02/abril/1992
El sol comenzaba a asomar en el horizonte, cercana a la frontera norte de Sonora con los Estados Unidos. La ciudad despertaba con su usual pereza. El calor aún no había tomado el día, pero ya anunciaba su llegada con una brisa tibia debido a la sequía que azotaba toda la región.
Un hombre de 49 a?os salía de su casa, de estatura baja, con 1.69 metros de altura, cabello rizado que la calvicie había empezado a reclamar y piel morena clara curtida por el sol. Caminaba con paso rápido hacia su coche. Su nombre: Joao Carvalho, originario de Brasil. Era padre, y ese rol lo absorbía todo el día.
Su hija, Miranda Carvalho, tenía 17 a?os cumplidos y en unos días tendría los 18. Era una adolescente de figura delgada y rostro encantador, con la piel morena que compartía de aquel hombre, así como el pelo. Había en ella una energía vital, una mezcla de inocencia y fuego, tan típica como singular en una joven criada entre dos culturas. al vivir en México desde los 3 a?os.
—Miranda, Mija, me voy. No olvides ir con tu abuela… y ponte a limpiar —Joao sin mucha emoción abría la puerta del auto.
Su voz era firme, de esas que no admiten réplica. Era, ante los ojos de su hija, un hombre de su tiempo: autoritario, impaciente, moldeado para proteger y proveer.
—?Claro, Pa’! —Miranda, se asomaba en la puerta para verlo subir a ese auto viejo que rugía más de lo que andaba. Aquella carcacha necesitaba una reparación urgente; cualquier día de estos, terminaría siendo más peligro que transporte. El saludo de Miranda era el de una ni?a bien educada, casi una princesa en medio de un vecindario donde la elegancia escaseaba. Al alzar la mano, sus gestos suaves hacían que su figura se moviera con natural gracia, y su blusa —ligera y descuidada— poco ayudaba a disimular las curvas llamativas de su cuerpo más desarrollado de lo normal.
—?He preparado tu comida favorita, querido padre! ?Te quiero mucho! — gritó con un tono burlón.
—?Fiu!…— exhaló Miranda, apenas el auto de su padre desapareció.
El alivio fue casi físico. Había pasado cinco días encerrada por el “crimen” de haber conversado con un vecino, un joven que solo le sonrió mientras compartían el sol del mediodía mientras ella tendía la ropa. Su padre los vio. Sentencia: arresto doméstico.
Sus manos no perdieron tiempo, fueron directo a los botones de la blusa que siempre usaba frente a él: un disfraz de ni?a buena. La tela cedió, liberando sus enormes pechos del encierro. El aire de la ma?ana acarició su pecho como un primer sorbo de libertad.
Corrió a su habitación, despojándose de la ropa. Entró al clóset. Salió distinta. Llevaba ahora un conjunto tan agropecuario: botas, blusa anudada, pantalón de mezclilla. Uno de tantos estilos que poseía.
Su padre nunca se las veía puesta ella decía que era cosas que hacen las mujeres, comprar ropa aunque no la usen, no se sabe cuando lo necesitaran. Se excusaba por tenerla, Y mejor así. ?Qué padre querría una hija así?
Al salir de su habitación, Miranda emergió transformada. Ya no era la hija del hombre severo, era una mujer del pueblo. Entusiasmada de pronto tener la libertad de la mayoría de edad.
—!Je! ?Es hora de la acción, mi amor! —Tenía una sonrisa tan pícara y posaba mientras alzaba una pierna y el brazo hacia arriba, una pose típica de su artista favorita: Dalía.
—?Comencemos!
Limpiar, Secar, Lavar y Acomodar. Todo lo hizo con un torbellino de gracia, mientras sonaba la vieja radio que su padre le había regalado en un cumplea?os ya olvidado.
Canciones pop, rancheras y algo de cumbia llenaban la casa como si estuvieran en un matiné. Bailaba con la escoba, cantaba al ritmo de la espuma y los trapos, haciendo el quehacer una escena digna de la comedia más barata que se te pueda ocurrir.
—?Tengo una cuatro cuarenta y es para vos…! —tarareaba con descaro.
Esa canción era un éxito en su estación favorita. Su padre la había escuchado una vez en su cuarto… y se la había prohibido.
A medida que el sol alcanzaba su cenit, el calor caía como manto sobre la tierra. El sudor perlaba la frente de Miranda, pero no se permitió flaquear: su abuela la esperaba. La mujer mayor, siempre puntual, ya se hallaba junto a la puerta de su casa. Ultimamente llegaba con mas frecuencia a comer con ellos, al comenzar a estar todo mas caro.
Al abrir la puerta, Miranda, siguiendo su costumbre, besó su mejilla y la envolvió en un abrazo apretado. La anciana no pudo contener una carcajada; esa risa franca que le nacía, ya resignada a las efusivas muestras de cari?o de su nieta.
