía, pero la convicción en su voz seguía intacta. Su cuerpo estaba débil, pero su espíritu no se rendía.
—Observé la Casa de los Especiales desde el momento en que supe que ese muchacho era mi nieto. No solo se ganó el respeto de los príncipes… —respiró hondo, luchando contra la fatiga —Vi algo que no esperaba ver jamás.
Sus ojos brillaron con una emoción antigua, guardada por a?os.
—Conozco a Xander desde hace décadas… fui testigo de su caída. Lo vi perderse en una espiral de desesperación de la que nadie podía sacarlo. Ni yo, ni su gente… nadie. Pero ese ni?o lo hizo. Cáliban lo sacó de ahí.
Una sonrisa casi nostálgica asomó en su rostro.
—El viejo gru?ón de Bardrim jamás se había molestado en levantar un dedo por ningún estudiante. Ni uno solo. Pero lo vi acudir a Cáliban sin pensarlo. Vi a jóvenes que debían ser enemigos naturales comportarse como personas normales… amigos, sin importar raza, origen ni estatus.
Valeria cerró los ojos un instante, como si reviviera cada escena en su mente.
—No se dejaba guiar por tonterías como la riqueza o la gloria. Tenía la claridad para mantener a sus enemigos cerca… y a sus aliados aún más. Siempre hablando con la verdad, sin caer en el sentimentalismo ni en la arrogancia. Tiene una mirada que pareciera que nada se le escapa. Me sorprendió incluso a mí… me descubrió en más de una ocasión. Y eso no es algo que uno aprende en una vida cómoda, Loana… ni mucho menos de la noche a la ma?ana.
Loana bajó la cabeza. En su interior, quería contradecirla, poner en duda la decisión… pero las palabras no salían. Porque lo que había escuchado, en el fondo, también lo sabía.
—No conozco todo su pasado. —continuó Madame —Pero sé esto… Cáliban aprendió de una vida difícil. Se forjó como un muchacho con juicio. Con equilibrio. Tiene el poder… pero no lo busca. Y eso, Loana, eso es lo que hace a alguien digno.
Su voz se volvió un susurro cálido, pero firme.
—Digno de ser rey. Digno de llevar nuestro legado. Por eso lo elegí. Porque alguien que guiará a otros no puede ser un esclavo de sus deseos, de la ambición o del ego. Y temo que Alec… nunca habría podido escapar de esas cadenas. Por eso… no podía permitir que tomara mi lugar.
Un silencio espeso llenó la habitación. Loana no dijo nada. No podía. La verdad tenía un peso que la dejaba sin fuerzas. No sentía rabia… si no resignación.
Entonces, un golpe suave en la puerta interrumpió el momento.
—?Mi se?ora! ?Lord Hilloy solicita verla!
Valeria alzó una ceja, sorprendida.
—?Lord Hilloy? A estas horas…
—Dejen que pase.
Las puertas se abrieron. Lord Xander Ard Hilloy entró con paso tranquilo y seguro. Vestía aún con su traje del funeral, su rostro estaba marcado por el cansancio, pero con esa autoridad silenciosa que lo precedía.
Loana se inclinó brevemente ante él.
—Mi se?or.
—Loana. —respondió Xander con un leve asentimiento, sin dejar de caminar hacia la cama.
Ella tomó aquello como se?al para marcharse. Se volvió hacia su maestra, le dedicó una última mirada cargada de respeto y salió de la sala en silencio. La puerta se cerró tras ella.
—Vaya… —dijo Madame Lothrim con una sonrisa débil —No esperaba esta visita a estas horas.
—Solo quería asegurarme de que estuvieras bien. —respondió Xander, con voz serena.
El paladín se acercó sin prisa y tomó asiento junto a la cama. Durante unos segundos, simplemente la observó. Cada línea en el rostro de Valeria hablaba de batallas libradas y dolores silenciados. Su piel, antes firme y llena de vitalidad, ahora parecía papel fino; bajo sus ojos se marcaban sombras profundas, y la herida que asomaba por debajo de las vendas emitía un leve brillo violeta, como una brasa venenosa que no terminaba de extinguirse.
Xander sabía lo que significaba ese color. El final se acercaba.