—?Abuelita Meredi! —exclamo Miranda, su sonrisa era radiante.
Su abuela, reflejo vivo de su nieta en la vejez, le respondió con una sonrisa igual de luminosa.
—Siempre tan alegre, Miri —su voz era cálida. —?Ya te levantó el castigo tu padre? —Conocía bien las reprimendas que el hombre imponía a su hija. — Tan hermosa, como siempre. —A?adió, acariciando el rostro con ternura.
—Gracias, Abuelita. No, aun no. —Miranda tomó su mano con suavidad para conducirla dentro.
—Tu Paizinho se ha vuelto más estricto ahora que pronto serás una mujer. Entiéndelo, quiere lo mejor para ti. —Aunque la anciana en su corazón sabía que el castigo había sido desmedido. siete días eran demasiado e iban cinco.
—De todas formas, je,je, todavía me quedan unos días para mi cumplea?os —murmuró Miranda, frunciendo el ce?o con frustración. Para ella era una injusticia. Que los últimos días de su adolescencia fueran castigo tras castigo.
Su padre creía firmemente que las mujeres no debían perder el tiempo cortejando en la calle; según él, cualquier muchacho que quisiera acercarse debía primero presentarse ante su aprobación y, si todo marchaba bien, entonces hablarse de matrimonio. Más de una vez le había advertido que si seguía saliendo a escondidas, ningún hombre la vería con respeto.
A Miranda, sin embargo, la situación la asfixiaba. Solo se le permitía salir en compa?ía de amigas, pero para su desgracia, no tenía vínculos cercanos con otras chicas. ?El motivo? Cuando intentaba entablar una relación con alguna chica, sus novios o pretendientes siempre le prestaban más atención a ella. Todos decían que Miri despedía un aroma que atraía a cualquier hombre o lesbiana. Desde peque?a había sido etiquetada como una “marimacho”, por eso mismos celos de las chicas al ser siempre puesta como la más bonita en clases, la colonia, etc. Por eso fue criada casi exclusivamente por su abuela. Muchos de sus modales eran los de una mujer tradicional, pero en su interior ardía una fascinación distinta: so?aba con las chicas libres, fiesteras y vibrantes que veía en las películas y programas de la televisión americana.
En el peque?o y reservado pueblo donde vivía, esas fantasías aún eran mal vistas.
?ALARMA EN LA CIUDAD! AUTORIDADES CONSIDERAN PROHIBIR REUNIONES POR CRECIENTE VIOLENCIA.
—Los hechos ocurridos ayer en el centro de la ciudad han dejado una herida profunda en nuestra pacifica comunidad. Más de treinta personas fueron arrestadas, trece resultaron heridas y, lamentablemente, dos perdieron la vida en un nuevo episodio de violencia.
Ante la gravedad de la situación, las autoridades, en conjunto con el Congreso local, están considerando una medida drástica: prohibir las reuniones de más de cinco personas como intento desesperado por contener futuros disturbios, principalmente entre grupos de protesta.
Fuentes cercanas aseguran que esta restricción podría entrar en vigor tan pronto como ma?ana.
?La culpa es nuestra por haber permitido que estos grupos alzaran demasiado la voz?
—Ay, esos locos otra vez… ?Ya viste, Miri? Ojalá tu padre llegue pronto. —Meredi veía las noticias de las 3 de la tarde.
Miri frunció el ce?o con inquietud, pero por el aburrimiento.
La situación en la ciudad se había complicado: las revueltas, fruto de la crisis que azotaba al país, producto de una política de apertura económica, llevada acabo por Ricardo de Motari, no daban tregua. Todo había empeorado aún más desde que los vecinos, Estados Unidos vs la ahora llamada Europa Unificada, iniciaban su nueva Guerra Fría, disputándose los despojos que la extinta Unión Soviética había dejado tras su colapso hace apenas unos cuantos meses.
No entendía del todo aquello, la política nunca había sido lo suyo. Veía las noticias solo para alcanzar la sección de espectáculos; la política, además, no era tema que interesara entre los jóvenes, y ella prefería ignorarlo.
Unos minutos más tarde, su padre llegó a casa. Agotado y frustrado, el cansancio se reflejaba en cada línea de su rostro. Con la voz cortada por la fatiga, preguntó por la cena mientras soltaba un suspiro largo, casi vencido.
—Cada día peores los bloqueos policiales — murmuró entre jadeos, desabrochando el cuello de la camisa. —Ya no se puede trabajar en paz. Ojalá estas revueltas acaben pronto… o que se caiga de una vez este maldito gobierno —refunfu?ó, dejando escapar su enojo. —Me tienen harto, comunistas y gobernantes por igual.