—Dime. —dijo Valeria, ladeando el rostro hacia él con curiosidad —?A qué has venido, paladín?
Xander respiró hondo. Cruzó una pierna sobre la otra con gesto pausado. Sus palabras estaban medidas.
—Iré al grano, Gran Sabía… —comenzó —Vengo en nombre de mi maestro. He sido enviado para ofrecerte una cura.
Los ojos de Madame Lothrim se entrecerraron, sorprendida.
—?Tu maestro…?
Xander asintió, con una solemnidad casi reverencial.
—Curó a mi esposa… cuando todos los médicos, sabios y sanadores la habían dado por perdida. Le debo todo. A cambio, le entregué mi lealtad eterna. Es un maestro alquimista, de un nivel que pocas personas siquiera imaginarían. Puede sanar tu cuerpo, restaurar lo que creías perdido. Incluso esa herida maldita. Pero… —Se detuvo. La palabra pesaba como para decirla fácilmente —…hay un precio.
Valeria se incorporó levemente, con los ojos clavados en Xander.
—?Qué clase de precio?
—Un favor. —respondió él sin rodeos —Cuando él lo requiera. Sea lo que sea. Sin preguntas, sin condiciones.
Los ojos de la Sabía se oscurecieron. Su ce?o se frunció, y la desconfianza se marcó en cada palabra.
—No me gusta firmar cheques en blanco, Xander… Sabes mejor que nadie que eso equivale a un suicidio en el mundo que habitamos. ?Quién es este maestro tuyo?
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Xander desvió la mirada por un momento. Su silencio fue una respuesta más poderosa que cualquier palabra.
—?No me lo dirás?
él negó con la cabeza, sin agresividad, pero con firmeza.
—Ya te he dado los términos. Créeme que por nuestra amistad personal, le pedí que te ofreciera esta oportunidad. Pero tu vida, tus recursos, tu influencia… no significan nada para él. No actúa por compasión ni por política. Por eso no supo qué pedirte a cambio. Me dijo… “Déjale la deuda abierta. Ya llegará el día en que la necesite”.
Madame Lothrim cerró los ojos un momento. El silencio entre ambos se alargó, espeso, casi insoportable. A través de la ventana abierta, el viento nocturno mecía las cortinas con lentitud, como si incluso el mundo contuviera la respiración esperando su respuesta.
Valeria Lothrim quedó en silencio. Anonadada.
Durante décadas, incontables figuras de poder habían luchado por siquiera conseguir una audiencia con ella. Reyes, archimagos, banqueros del este, incluso jefes de clanes orcos. Todos la buscaban, ansiosos por una alianza, un favor, un susurro que los acercara al poder. Ella era un eje. Una torre inamovible dentro del continente.
?Y ahora… había alguien que no solo no tenía interés alguno en establecer una relación con ella, sino que además se permitía el lujo de no pedirle nada concreto a cambio de salvarle la vida?
La idea la descolocó más de lo que le gustaría admitir.
—?Confías en él? —preguntó, casi en un susurro.
Xander apoyó los antebrazos sobre las piernas y sostuvo su mirada.
—Hasta el momento… no me ha dado ni una sola razón para arrepentirme. Y eso es lo único que puedo afirmar con certeza.
Valeria respiró hondo. El aire le costaba. El veneno de su herida, sutil y persistente, avanzaba por su cuerpo como una serpiente paciente. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Lo había aceptado… en parte. Y aun así, allí estaba, con una elección entre sus manos.
Desconfiaba. Por naturaleza, por experiencia. Pero una verdad cruel le susurraba al oído:
??De qué sirve el poder, la riqueza o el conocimiento, si ya no estás viva para sostenerlos? Y aún más importante. Aún no he hablado con Cáliban… no puedo irme sin hacerlo…?
Tosió con fuerza, cubriéndose con la sábana. Un hilo de sangre quedó en sus labios, oscura y espesa. La energía corrupta de su herida se agitaba como si sintiera la tensión de la decisión.
Finalmente, cerró los ojos… y aceptó su debilidad.
—Bien. —dijo, con voz rasposa —?Qué más da si pierdo la vida?… Acepto.
Xander asintió lentamente, acariciando su barba con una expresión satisfecha.