Joao apenas prestó atención a las exquisitas patatas a la riojana que las amables mujeres habían preparado con tanto esmero.
Sin molestarse en cambiarse de ropa, se dejó caer pesadamente en el sofá, rendido, y sin querer terminó apoyando la cabeza sobre las piernas de su hija.
Aquella imagen conmovió a su madre, que observaba con el corazón encogido.
Miranda, con un gesto dulce, acarició el cabello de su padre y, con paciencia, lo acomodó mejor en el sofá para que descansara.
Al ver el estado de agotamiento de su padre, Miranda supo que pasarían más días —quizá semanas— encerrados en casa. Y ella necesitaba aire, reírse, ver a sus amigos, aunque fuera un rato.
Se acercó a la puerta con sigilo.
—Abue’, voy a salir — anuncio con tono ligero—. Por favor, cuida de mi papá.
—?Hija, adónde vas? — Se levantó lentamente de la mesa.
—Solo iré a ver un ratitito a mis amigos. Je — le gui?ó el ojo. — Volveré pronto, lo prometo.
Y sin dar espacio a más preguntas, salió disparada rumbo al parque de la esquina.
Era un peque?o parque a unas 2 o 3 cuadras de su casa, donde solía encontrarse con los mismos cinco jóvenes que había conocido desde la secundaria. Hubiera cursado la preparatoria y ahora tal vez la universidad con ellos, de no ser porque su padre, cuando salió de secundaria decidió retirarla, en cuanto noto como los padres de sus compa?eros la veían.
Se llevaban de maravilla, tan bien que a los ojos severos de su padre eran poco menos que una amenaza: “mala influencia”, solía gru?ir.
En su mente cerrada, ?qué muchacha decente se rodearía solo de hombres? La respuesta era sencilla: ninguna.
Claro que lo que su padre jamás habría imaginado era la verdadera razón del cari?o de Miranda: ya se había besado con los cinco. Pero no malinterpretes: de cachete. En algún momento primera base, decían en la tele. Por suerte no había llegado a más, aunque por como era Miri, no parecía que le molestara explorar los siguientes niveles.
De entre los 5, había uno que destacaba: Diego.
Un joven de porte alto, sonrisa ladeada y mirada traviesa, de tez morena, apenas rozando los diecinueve a?os. Su mejor amigo en ese entonces, de la infancia y vecino.
Al verla aparecer, la sonrisa de Diego floreció al instante. No dudo en alcanzarla, recibiéndola como solían hacer los adolescentes: un gesto de pu?os entrechocados.
Ambos cruzaron una mirada intensa durante unos segundos, hasta que diego rompió el silencio:
—Miri… casi una semana sin verte.
Ella soltó un suspiro largo, cargado de frustración, y ya sin necesidad de fingir modales, escupió su malestar.
—?Es culpa de mi padre! ?Ya me tiene harta ese hombre! No me deja hacer ?nada!
Desde que la flor de Miranda floreció, su cuerpo se había moldeado con curvas innegables, y en un pueblo como el suyo, ni adolescentes ni depravados podían pasar eso por alto ello.
—Tranqui’, no te enojes —Diego gui?ó un ojo con descaro mientras le pasaba una bebida, su favorita, una Otracola.
Habían conseguido refrescos, aunque últimamente los precios estaban por los cielos. él había guardado aquel tesoro para el fin de semana, y como si fuera el destino, coincidió con la fuga de su mejor amiga.
—Mira, tómatela, pa’ que se te baje el coraje —a?adió.
—??Una Otracola?! — Miri la tomó sorprendida de que pudiese tener una con lo caro que estaba.
—?Weyes, Escucharon lo del toque de queda? — intervino uno de los otros chicos, un joven de estatura mediana, de rostro bonachón; el tipo de persona que uno imaginaria tanqueando en una pelea.
Miranda, llevando una mano a su cadera con gesto resignado, negó con la cabeza mientras bebía un sorbo.
—Dicen que con eso pueden levantar a cualquiera… ?No? —el gordito tenia la voz cargada de temor disfrazado de curiosidad.
—Según mi madre, solo significa que nos vamos a quedar encerrados —Diego se encogió de hombros como si no fuera gran cosa.
Entre el poco refresco que les quedaba, las conversaciones, y su innata facilidad para entretenerse con cualquier cosa, terminaron organizando una improvisada partida de rayuela en el parque.
Las horas se deslizaron entre risas, saltos torpes y apuestas miserables. Miranda, ya había ganado varias monedas de sus amigos. Aunque pareciera un simple juego, para ellos era lo poco que les quedaba en los bolsillos.
—?Ey Miri! ?Eso ya es trampa! —El gordito no podía ocultar su frustración.