—Sabia decisión.
Levantó la mano, y una tenue vibración recorrió el aire.
—?Lo harás tú?
—Tranquila. —dijo Xander con una sonrisa serena —Mi se?or está ocupado resolviendo otro asunto. Pero me ha confiado el método. Pensó que sería mejor que alguien cercano… alguien en quien ya confías, realizara el proceso.
Valeria esbozó una sonrisa irónica.
—Cada vez despierta más mi interés ese maestro tuyo…
Xander se puso de pie, colocándose junto a la cama. Concentró su energía. Era un ritual delicado. No podía hacerlo con total maestría cómo su se?or… pero sabía cómo. Había observado. Había aprendido.
Y, más importante aún, compartía un vínculo con Cáliban. A través de él, accedía a una ínfima porción de la Energía del Caos, aquella fuerza antigua, salvaje, pero capaz de purificar hasta los más oscuros males… si se usaba correctamente.
Al acercar su mano sobre la herida, la atmósfera de la habitación cambió al instante. El aire se volvió espeso, como si el mundo contuviera el aliento. Y entonces, llegaron las voces.
Los espíritus llamaron, temerosos. Solo Valeria podía escucharlos, pero sus palabras cayeron como cuchillas invisibles en su mente.
??Mi se?ora, espere!?
??Deténgalo!?
??No lo haga!?
Las voces eran desesperadas, caóticas. Espíritus ancestrales, guardianes y sabios. Ahora gritaban en súplica.
El rostro de Valeria se tensó. Sus labios se apretaron. La habitación se tornó más fría, como si una ventisca hubiese irrumpido en el hospital. Las cortinas se elevaron con un viento que no era de este mundo.
Los tres espíritus vinculados a Valeria Lothrim se manifestaron al unísono, proyectando un aura de negación tan intensa. Su mano se posó sobre la de Xander, deteniéndolo con gentileza, pero con una firmeza imposible de ignorar.
Valeria alzó la mirada, confusa.
?Mis guardianes… ?Qué sucede? ?Por qué se alteraron así??
Una voz profunda, masculina y firme, fue la primera en responder. Era Kalyostros, el espíritu del fuego, su centinela más antiguo.
?Mi se?ora… esa energía ominosa que Xander porta… es similar, inquietantemente similar, a la que está drenando su vida. Aunque provienen de elementos opuestos, comparten una misma esencia. La raíz… es la misma.?
Entonces, Misha, su espíritu de agua, habló con el tono calmado y fluido que siempre la caracterizaba, aunque ahora estaba cargado de tensión.
?Kalyostros tiene razón, mi se?ora… Esa energía posee una esencia primordial, igual que la corrupción que lleva dentro. Puede que no busque da?arla… pero no sabemos qué efectos tendría. Es como intentar apagar un incendio con lava.?
La mente de Valeria se nubló aún más. Los dolores aumentaban, pero lo hacía también la confusión. Volvió la mirada hacia Xander, que seguía imperturbable, como si ya esperara aquella reacción.
—Esta energía… —dijo con dificultad —?Qué es?
Pero en lugar de una respuesta directa, recibió otra pregunta. Más seria y pesada que ninguna otra.
—?Le jurarías lealtad a mi se?or?
Valeria entrecerró los ojos.
—?Qué…?
—Si quieres respuestas… —interrumpió Xander con una calma glacial —puedo dártelas. Con todo gusto. Pero tendrás que jurar servir a mi se?or. No como esclava… sino como aliada. Como alguien que reconoce su poder. De lo contrario, deja que te salve y luego sigamos cada uno nuestro camino.
Hizo una pausa breve, luego explicó con tono más didáctico:
—Lo único que puedo decirte es esto. Para extirpar una energía como la que llevas dentro, necesitas otra que comparta su naturaleza. Y eso… es lo que te estoy ofreciendo.
Valeria apretó los dientes. Sus pensamientos eran un torbellino. Desconfiar era lo que sabía hacer. Era su instinto. Y sin embargo… ?No era la muerte el precio de seguir confiando solo en lo conocido?
El silencio se volvió opresivo. Y entonces, una tercera voz se proyectó en su mente. Más suave, más joven y completamente inesperada.
?Se?ora… ?Por qué no hacerlo??
El impacto fue inmediato.
??Lymen!? —gritaron al unísono Kalyostros y Misha, alarmados.
Valeria frunció el ce?o. El nombre resonó como un eco olvidado. Era su tercer espíritu… el más silencioso. Ella seguía sosteniendo la mano de Xander, inconsciente de que sus dedos ya no temblaban. él no dijo nada. Comprendía que el juicio ahora no era suyo.
?Lymen… tú siempre has sido la más reservada… ?Qué opinas??
Hubo un instante de pausa. Como si la propia dimensión espiritual se inclinara hacia una nueva corriente de pensamiento. Y entonces, Lymen habló. No con la fuerza de Kalyostros, ni con la serenidad de Misha, sino con la lógica invisible del que ve entre lo tangible y lo posible.
?Mi se?ora…?
La voz de Lymen volvió a hablar con una suavidad reflexiva, como una brisa en medio del conflicto.
?Analizando la situación actual, no creo que tengamos otra opción. La energía que la consume va más allá de nuestro entendimiento. Ni Kalyostros ni Misha pueden identificar su origen… y usted está débil. Muy débil. Si se enfrentara a Lord Hilloy ahora mismo, es muy probable que perdiera.?
Sus palabras eran frías, pero no crueles. Eran el juicio de quien no actuaba por emociones, sino por cálculo.
?Alguien como él lo sabe. Y aun así, le da la opción de elegir… cuando podría matarla o controlarla sin más. No creo que esté mintiendo. Y el tiempo, se?ora… ya no está de nuestro lado. Eso es todo lo que puedo decir. Usted deberá decidir.?
Valeria cerró los ojos un instante. El silencio en su mente era tan profundo como el que reinaba en la habitación. Al abrirlos, sostuvo la mirada de Xander, tan firme y gélida como una estatua de mármol.
Pero él no se inmutó.
Seguía allí, parado con la misma calma, sin mostrar miedo, prisa ni desesperación. Ella soltó su mano.
—Adelante.
Xander alzó una ceja.
—?Estás segura?
—No tengo ni tiempo, ni opciones… solo hazlo. —replicó ella con tono seco, sin perder la dignidad que le quedaba.
él asintió, sin a?adir una palabra más.
Colocó la mano sobre las vendas. En cuanto su palma hizo contacto con la herida, un furor carmesí recorrió su brazo. La energía del caos se agitó como una tormenta silenciosa. Caliente, devoradora sin compasión. Y la corrupción, esa raíz oscura que carcomía el alma de Valeria, comenzó a desintegrarse.
Era como si el veneno tuviera miedo.
Valeria apretó los dientes. El dolor, que hasta hace segundos había sido una constante, desaparecía poco a poco. En su lugar, quedó solo la impresión de una quemadura profunda… y un recuerdo.
Esa energía… la había sentido antes. En el Coliseo. En las llamas de Cáliban, cuando lo vio enfrentarse a Alec con la mirada de un condenado que había dejado de temerle a la muerte.
En cuestión de segundos, todo terminó.
Valeria exhaló lentamente. Abrió la palma de su mano, concentrando su ánima. Un suave resplandor verde la rodeó. Al llevarla a la herida, vio cómo la piel comenzaba a regenerarse. Su energía espiritual funcionaba de nuevo. Era como si un bloqueo hubiera sido destruido.
—Impresionante… —murmuró, aún sin aliento —?Qué clase de energía era esa, que ni los espíritus ni la magia del alma podían atravesarla?
Xander se giró hacia la puerta, mientras se ajustaba los guantes.
—Descanse un tiempo antes de usar demasiada energía, madame. Le deseo una buena noche. Le haré saber cuándo mi se?or decida qué desea a cambio.
Y sin más, caminó hacia la salida. Con las manos cruzadas a la espalda. Su paso era seguro, sin girar el rostro. Valeria lo observó desaparecer en el pasillo. Su mente, pese al alivio, seguía inquieta.
Ya en el exterior, Xander subió al carruaje. El silencio de la ciudad dormida lo recibió como un bálsamo. Por fin, se permitió soltar un suspiro.