—?Relájate, quieres! — replicó Miranda en tono fuerte, aunque coronada con una sonrisa de triunfo que solo alimentaba el enojo de su rival.
No tenía intención de quedarse con el dinero. Sabía perfectamente lo mal que estaban las cosas para todos. Lo que buscaba era ver a su amigo rabiar… y disfrutar cada segundo su pataleta. Igual su amigo acostumbraba gastarse todo lo poco que tenía en esas carreras de autos a las que solía ir. Entre las tantas conversaciones la había invitado a ir a una que se daría en la ciudad vecina. Ahora que ella cumpliría los 18. cosa que aceptó sin dudar.
—Tranquilo —agitó las monedas en su pu?o cerrado. —No es para tanto. Además, te voy a invitar algo de lo que me compre.
Era una dinámica curiosa: a Miranda le permitían una crueldad juguetona que parecía no ofenderles en absoluto. Los ciertos privilegios que el hombre le permite a la mujer.
La oscuridad terminaba de cubrir el firmamento. Su abuela aprovechaba la paz, le gustaba ver sus programas sin que su no molesta, pero si invasora nieta, no estaba, cenaba sentada en la sala, pero ella no tenía esa mirada que tienes cuando aprovechas el tiempo. No. La preocupación se presentaba viendo las noticias.
El presidente municipal salió de su despacho conversando con varios policías; en su rostro se adivinaba el hartazgo de la situación. Era un hombre que, de dirigirle la palabra, bien podría responderte con un golpe. Un joven reportero, aprovechando un descuido, se coló ágilmente para interceptarlo y preguntarle la reciente noticia.
—Se?or presidente municipal, ?qué tiene que decirle a la población sobre el decreto del toque de queda? —inquirió, acercándole el micrófono al rostro. Ese simple gesto desató su furia.
—Solo le diré que usted también debería irse a su casa ahora mismo —el mandatario se marchó enigmáticamente, seguido de su séquito de policías estatales y municipales.
—Bueno, Hugo, como puedes ver, el decreto acaba de emitirse de manera repentina y será aplicado en las próximas dos horas. A los pocos comercios abiertos ya se les ha notificado, y sus due?os regresan apresuradamente a sus hogares. Recomendamos a toda la población mantenerse atenta a estos canales de comunicación. Nos informan que la notificación está llegando por todos los medios disponibles. Aún no sabemos si esta medida impactará también en los cruces a las carreteras federales, pero seguiremos informando. —finalizó retirándose junto al camarógrafo.
El presentador del noticiero, de rostro grave, acomodó sus papeles antes de hablar.
—Pedimos a toda la población que regrese a sus casas, el toque entrará en vigor a partir de las ocho de la noche, hasta las seis de la ma?ana. Seguiremos informando.
El noticiero prosiguió.
—Bueno, en otras noticias, las tensiones entre el nuevo Rey de reyes, Andras de la Europa Unificada y los Estados Unidos, con Joun Arbusto, siguen escalando. Analistas aseguran que una burbuja petrolera está a punto de estallar.
Washington ha dicho que no permitirá ningún acto de hostilidad de parte de Europa sobre la península Arábiga…
La se?ora Meredi dejó de prestar atención. Un pensamiento irrumpió en su mente: su nieta seguía fuera de casa. Tenía que ir a buscarla.
A bordo de una patrulla, tres policías merodeaban la zona. Eran dos agentes veteranos, serios y demacrados, enfrascados en su plática casual. En el asiento trasero iba un novato: un joven inexperto que apenas llevaba unas semanas integrado al cuerpo. Su clara inocencia en el oficio lo hacía sentirse ajeno a sus dos colegas. Sabía, en teoría, lo que se requería para ser policía en tiempos tan turbulentos, pero su determinación aún era objeto de duda.
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—Orden 240 para el 354 a los primeros 56 que vean. —Se escuchó de pronto por la radio, una instrucción dirigida al sargento.
—Así que el presidente municipal va en serio contra estos alborotadores. — comentó el copiloto.
Un leve suspiro —mientras no sea yo, me da lo mismo — respondió el sargento. Miró por el retrovisor y sonrió con gentileza nostálgica.
—Novato, felicidades, hoy te toca brillar —tenía una voz cargada de cierto cansancio.
El joven, nervioso, esbozó una mueca a medio camino entre la sonrisa y el desconcierto, intentando adivinar qué acababan de decidir. No conocía aún todos los códigos, pero algo en su instinto le gritaba que aquello tenía que ver con asesinatos extrajudiciales.
—S-sí, se?or —balbuceó.
El toque de queda había iniciado oficialmente. Las calles lucían tan desiertas que una conversación a dos cuadras se escuchaba con nitidez. La patrulla circulaba con las luces apagadas, en busca de cualquier desprevenido.