—Ah… eso fue duro… —murmuró, desabrochando el primer botón de su camisa. El cuello lo ahogaba más que las formalidades de aquel trato.
Cerró los ojos por un instante. Demasiadas emociones para un solo día. Demasiadas verdades a medias. Miró al cielo nocturno. Las estrellas parecían ajenas a los pactos que los mortales sellaban en sus nombres.
—Espero que pueda despertar pronto, mi se?or… —dijo en voz baja
Al mismo tiempo, en otro lugar…
Cáliban abrió los ojos. Pero no había luz, no había aire, no había tierra. Solo una oscuridad inmensa que lo envolvía por completo, como si el universo mismo hubiera sido borrado.
—?Qué es este lugar…? —la voz de Cáliban se perdió en la negrura sin fin, rebotando en un eco sin paredes —?Dónde… estoy?
El silencio lo rodeaba, absoluto, denso e inmóvil. No había viento, ni suelo, ni estrellas. No sentía su cuerpo, ni el dolor, ni el peso de las heridas. Era como flotar en el borde mismo de la nada… hasta que la oscuridad se partió en dos, como un telón deslizándose ante sus ojos.
Frente a él se desplegó un desierto inmenso, dorado, de arenas finas y eternas. Sobre el cielo, una bóveda estrellada se abría en un fulgor majestuoso. Miles de astros danzaban como si compartieran una antigua melodía que solo los dioses podían oír. Cáliban lo reconoció. No por el paisaje… sino por la sensación. Algo profundamente antiguo dentro de él sabía que ya había estado allí antes.
Alzó la vista y divisó una figura solitaria entre las dunas, envuelta en harapientos pliegues que ondeaban levemente con una brisa cálida. A pesar del aspecto descuidado, aquella silueta emitía una presencia imponente. Joyas doradas colgaban de sus orejas alargadas y su cuello, su bastón estaba enterrado a un lado, como si llevarlo ya no fuera necesario.
Era alto, de cuerpo cubierto en un pelaje oscuro y brillante, con rasgos propios de los Impu. Tenía un hocico alargado, orejas grandes y mirada grave… pero no era uno de ellos.
Cáliban lo supo al instante.
Se acercó con pasos lentos, reverentes. Y, aunque su cuerpo no dolía, cada paso parecía abrir memorias dormidas.
—Guardián del Inframundo… —dijo finalmente, al pararse detrás del sabio.
La voz del Erudito, profunda y resonante, se mezcló con el murmullo de la arena. No giró el rostro. No era necesario.
—Ha pasado un tiempo, Caballero Carmesí…
Cáliban se sentó a su lado sin dudar, como si el protocolo fuera innecesario entre dos seres que ya compartían demasiados secretos. Juntos, miraron el cielo estrellado, como dos centinelas de otra era.
—?Cómo me encontraste, Anubis?
Los ojos del dios brillaron como brasas bajo la sombra de su capucha.
—Con esa energía destructiva que soltaste… ?Realmente crees que sería difícil hallarte? Pero tranquilo. —a?adió, bajando la voz con gravedad —He ocultado tu presencia de los demás dioses del continente. Por ahora, nadie podrá encontrarte. Así que aproveché la debilidad de tu mente para entrar… y por eso, te pido disculpas.
Cáliban soltó una carcajada seca, cargada de ironía.
—Ajá… ?Y cuánto me costará este favor?
Anubis desvió su mirada del cielo por primera vez. Sus ojos dorados se posaron con intensidad sobre el rostro del muchacho. No había juicio, ni ternura… solo verdad.
—Tu cuerpo está al límite, Avalon. Lo has llevado más lejos de lo que ningún mortal debería. Has usado energía divina con una estructura humana. Tu sangre, tus huesos… tu alma… todo se está quebrando. Si sigues así, no llegarás a ver otro invierno.
Cáliban no respondió enseguida. Cerró los ojos, respirando ese aire seco pero limpio, sintiendo la arena cálida bajo sus manos. Sabía que cada palabra era cierta.
—Si ya lo sabes… —dijo al fin, abriendo los ojos lentamente —?Entonces qué haces aquí? ?A darme el pésame? ?A escribirme el epitafio antes de que despierte?
Anubis golpeó suavemente la arena con su bastón.
El sonido reverberó con una resonancia sobrenatural. El polvo se alzó, no con violencia, sino con una cadencia ritual. Un remolino de arena se formó frente a ellos, girando en espiral hasta condensarse en una columna luminosa. En su interior, las partículas vibraban hasta volverse imágenes. El desierto se volvió un oráculo.
Ante ellos apareció una ciudad dorada, vastamente construida con arquitectura de líneas antiguas y sagradas. Torres con obeliscos flotantes, canales de luz líquida y una gran estatua central de Anubis, de rostro severo y brazos extendidos. Era Osiris, la ciudad de su culto… y de sus hijos.
Pero en la imagen también se revelaba algo más.
Manchas negras reptaban por los muros, y figuras distorsionadas caminaban entre los templos. La luz se apagaba lentamente en sus calles.
—Este es mi pueblo. Mis creaciones. —La voz de Anubis vibró con pena y rabia contenida —Una entidad se ha infiltrado entre ellos. Los está corrompiendo desde adentro.
Cáliban frunció el ce?o.
—?Y no puedes intervenir?
—No. —fue la respuesta seca, pero el silencio posterior fue aún más elocuente.
—?Hicieron un tratado divino?
Anubis no respondió. Sus ojos no lo negaron… y su silencio fue una confesión tácita. Cáliban entendió. Las deidades se ataban a leyes que ningún mortal podía comprender del todo. Leyes tan rígidas como las estrellas mismas.
—No puedo decirte mucho… —a?adió finalmente el dios —No ahora. Pero puedo decirte esto…
El bastón desapareció, y en su lugar, Anubis extendió la mano. Con un gesto lento, hizo aparecer dos frascos de cristal oscuro. Dentro, un líquido rojo oscuro se agitaba lentamente, como si aún respirara, muy parecido a la sangre coagulada.
—?Agua del río Estigia…? —susurró, dando un paso hacia adelante —?Cómo demonios conseguiste esto?
Anubis clavó la mirada en él con seriedad.
—?Eso importa? —replicó, sin agresividad —?Vas a hacerlo?
Cáliban contempló los frascos como quien contempla una segunda oportunidad. Sabía lo que era. Era la esencia líquida de Estigia, un espíritu primordial materializado en el río del inframundo, nacido antes que los dioses. Sus aguas podían endurecer el cuerpo, purificar la carne, y, si se usaban con sabiduría, otorgar un grado de invulnerabilidad que ni la magia ni el acero podían romper.
Un silencio reverente cayó entre ambos.
—?En serio… me darías eso? —preguntó, aún sin despegar los ojos del líquido carmesí.
—Cumple con tu parte del trato… —dijo Anubis con tono solemne —y yo cumpliré con la mía. Así de simple. ?Aceptas?
Cáliban no tardó en decidir. El precio era alto… pero el riesgo era aún mayor si no hacía nada. Solo había una pregunta que lo incomodaba.
—?Por qué me ayudas?
Anubis guardó silencio unos segundos. Su voz fue más baja y pesada cuando respondió.
—No pienses mucho en ello, Asesino de Dioses. Solo pagó una deuda con la Duat. Tú y ávalos me ayudaron cuando mi templo estaba a punto de ser devorado por el Vacío. Esta es la devolución.
Hizo una pausa y giró el rostro al cielo.
—Además… si yo actuara directamente, levantaría sospechas. Y si los otros dioses sospechan, vendrán..
Cáliban asintió lentamente. El trato estaba claro.
—Bien. Acepto.
Anubis asintió lentamente, sus ojos dorados brillando con solemnidad. Extendió su garra hacia adelante y la posó suavemente en la frente de Cáliban. Una oleada de energía invisible fluyó como un río celestial, sumergiéndose en la mente del guerrero con la fuerza de una revelación divina.
—Este es el camino secreto hacia Osiris… —dijo con voz grave —Te enviaré a mi representante en la Tierra. Ella sabrá ayudarte.
Hizo una pausa, como si fuera a a?adir algo más… pero en ese instante, el espacio tembló.