De repente, en un parque, divisaron un grupo de jóvenes que, ajenos al temor, reían y jugaban sin preocupación.
—Es hora —murmuró el sargento. Mientras cargaba su arma,
se volvió hacia el novato. —Muchacho, te necesito al frente — ordenó.
El joven, tembloroso, comenzó a cargar su arma siguiendo el protocolo, pero el sargento le detuvo con un gesto seco.
—guárdala. No la vas a necesitar.
Los jóvenes estaban tan metidos en su propio mundo que no notaron la presencia silenciosa de la patrulla. Un ruido autoritario —buenas noches— los hizo voltear.
—?Se puede saber por qué están violando el toque de queda? —preguntó el sargento con tono de prepotencia con su voz tan cortante.
Con un gesto apenas perceptible, ordenó al novato que rodeara al grupo por detrás, cerrándoles toda posibilidad de escape.
Los jóvenes vieron como el oficial novato les cerraba el paso.
Una corriente helada recorrió el cuerpo de Miranda.
— ?Qué? ?Toque de queda? ?No era eso ma?ana?, —murmuró el gordito. Miranda se aferró al brazo de Diego, su respiración era temblorosa, incapaz de ocultar que le provocaba el tono amenazante del oficial.
—A ustedes les debe importar un carajo eso, bola de peque?os delincuentes —gru?ó el copiloto. —Hay un toque de queda y ustedes lo han violado. —Se acercó lentamente esbozando una sonrisa.?
—Si hay un toque de queda, entonces nos retiraremos a nuestras casas, se?or… con su permiso —intentó apaciguar Diego, alzando ligeramente las manos, pero sus palabras fueron cortadas en seco por el copiloto, quien puso la mano sobra la culata de su arma, dejando claro que cualquier movimiento sería entendido como una amenaza.
—Por favor, se?or, mi-mi papá me matará si se entera… déjenos ir —suplicó Miranda con una voz quebrada del terror, los ojos empa?ados de lágrimas que no terminaban de caer.
El copiloto soltó una carcajada fría, casi condescendiente, y respondió con una calma que helaba la sangre. —Violando el toque de queda, bebiendo en el parque, drogándose, ?quién sabe que más estarían haciendo antes de que llegáramos? Están en serios problemas.
Los jóvenes se miraron entre sí, desconcertados. Sabían que aquellas acusaciones eran mentira.
Miranda, temblando, apretó aún más el brazo de Diego. Mientras tanto, el copiloto extrajo las esposas con un chasquido metálico que resonó en la noche. La gravedad de la situación cayó sobre ellos como una losa.
Diego dio un paso al frente, protegiendo a los demás con una resignación amarga, consciente de que no había salida.
Mientras le colocaban las esposas, el sargento, con una mirada resignada y una voz impregnada de desgano, murmuró. —Pobres jóvenes… ?Cómo pudieron arruinar sus vidas así? Asesinando a un oficial para evitar ser arrestados… malditos Comunistas…
El silencio que siguió fue denso. Los muchachos intercambiaron miradas de terror, sin comprender, ?qué acababa de decir?
—Se?or…— balbuceó el novato, con un frio recorriéndole la espalda.
No alcanzó a terminar la frase. Dos disparos atravesaron su pecho, y uno más destrozó su rostro. El eco de las detonaciones desgarró los oídos de Miranda. Ella apenas pudo ver el rostro del novato, cubierto de sangre, mientras su cuerpo se desplomaba pesadamente contra el suelo. Aturdida, giró hacia sus amigos justo a tiempo para escuchar dos detonaciones más y ver el cuerpo del gordito caer a su lado.
La mirada de Diego, congelada en un shock absoluto, fue suficiente para enviarle un mensaje mudo y desesperado: ?huye!
Todo ocurrió en menos de cinco segundos, pero fueron eternos; bastaron para que el instinto de supervivencia se apoderara de ella, y su cuerpo reaccionara antes que su mente, alejándola a toda velocidad del horror.
Con una serenidad perturbadora, el jefe de policía dejó que los supervivientes se dispersaran, mientras sujetaba a Diego por la espalda.
—Espera…— ordenó, consultando su reloj de pulsera.
Tras unos treinta segundos de macabra contemplación, hizo un gesto imperceptible para que el copiloto iniciara la persecución.
Luego, camino tranquilamente hacia la patrulla, arrastrando a diego hasta el asiento trasero.
Se dirigió al volante con la puerta aún abierta, tomó la radio y, con voz firme, transmitió la falsa versión de los hechos.
—Atención a todas las unidades en la zona: tenemos un código 3-17 confirmado. Todos los equipos respondan y manténgase en alerta. Unidad central, confirmen recepción del mensaje.
Finalizó su reporte y, acomodando con parsimonia en el asiento, encendió la sirena. A través del retrovisor, sus ojos se encontraron con los de Diego, quien lo miraba con un terror indescriptible.
—Como te dije, muchacho… han arruinado sus vidas. —suspiró —Lo lamento tanto.
Miranda, tambaleante y al borde del colapso, corría a toda velocidad hacia su hogar. La adrenalina nublaba sus pensamientos, haciéndola tropezar en cada esquina. Sin advertirlo, chocó contra una figura que surgió de la nada.
Era su abuela.
—?A-abuelita? —Miranda se sobaba la cabeza, todavía mareada por el impacto.
—?Miri! ?por qué vienes corriendo así? —Meredi jadeaba por el esfuerzo.
—No-no hay tiempo, Abu’. Debemos irnos a ca-ca-casa rápido— balbuceaba, con la voz quebrada por el pánico. —Ellos… los policías… mataron a uno de los… dispararon a Carlos. Y… y tienen a Diego. ?Debemos irnos ya!
La anciana, escuchando aquellas palabras palideció.
Sabía lo que estaba ocurriendo.
—No, Miri, —dijo con firmeza. —Tus amigos viven cerca, lo más seguro es ir a mi casa. Ven, córrele.
Intentó levantarse, pero al apoyar el pie soltó un gemido de dolor y cayó nuevamente al suelo. —?Auch! Mi pie… —se lamentó.
Miranda, alarmada, revisó rápidamente. No parecía roto, pero el pie estaba visiblemente entumecido.
—Ven, Abuelita pon tu brazo aquí —la levantó con todo el cuidado que pudo antes de emprender la carrera hacia la casa.
Mientras tanto, los amigos de Miranda corrían desesperados entre las calles oscuras. Dos de ellos fueron capturados a pocas cuadras; uno más logró alcanzar su casa, pero los oficiales, siguiendo su rastro como sabuesos, irrumpieron tras él antes de que pudiera cerrar la puerta
Apenas avanzaban, la se?ora advirtió alarmada. —?Neta, un auto!
Sin pensarlo dos veces, se desviaron hacia unos botes de basura. Las luces de la patrulla rasgaron la noche al pasar a toda velocidad, sin llegar a detectar su presencia.
En otro punto de la ciudad, no tan lejano a allí, en un retén improvisado, el sargento dejaba a Diego, ahora prisionero. —Se los encargo —ordenó, ajustándose el cinturón. —Debo ir a seguir pescando.
—Sí que había mucha gente fuera esta noche, ?eh, sargento?
—Una buena cantidad.
De repente, la radio crepitó con urgencia.
—Sargento, sargento —era la voz de un superior. —?Está lista la consigna?
—Afirmativo, comandante —respondió con una frialdad resignada. —Ya tenemos a nuestro mártir y a unos muchachos a quienes culpar.
El plan era sencillo y atroz: fabricar una narrativa que permitiera invadir hogares, arrestar sin restricciones y sofocar cualquier chispa de rebelión. Hasta ahora, las revueltas habían sido ruidosas, incómodas, pero no violentas. La percepción pública aún favorecía a los manifestantes. Necesitaban más odio, más miedo. Antes de que se les saliera de las manos.
Sin perder tiempo, el sargento subió de nuevo a su patrulla y arrancó retornando.
Habían pasado varios minutos.
Miri emergió de entre el basurero y reanudó su desesperada carrera. El peso de su abuela comenzaba a ser abrumador; sus piernas temblaban de agotamiento y comenzaba a sudar y jadear.
Consciente de que no podía seguir así mucho más, decidió refugiarse en un callejón cercano para recuperar fuerzas.
Se adentró entre las sombras, recostando a su abuela… cuando de repente.
—?Dale, mierda enciéndete! —una voz desesperada en el fondo del callejón hizo sobresaltar a Miranda.
Con el corazón, latiendo en los oídos, ella miró; allí, envuelto en penumbras, un muchacho forcejeaba con una motocicleta que se negaba a arrancar.
—Miri… ese muchacho podría llevarnos —susurró Meredi.
Miranda no lo dudó. Sopesó la situación en un instante: era una única oportunidad. Sin perder tiempo, se lanzó hacia el joven.
—Amigo, por favor, necesitamos que nos lleves —suplicó, con los ojos brillando de angustia.
—?Y tu quién rayos eres? —se mofó el joven. Se encogió de hombros y respondió con una desfachatez que sacaba chispas —primera, esta chatarra ni siquiera arranca. En segundo, no tengo ni puta idea de quienes son. Y en tercero… No me interesa en qué estén metidas.
—S-sniff… sniff… ?No puedes simplemente ayudar a una pobre ni?a y a su abuelita? —imploró Miranda aterrada, mientras el sudor salado tocaba la lengua de su rostro sucio y fatigado. Se agachó, abrazando a su abuela en un gesto que limpiaba el corazón. —por favor.