No solo el suelo. Todo el plano espiritual vibró como si una fuerza colosal lo desgarrara desde los cimientos. Las arenas se estremecieron como olas agitadas por un huracán invisible, y el firmamento estrellado comenzó a desmoronarse. Las constelaciones se retiraban del cielo como si huyeran de una amenaza que no querían enfrentar.
—??Qué estás haciendo?! —exclamó Cáliban, cubriéndose los ojos.
—?No he sido yo! —respondió Anubis, y por primera vez, en su voz había desconcierto —Algo está interfiriendo… algo está desatando una fuerza sobre mi poder divino.
Entonces, en medio del caos, apareció un libro carmesí. Suspendido en el aire, su presencia oscurecía la luz misma del desierto espiritual. Esta era la fuerza de un grimorio. Un artefacto tan poderoso que ni siquiera los dioses podían ignorarlo.
Anubis abrió los ojos con un terror ancestral.
—??Una ley?! ?No…!
Las páginas del libro comenzaron a desplegarse solas, una tras otra, emitiendo vórtices de absorción divina. La energía de Anubis comenzó a ser arrancada de su forma, como si el grimorio devorara su esencia misma.
—Tendré que irme. Te deseo suerte, Caballero del Alma Rota… —susurró su voz, mientras su cuerpo se desintegraba en granos de arena arrastrados por el viento —No olvides nuestro pacto.
Y luego, desapareció.
Las dunas fueron tragadas una tras otra. El cielo se volvió tinta. El libro se expandió, devorando el plano entero como una bestia hambrienta de realidades.
—?Hey! ?Detente ahora mismo! —gritó Cáliban, luchando contra la presión que se intensificaba a su alrededor.
Entonces, una voz surgió. No era la de Anubis, ni de un dios conocido. Era una voz masculina, profunda como un abismo, luminosa como el alba. Había en ella una mezcla imposible. Poder y ternura, gloria y ruina, amor y juicio.
No decía palabras comprensibles. Era un balbuceo arcaico, un idioma olvidado, anterior incluso a la creación. Sin embargo, resonaba en cada fibra del ser de Cáliban.
—?Detente! —gritó él, llevándose las manos a los oídos. Pero no servía de nada. La voz hablaba directo a su alma.
Entonces, la visión se abrió ante él.
Un anciano, majestuoso, envuelto en luz dorada, estaba sentado en un trono esculpido con fuego y sabiduría. En una mano, sostenía un libro sellado, escrito por dentro y por fuera. En la otra, siete lámparas de fuego ardían sin consumirse. De la base del trono surgían relámpagos, truenos, y voces que hablaban todas a la vez, en todos los estados del alma. Alegría, angustia, paz, ira, adoración, juicio y perdón.
A sus pies se arrodillaban cientos de figuras, humanas y amorfas, cada una diferente y sin embargo compartiendo una esencia. Se postraban sobre un mar de cristal, que se extendía hasta donde la mente de Cáliban no podía concebir.
A su alrededor, cuatro seres celestiales volaban en círculos. Uno tenía la cabeza de león, otro de becerro, otro de hombre, y el último de águila. Cada uno portaba seis alas, y por dentro y por fuera estaban llenos de ojos, eternamente abiertos. No cesaban de proclamar en voz única y armoniosa, como si el universo mismo alabara la existencia de aquel anciano.
Entonces, una figura se levantó entre los arrodillados. Estaba iluminada por la gloria del anciano. Con voz temblorosa, pero firme, preguntó:
—?Quién es digno de abrir el libro y desatar sus sellos…?
Cáliban sintió que su mente se desgarraba. Sus piernas cedieron, y cayó de rodillas sobre la arena, ahora también absorbida por el grimorio carmesí. El poder que lo envolvía no era de este mundo. Ni siquiera de este plano.
Su mirada comenzó a apagarse. La presión en su alma era insoportable. Sus pensamientos se desvanecían. Y justo antes de desmayarse, la voz del anciano se escuchó con la fuerza de un trueno y la serenidad de un padre.
—Khaos…
Esa fue la última palabra que escuchó antes de que todo se volviera negro. El rugido del libro cesó. La visión se desvaneció. El universo espiritual se fragmentó como un cristal bajo presión.
Cáliban se sumergió en un sue?o profundo, más allá del tiempo.