—No —soltó el joven, seco como un disparo.
—?Idiota! —bramó Meredi, fulminándolo con la mirada.
—Déjenme en paz —el muchacho volvió a golpear el pedal de la moto.
Con un nudo de rabia y desesperación, Miranda retrocedió unos pasos, saliendo unos instantes del callejón para verificar si había peligro. Entonces lo vio: un auto avanzaba lentamente. Reconoció de inmediato la figura del sargento. ?Era él!?El mismo que había asesinado al joven oficial, y venía directo hacia ellas! El pánico la impulsó.
Sin pensarlo, corrió de regreso al callejón, se lanzó sobre el joven, apartó su pie del pedal de un manotazo y, con toda su fuerza, empujó el arranque de la moto.
—?Qué cara…? —alcanzó a decir el chico, sorprendido.
El motor cobró vida en un rugido atronador. La miró atónito, mientras Miranda gritaba —?ya la encendí! ?Ahora llévanos, por favor!
Pero el muchacho, con una sonrisa arrogante, respondió —Adiós.
Sin esperar otra palabra, arrancó con violencia, dejando a Miranda y su abuela detrás, envuelta en una nube de polvo.
El sargento, al ver la luz de la moto encenderse, no se movió; espero con la paciencia de un cazador. Cuando el joven salio a toda velocidad del callejón, el auto aceleró bruscamente y, con un golpe brutal, embistió la motocicleta. El cuerpo del joven voló varios metros, girando en el aire como un mu?eco de trapo, antes de estrellarse contra el asfalto inerte.
La motocicleta, destrozada, se arrastró chirriando unos metros más adelante.
El sargento descendió de la patrulla con su arma desenfundada, avanzando con calma asesina.
—Muchacha… te encontré —murmuró.
Lanzó una mirada indiferente al joven tendido en el asfalto.
—Auch —fingió compadecerse mientras caminaba lentamente hacia Miranda y su abuela.
Pero Meredi, astuta como siempre, no perdió tiempo. Con un grito desesperado improvisó una escena.
—?Nieto! ?Qué le ha hecho oficial?
—?Disculpe? —el sargento se detuvo brevemente.
—Esta desgraciada intentó robarnos la moto?mi nieto solo trataba de recuperarla, la estábamos llevando a casa! Por favor arresten a esta ladrona. —Caminó cojeando de manera dramática mientras se acercaba al joven caído. Miranda la miró con asombro, sin creer lo que escuchaba. ?La había abandonado?
El sargento ignoró la treta y continuó acercándose a Miranda. Fue entonces cuando, con una astucia feroz, Meredi tomó un pedazo de metal oxidado del suelo.
—?Maldito asesino!… — gritó, descargando un brutal golpe en la cabeza del policía. El impacto le arrancó el arma de la mano.
Furioso, el hombre se giró de inmediato y le propinó un golpe salvaje en el rostro. Meredi cayó al suelo y sintió como su cadera se hacía a?icos. —?Vieja estúpida! —se sobaba el oficial.
El pu?etazo fue tan brutal, que un diente voló de la boca de Meredi, cayendo con un Clink sobre el pavimento.
Pero Miranda no se quedó petrificada; con una rigidez nacida del puro instinto, corrió hacia el arma caída y la recogió.
—?Quieto! —Le apuntó con manos temblorosas.
El sargento soltó un resoplido cansado y se giró hacia ella.
—Muchacha, no vas a dispararme —dijo con desprecio —. No finjas y ya dame eso.
Podía ver en sus ojos el miedo, la inocencia, el temblor de quien no ha sostenido un arma. Con lentitud, caminó hacia la anciana caída y, mirándola fijamente, comenzó a levantarla del suelo por los pelos, utilizándola como escudo humano. —Eres aún una ni?a —musitó con una mirada cruel. —Dámela y no le romperé el cuello a… ummm, ya, tu abuela.
Sus manos gruesas se cerraban alrededor del cuello de Meredi, pero la anciana, endurecida, reaccionó primero: con un grito furioso, se lanzó y mordió al sargento con los dientes que le quedaban en el brazo con toda la fuerza de su desesperación.
—?Ahh!—chilló el hombre, soltándose de inmediato.
—?Miri, corre! —gimió Meredi, desplomándose de nuevo.
Fueron apenas unos segundos, pero para Miranda fue una eternidad. Bajó el arma. El miedo la devoraba viva. No podía… no quería dejarla. Recordó el sonido seco de los disparos, la sangre, el rostro congelado de Carlos… el novato…
Con lágrimas, obedeció. Se volvió y huyó hacia a la salida del callejón. El sargento la persiguió, alcanzándola y girándola brutalmente para arrebatarle el arma.
—?No! !No! ?Pare! ?Por favor! —chillaba, forcejeando con desesperación. Disparos erráticos rompieron la noche: uno estalló contra una pared, otro rebotó contra el chasis de la moto. Un tercer disparo.
Finalmente, un golpe certero del pu?o del sargento la derribó. Miranda cayó de espaldas, aturdida. El hombre le arrancó el arma de las manos. —?Ni?a estúpida! no juegues con estas cosas —rugió, alzando la pistola con intención de terminarlo todo. En ese instante, un golpe brutal le estalló en la cabeza. La varilla oxidada impactó con un sonido sordo. Arrancando un trozo de su cuero cabelludo.
—?Kya! —gritó, desplomándose como un mu?eco.
El joven de la motocicleta, cubierto de rozaduras y sangre seca, despertó entre quejidos. Al ver el arma a su lado, la empujó lejos con un gesto de desprecio. —Esto es por haberme chocado, imbécil —le escupió al policía quien se apretaba la cabeza.
Miranda, aun aturdida, logró incorporarse con dificultad, solo para enfrentar la escena que le rompería el alma. Allí, en medio de un charco creciente de sangre, yacía su abuela.
—?No! ?no! ?no! ?Abuelita, abuelita! —sollozó, corriendo hacia ella, tropezando torpemente.
La tercera bala errática, había alcanzado a la anciana justo en la yugular.
—?Por favor, no tú! ?Qué hago? ?estó tiene que ser una broma! S-sniff sniff —las lágrimas brotaban sin control, nublando su vista.
Se juntó con ella, temblando, buscando desesperadamente alguna forma de tapar la herida.
La anciana, con el último aliento que le quedaba, extendió la mano temblorosa, acarició su rostro manchándolo, bajando poco a poco. La miró a los ojos: esos ojos que tantos a?os la habían protegido, ahora se apagaban lentamente.
Hubo un silencio cruel de Miranda al ver como los ojos de su abuela quedaron estáticos.
—A-a… Abue… —jadeó— …lita… pe… perdón… —inhalación rota— pe… pe-perdón… por favor… —llanto contenido— yo… no quise…— lloró abrazándola con todas sus fuerzas, besándola en las mejillas.
Había matado a su propia abuela. ?Cómo sé enfrenta a una culpa tan monstruosa?
Devastada, se acurrucó junto a ella, gimiendo entre llantos.
A unos metros, el joven de la moto miraba en silencio la cruel escena. Observó la maltrecha motocicleta.
—Qué acabo de hacer… —el joven bajo la cabeza. ?Si las hubiese ayudado… ahora estaríamos lejos los tres?. —pensó.
Miró a la joven deshecha hablando con voz quebrada. —Te llevaré a tu casa… para que puedas enterrarla. Si te quedas aquí, te arrestarán. O peor aún, te matarán también. —Pero su voz fue interrumpida por una risa ronca y cargada de desprecio.
—Ja, ?enterrarla? —el sargento, aún tendido, pero consciente. — ?Che pendejo! No podrán enterrarla. Mis compa?eros los agarrarán, y esa vieja acabará pudriéndose en una fosa común… donde pertenece.
Escupió un hilo de sangre y volvió a desplomarse, con la fuerza abandonándolo poco a poco por el mareo.
Miranda, con un sobresalto, vio el arma tirada a unos pasos y corrió hacia ella. La alzó temblando, y le apuntó. El policía, al verlo, negó con la cabeza murmurando. —Baja eso ni?a. Te vas a lastimar o peor aún, vas a matar a otro inocente.
La culpa fue como un latigazo en su mente. Su pulso temblaba y la visión se nublaba. No podía… no debía…
El joven caminó hacia ella y con suavidad, bajó sus brazos para que dejara caer el arma.
—Ven —le susurró. —Carga a tu abuela.
Miranda lo miró desorientada, incapaz de procesarlo.
—Usaremos el carro de este sujeto. —Continuó.
Sin perder tiempo, el joven se acercó al sargento, tomó sus esposas, y con torpeza, las colocó en las mu?ecas, asegurándolo antes de arrojarlo dentro del vehículo.
—Ahora sube a tu abuela… a la cajuela —ordenó.
—?Qué? —Balbuceo Miranda, horrorizada.
El joven evitó su mirada mientras se justificaba. —No podemos llevarla enfrente… Lo siento.
Con profunda tristeza, Miranda colocó el cuerpo de su abuela en la cajuela. No podía creerlo. No podía aceptar que la estuviera metiendo allí.
—Súbete atrás y no dejes de apuntarle —Ordenó el joven, ya en el asiento del conductor.
Ella obedeció. El arma, temblaba en sus manos. Vio en ellas la sangre de su abuela. Se sentía mareada y aturdida.
Sin mirar atrás, el joven arrancó.

